
Por las calles del centro de la ciudad, un limosnero, desde hacía varios años, se sentaba a pedir a quienes pasaban por su acera una monedita que le ayudara a sobrevivir.
Aquel viejo limosnero, algún tiempo atrás, había servido como uno de los mejores obreros en una de las fábricas más importantes de su ciudad, pero la desgracia en su vida personal apareció: se enamoró de una mujer: de sus bellos ojos, su delgadez extrema, su piel canela y su sonrisa. Luego, lo dejó por otro más joven, sin embargo, él había abandonado a su mujer y a sus hijos por ella; desperdició su poca fortuna en intentar complacerla.
A los pocos días entró en depresión y la única forma que encontró para salir de esta, para supuestamente olvidar sus penas o para sentir que podía expresarlas: fue bebiendo alcohol; ahí se terminó el poco dinero que quedaba. Y al poco tiempo también, por el mismo motivo, lo corrieron del trabajo.

La tristeza, la falta de un hogar, la imposibilidad de alimentarse sanamente; el poco aseo personal y el exceso de alcohol en su sangre, fueron generando que se quedara sin absolutamente nada, más que aquello que alguna que otra persona de buen corazón o que se sentía comprometida con la sociedad, le dejaba en sus manos.
Pero esta historia no se trata específicamente de él, sino de tres personajes que, una mañana cualquiera, se detuvieron a darle una moneda y aunque lo involucran por ser parte de un sector de la sociedad en la que vivimos, no se enfoca precisamente en el que recibe, sino en una semejanza relacionada con el dar.
Una mañana, como cualquier otra, el limosnero de la calle del centro, un poco somnoliento aún, se sentó en la calle donde solía hacerlo.
–¡Buen día viejo! –dijo el policía que cuidaba el banco que estaba casi enfrente.
–Buen día mi «poli» –respondió amablemente el limosnero–. ¿Cómo se encuentra hoy?
Por un rato estuvieron platicando ambos, luego, el policía vio su reloj y se dio cuenta que tenía que retirarse para llegar a tiempo a su trabajo. Aquel buen ciudadano le llevaba todos los días laborables una torta que su mujer amablemente se encargaba de preparar.
El limosnero dispuesto a comenzar su día, oliendo a alcohol barato y con resaca, se acomodó en el frío y duro piso de la banqueta en la que solía sentarse. Puso su mano de tal forma que pareciera una pequeña jícara y esperó a que pasaran las personas.
En ese momento, un joven de alrededor de unos 25 años pasó muy cerca de él.
–Una monedita que me regale –expresó el viejo. El joven revisó entre sus bolsillos para descubrir si dentro de éstos llevaba algo que darle, sin embargo, su respuesta fue negativa. Sacó con sus manos la parte del fondo de los bolsillos de su pantalón, a manera de justificación, y le demostró que no tenía nada que darle.

–No traigo don –respondió de forma amable, con una sonrisa apenada y luego siguió su camino.
Efectivamente aquel joven no llevaba monedas; no traía ni cartera y, así, tampoco tenía alguna forma de dar algo a los demás, o por lo menos a aquel señor que amablemente solicitaba monedas.
Al poco rato pasó una señora de aproximadamente unos 40 años. Vestía con vestido largo y, probablemente muy fino. Llevaba una bolsa de mano y se zarandeaba de un lado al otro al caminar con unas finas zapatillas de tacón pequeño.
–¿Una monedita que me regale? –preguntó el viejo sentado en la banqueta.
La señora se detuvo por un momento, abrió lentamente su bolsa y observó en su monedero si traía algo: billetes no llevaba, las tarjetas bancarias estaban vacías, de tal manera que no podía ir a retirar; pero monedas traía un par que, probablemente, ocuparía en un camión que le serviría para regresar a casa.

Sin embargo, decidió sacarlas y se las entregó.
El señor las recibió y las guardó sin decir nada ni hacer algún tipo de mueca. Probablemente pensó: “esta señora tan fufurufa solo me dio dos monedas” o quizá, también pudo haber pensado “gracias a Dios que he recibido algo el día de hoy”. No lo sabemos porque no dijo nada.
“Pero que señor tan odioso, ni las gracias dio”, dijo entre dientes la señora después de haber soltado las monedas. Hizo una mueca de desagrado y continúo caminando por un rato más, dándole vueltas a su cabeza pensando en lo malagradecido que era aquel tipo pues, las últimas monedas que traía en su bolso las dio; lo mínimo que esperaba era que le retribuyera con una sonrisa o un “gracias”, por lo menos.
Al poco rato, un señor, vestido con una playera, unos jeans y zapatos deportivos pasó cerca del limosnero.
–Una moneda que me pueda regalar –dijo el viejo desde el suelo en el que estaba sentado.
El joven miró en su cartera, tenía suficientes billetes, aunque no pensaba darle uno, pues de alguna manera deseaba ayudarlo, pero no solucionarle la vida. Metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones y sintió varias monedas de diferentes tamaños.

Tomó un par de estas: una de diez y otra de cinco pesos y se las entregó al señor. Luego prosiguió su camino sin esperar un “gracias” o una sonrisa. Simplemente dio porque tenía suficiente para dar y no requería ni esperaba que se le devolviera nada…