Y sin darme cuenta…

–¡Muchas felicidades hija! –dijo mi madre al mismo tiempo que me extendía una caja forrada. Yo me levanté emocionada; más por la caja que por la felicitación.

–¡Gracias má’! –respondí al mismo tiempo que me levantaba de mi cama para darle un abrazo y recibir el regalo que, sospechaba, era un teléfono móvil que desde hacía algún tiempo le venía pidiendo.

Mi madre sonrió, me regresó el abrazo y luego se sentó a un lado de mi cama a observar que abriera mi regalo.

–¡Es un teléfono! –grité con cierto ánimo de felicidad. Mi madre asintió con la cabeza.

Después de un rato de ver mi alegría mi madre se fue de mi cuarto para ir a preparar el desayuno. Yo por mi parte comencé a instalar las aplicaciones, entre ellas, Facebook que había deseado tener desde hacía varios años y Free Fire, que estaba de moda entre mis compañeros de clase. La primera se instaló pronto y creé mi cuenta mientras esperaba a que otras más se terminaran de acomodar en el teléfono.

A pesar de las diferentes advertencias que en el colegio ya me habían hecho acerca de las rede sociales, estaba deseosa de poder compartir con mis diferentes amistades todas aquellas cosas que me gustaban.

Primero subí una foto: «Mohana», la princesa de Disney, sin embargo, después me arrepentí pues, a mis 14 años de edad podía ser motivo de burla que mostrara al mundo las pocas cosas infantiles que aún quedaban en mi personalidad. Luego coloqué la imagen de un «anime» que estaba de moda entre los compañeros del grupo.

Para no dar mucha información, sin dejar de ser precisa acerca de quién era yo, coloqué mi segundo nombre (que era con el que me conocían mis compañeros de la escuela) y mi segundo apellido (que era con el que algunos maestros me solían llamar por la dificultad al pronunciarlo), de esa manera, consideré, me evitaría tener que estar enviando solicitudes de amistad y luego mensajes de texto para corroborar de quién se trataba.

Luego pasé a colocar mi foto de perfil. Ésta tenía que ser algo interesante y mostrar a quienes deseaba que fueran mis amigos mi personalidad; coloqué la foto de mi perrito. Después me percaté que quizá no todos lo conocían, especialmente mis compañeros varones. La cambié nuevamente, esta vez, elegí una en donde aparecía yo de frente, vestida con una sudadera holgada, unos pantalones deportivos que dejaban ver que ya estaba creciendo, unas zapatillas deportivas Nike y de fondo un árbol grande situado a lado de una alberca. Mi pose era un tanto sugestiva.

Comencé a enviar a mis compañeros de clase solicitud de amistad; algunos aceptaron luego luego, otros tardaron más. Pronto comencé a recibir solicitudes de amistades de amigos de mis amigos en Facebook, así como algunos comentarios de lo bien que me veía, sobre todo de mis amigas, aunque no se dejaron hacer esperar los emojis denotando admiración, por parte de algunos compañeros de quienes menos me lo hubiera imaginado.

Dejé por un rato la red social y entré al juego, no sin antes enviar mensajes por WhatsApp a mis compañeros de clase, mismos que mi madre guardaba su contacto en su teléfono. Así me puse de acuerdo para entrar con ellos a jugar.

Así que pronto entré para encontrarlos. La aplicación me pedía inscribirme con Facebook y, como ahora ya tenía, ingresé. Al poco rato me unieron al grupo en el que íbamos a jugar. Yo no había jugado antes pero, como había escuchado varias veces acerca de este juego, no deseaba quedarme atrás en la moda de los vídeojuegos y, mucho menos ser excluida del grupo por no poder convivir con mis compañeros de salón a través de este tipo de actividades.

Las primeras veces perdí muy rápido la partida aunque, tuve la fortuna de que mis compañeros de clase entendieron que apenas estaba aprendiendo y que en el teléfono era un poco más complicado jugar.

Luego de un rato de estar en la dinámica del juego la mayoría de mis amigos dijeron que debían salir, pues sus padres los estaban llamando a comer. Como en casa saldríamos a festejar mi cumpleaños a casa de la abuela yo me pude quedar un momento más en el teléfono en lo que papá salía de su negocio que, normalmente los sábados, era pasando las cinco de la tarde. Así, yo tenía tiempo para indagar qué más había que pudiera instalar.

–Hola –llegó un mensaje en Messenger –. ¿Cómo estás? ¿Vas en la escuela «Antonio Machado? ¿Verdad? Es que ahí va un amigo de la vecindad en la que vivo –decía el texto.

Entré a su perfil para ver de quién se trataba, pues, aunque ahora era mi amigo en Facebook, realmente no lo conocía. Luego de ver que, efectivamente sí tenía a un compañero de la escuela como amigo en común le respondí en el Messenger:

–Sí. En esa escuela vamos.

–¿Y qué te parece? ¿Te gusta? He escuchado que es muy buena.

–Sí. Es muy buena. Me gusta. Además en el grupo de la escuela nos llevamos muy bien –respondí. A pesar de que nos habían dicho que no debíamos platicar con extraños, este chico me parecía muy agradable. Por otra parte siempre consideré que ese tipo de cosas nada más nos las decían para asustarnos.

–Y, ¿a qué se dedican tus papás? Porque para ir a esa escuela deben ganar bien eh –comentó en el texto –. Mis papás son médicos –compartió en su texto.

–Mi papá es dueño de una tienda y mi mamá es ama de casa. Quizá no ganan tan bien como otros, pero no me puedo quejar –respondí colocando un emoji de sonrisa.

Luego él me envió una foto suya, tenía puesta una bata de médico, ojos cafés, cabellos ligeramente castaño; se veía muy risueño y de tés clara. Cuando me pidió una foto mía le dije que tenía la del perfil y aceptó, no insistió más en que le enviara una. Lo que me pareció que, además de galán era educado y, lo mejor, teníamos casi la misma edad.

Así, comenzamos a enviarnos mensajes de voz y, tenía una tonalidad, sí de un adolescente, pero se escuchaba con mucha madurez; con elegancia y porte.

Comenzaba a estar ligeramente enamorada. ¡Ay! suspiré. Ninguno de los chicos de mi escuela me hablaba así de bonito; ninguno de ellos era tan amable conmigo. A pesar de que yo era una chica linda y risueña.

Al poco rato se escuchó la voz de mi madre que gritaba con cierto desespero mi nombre.

–¿Qué pasó má’? –respondí –. ¡Aquí estoy!

A los pocos segundos entró mi madre. Tenía el rostro pálido. Me abrazó, besó mi frente varias veces y yo solamente comencé a asustarme.

–¿Qué pasó má? –pregunté con tono de preocupación. Mi madre no dijo nada, pero me abrazó más fuerte. Luego, tomó su teléfono móvil y llamó a mi padre. En cuanto él le respondió le dijo:

–¡Me acaban de llamar unos tipos para pedirme dinero! –dijo sollozando –, dicen que si no les pagamos la desorbitada cantidad de dinero que solicitan que solicitan se van a llevar a nuestra hija. ¡Saben todo!: en qué escuela va, a qué te dedicas, donde vivimos…

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