El retrato de la abuela

Era muy temprano todavía cuando mamá me despertó.

-¡Apúrate que hoy te vas a quedar en casa de tu abuela! Yo me tengo que ir a trabajar y no hay con quién te quedes.

-Son las 8:00 de la mañana.

-¡Date prisa!Que si no, no llego a mi trabajo.

Realmente para mí era muy temprano. En vacaciones solía despertarme a las 12:00 de la tarde, aunque, efectivamente, mi madre se quedaba en casa todo el día porque también había tenido vacaciones.

Tuve que levantarme, somnoliento, desganado y con ganas de seguir acostado. Casi en automático me fui a lavar los dientes, me eché agua en la cara y luego en la cabeza para medio peinarme. Regresé a mi cuarto, me coloqué los pantalones que usé el día anterior, una playera limpia y tomé mi teléfono móvil para tener algo con qué entretenerme en casa de la abuela. Luego me subí al carro y mamá me llevó, me dejó en la puerta como si de un servicio de paquetería se tratara y se fue a su trabajo.

Casi diez minutos esperé a que mi abuela abriera la casa después de haber tocado el timbre pues, aunque ella ya sabía que me tendría como visita, su lento caminar hacía que se tardara un poco para abrir.

Con una gran sonrisa en los labios aquella viejecita me abrió la puerta.


-¿Cómo está mi chiquitín? -dijo con ternura. En realidad, yo ya era un joven de casi 15 años de edad, pero, hacerla comprender que ya no era un chiquitín era más complicado que echar carreritas con ella.


-Muy bien abuela -dije con una sonrisa en los labios y la abracé fuerte.

-Pásale mi’jito -dijo con ternura. Yo ingresé a su casa y me acomodé en uno de sus sillones. Mi primera idea era dormir un rato, sin embargo, el sueño ya no me agarró.
En casa de la abuela había una televisión de esas antiguas; de esas que todavía tenían una caja detrás de ella; así que las posibilidades de conectarle Internet era imposible.

Tomé mi teléfono móvil por un rato para chatear con algunos de mis amigos, luego puse un juego y, cuando me percaté la batería se estaba terminando, así que para evitar quedarme desconectado del mundo decidí ponerlo a cargar pero, justo en ese momento me llegó la idea de: «¿qué voy a hacer?».

Platicar con la abuela antes era entretenido, pero de un tiempo para acá cada que charlamos me cuenta las mismas historias. Sin embargo, amo mucho a esa viejecita lo que me permite tener cierta tolerancia para escucharla una y otra vez, aunque, seré honesto, busco derrepente la manera de cambiar la conversación aunque ella, casi siempre vuelve a contar las mismas historias.

Después de conectar mi teléfono me fui a la sala de la abuela para descansarme un rato en el sillón, pues según yo, deseaba dormir por un tiempo más. Luego, ella llegó con un vaso de agua de limón para dármelo.

-Ten mi vida -dijo con ternura.

Me senté en el sillón para recibir el vaso con agua y mi abuela se sentó enfrente de mí. Me preguntó cómo estaba y comenzó a contarme la historia de cuando ella era joven y salía de vacaciones con su papá. Yo ya sabía un poco de qué iba el tema, detalle a detalle, así que, aunque ponía atención a sus palabras no hacía ninguna pregunta que pudiera dar pie a que volviera a contar la misma historia otra vez, es más, en algunos momentos intentaba cambiar el tema de conversación haciéndole otro tipo de preguntas, sin embargo, ella volvía al tema constantemente, luego, observé en su pared una fotografía a blanco y negro: una señora con vestido elegante, cabellos largos y negros, ojos saltones, nariz bombocha, delgada y en una mano sostenía una canasta tradicional y en la otra agarraba a un niño como de 10 años que a su vez agarraba a una niña como de 6.

-Abuela -interrumpí-. ¿Quién es la señora que está en la fotografía? -pregunté -, creo que no la había visto en su casa.

-Ah -exclamó al mismo tiempo que una sonrisa se mostraba en su rostro arrugadito-. Ese cuadro lo encontré apenas, no tiene mucho que estaba descombrando el cuarto de trebejos y lo vi -me contó-. Pero… -dijo y se tomó la barbilla -. ¡La verdad no sé de quién se trata!

Mi abuela comenzó a caminar hacia la pared en donde estaba colgado el cuadro, tomó sus gafas de ver y se las colocó en sus ojos para observar. Yo me puse de pie interesado en obtener más detalles; podría ser mi madre y su hermano o, quizá, mi abuela con su mamá o… Bueno, no sabía de quién se trataba pero tenía cierta curiosidad.

En la fotografía, además de las personas que aparecían, había de fondo lo que parecía ser un mercado y un templo, una fuente y un camino sin pavimentar, lo que me dejaba ver que era una población rural o una fotografía muy viejita, quizá, como de la edad de mi abuela.

No recuerdo quién es -dijo un tanto preocupada.

-No es usted abuela -me animé a preguntar.

No hijito, no creo que sea yo. No se me parece la señora.

-Y, ¿no será usted la niña que está con la señora? -pregunté intrigado en saber más sobre la foto que mi abuela, por algún motivo, y considero que importante, había puesto en su pared.

-¡No hijito! -respondió ella-. No me parece que sea yo. ¿Por qué habré puesto esa fotografía en la pared? ¿De quién será? Porque además, yo no tuve hermanos.
Mi abuela y yo nos quedamos pensativos por un rato observando a detalle la imagen; yo miraba el rostro de la niña y el de ella para encontrar algún parecido; ella miraba el retrato y tocaba su barbilla respirando en ocasiones a modo de suspiro.

-Déjelo abuelita, no pasa nada, solo era curiosidad, quizá después se acuerde y ya me cuenta la historia de esa foto.

-Ay mi’jito, es que ya me metí la duda. ¿Quiénes serán los de esa foto? Porque si te fijas bien, como que la niña o la señora tienen rasgos diferentes a los míos y, no recuerdo qué relación podrían tener con nosotros.

Tomé a mi abuelita del brazo y la llevé al sillón al mismo tiempo que le preguntaba acerca de cuando fue a Acapulco con su papá, pues, aunque ya me sabía esa historia, me percaté que en el rostro de mi abuela había cierta preocupación por saber quiénes estaban en la fotografía.

Ella comenzó a platicarme nuevamente de las vacaciones con su papá cuando era niña aunque, a ratos, interrumpía su narración para preguntarse en voz alta de quién era la foto que ella había encontrado entre sus trebejos y porqué la había colocado en su pared pues, si estaba ahí seguramente era porque tenía valor sentimental.

Luego de un rato de estar platicando de sus vacaciones e historias de vida, el timbre de la casa sonó. Primero pensé que era mi madre que venía por mí aunque, cuando vi la hora, sospeché que, pues aún era temprano para que pasara a recogerme.

Me levanté del sillón para ir a ver de quién se trataba y mi abuela me siguió detrás a paso lento.Abrí la puerta y un joven, como de 21 años me preguntó por Doña Margarita, mi abuela.

-Buenas tardes. ¿Se encuentra doña Mago?

-Sí claro -comenté con amabilidad-. ¿Quién la busca?

-Soy Manuel. Vendo cosas viejas -aclaró él.

En cuanto ella se asomó él muchacho entusiasmado la llamó por su nombre:

Doña Margarita, ¿cómo está? Le traigo su encargo -dijo al mismo tiempo que de una maleta sacaba varias fotos viejas enmarcadas en cuadros exactamente igual como al que estaba colgado en su pared…

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