Perdido en la noche

Dormía profundamente cuando a lo lejos escuché el vibrador del teléfono sonando de manera abrupta.

Me levanté de la cama somnoliento; con un agrio sabor en la boca y los ojos casi cerrados.

«Amanda». Decía el teléfono.

–¿Sí? –dije con cierta angustia –. ¿Está todo bien? –El teléfono del otro lado se quedó en silencio –. ¡Amanda! ¿Estás bien? –repetí.

–¡Lucio! –Se escuchó del otro lado del teléfono –. ¡Estoy perdida!¡Ven por mí!
¡Por favor! –me dijo con un tono de susto.

–Sí claro. ¿En dónde estás? –pregunté de inmediato al mismo tiempo que buscaba
un pantalón y la camisa del día anterior para ponérmela y salir a su encuentro.

–No sé. No sé –dijo angustiada –. ¡No sé en dónde estoy!

–Está bien –respondí –, no te preocupes. Envíame tu ubicación por WhatsApp y
ya voy por ti.

–Sí –contestó–, pero no te tardes mucho. Estoy sola y asustada.

Le indiqué que pasaría lo más pronto posible por ella, que solo esperaba a que me enviara su ubicación para saber hacia dónde ir.

Me vestí, tomé mi cartera y guardé algo de dinero por
si se necesitaba; tomé las llaves del automóvil y salí de mi casa. Al poco rato llegó el mensaje indicando hacia dónde me tenía que dirigir.

«Voy por ti». Le indiqué en un mensaje con el que le di respuesta.

Encendí el GPS del teléfono móvil para tener la la ubicación y abrí la aplicación para comenzar a guiarme por la ruta correspondiente. Ella se encontraba a varios kilómetros en las afuera de la ciudad. Comencé a preocuparme.

Arranqué el automóvil e inicié mi camino.

Afortunadamente las calles estaban casi vacías –alguno que otro carro que pasaba esporádicamente, un grupo de indigentes que me encontré en una de las esquinas y pocos negocios de comida y bares que estaban abiertos, pero que no interferían en mi camino–, lo que me permitía fluir en para ir más rápido.

En poco tiempo llegué a las afueras de la ciudad. La carretera estaba poco iluminada, el clima era frío y las calles estaban solas.

Coloqué mi teléfono enfrente de mí para poder observar con mayor exactitud las indicaciones del GPS para llegar hacia mi objetivo.

«¿Ya mero vienes?» llegó un mensaje de Amanda.

«Ya estoy cerca». Le indiqué.

Luego, en su teléfono se dejó de ver la palabra «en línea». 

De acuerdo al GPS que me guiaba en ese momento pude observar que me encontraba cerca del lugar, así que decidí disminuir la velocidad a la que iba para tomar la interjección que me indicaba la aplicación. 

Una camioneta negra, grande y tosca, pasó a gran velocidad a un lado de mi automóvil. Me espanté un poco, pues a esa hora de la noche no era común que pasaran autos. En seguida vislumbré a lo lejos diferentes luces de automóviles a corta distancia a una alta velocidad. Me orillé un poco hacía mi derecha, sin embargo, los tres automóviles que venían rápido comenzaron a tomar la carretera en su ancho, por lo que lo único que me quedó hacer fue salir de ésta desviándome hacia una curva que daba a una calle sin pavimentar. 

«Rayos». Pensé. La forma abrupta en la que entré al sendero sin pavimentar generó que le diera un pequeño golpe a la defensa del automóvil provocando que ésta se zafara levemente. 

Apagué el auto y me bajé del mismo para acomodarla. Las luces de mi carro alumbraban un camino a orilla de un campo de siembra. Subí nuevamente y observé que el GPS había modificado su dirección y, esta vez, la distancia que marcaba para llegar era más corta que por carretera. 

«¿Qué estará haciendo por este rumbo esta mujer?», pensé. 

Tenía la opción de echarme de reversa y salir nuevamente al asfalto, sin embargo, consideré que la nueva dirección que marcaba el GPS  me indicaba mayor cercanía por ese rumbo que, además, se miraba tranquilo, por lo menos más que la carretera por la que estaban pasando autos a gran velocidad a manera de persecución. Al poco rato escuché varias sirenas de patrullas pasar por la carretera, así que, reafirmé que la mejor ruta para ir por mi amiga era esa, pues de alguna forma el camino principal estaba siendo muy pesado. 

Continué en manejando por unos minutos más adentrándome en el camino, dando vueltas a la izquierda y a la derecha en diferentes momentos. 

El GPS marcaba que estaba a dos minutos de llegar y un par de metros adelante. 

Nuevamente mi teléfono sonó: 

–¿Ya mero llegas? –preguntó mi amiga con voz chillante, respiración profunda y agitada. 

–Ya estoy a… 

La llamada se colgó. 

Separé el teléfono de mi cara y al verlo de frente observé que estaba negro.  Le piqué el botón de encendido pero éste se quedó en el mismo color: no mostró ninguna pantalla. Dejé mi dedo presionando por más tiempo para corroborar que no estuviera trabado, luego, el teléfono encendió; al poco rato se apagó nuevamente. La batería se había descargado. 

Los aullidos de los perros no se hicieron esperar. El aire que corría generaba un ruido a vacío. Las sombras proyectadas por la luna y la obscuridad total en el ambiente ocasionaba un entorno de miedo. 

Comencé a respirar con agitación.

Pensé en gritar el nombre de mi amiga en voz alta, sin embargo, tampoco quería exponerme a que algún campirano pensara que estaba ahí para hacer algún daño en su propiedad y las cosas salieran peor.

Me eché de reversa para regresar a la carretera y tratar de ubicar el posible lugar en el que mi amiga podría estar en ese momento.

Intenté volver por el lugar que correspondía, sin embargo, cuando me di cuenta llegué a un pequeño acantilado que dividía la zona. En ese momento me di cuenta que, al igual que mi amiga, estaba completamente perdido, sin teléfono ni GPS que guiara el camino…

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