Muy temprano sonó la alarma de mi teléfono. Estaba emocionada de saber que asistiría con una de mis amigas a la montaña: despejar la mente, tomar aire fresco, convivir y hacer contacto con la naturaleza.

Me puse de pie a eso de las 5:00 de la mañana para estar preparada en el momento en el que pasaran por mí.
Fue aproximadamente media hora después, recién me había terminado de colocarme la gorra, que el claxon del carro de mi amiga sonó. Me asomé por la ventana de mi cuarto y ahí estaba ella mirando por la ventanilla.
–¡Qué onda! ¿Ya estás lista? –Asentí con la cabeza.
–¡Ya salgo! –grité entusiasmada a mi amiga.
Bajé con velocidad las escaleras, me despedí de mi abuela que estaba medio dormida todavía. Pasé a la cocina por un pan y salí corriendo a donde mi amiga. La aventura me esperaba.
–¡Qué onda! –dije a mi amiga con una gran sonrisa en los labios –. ¿Ya lista para viajar? –Asintió con la cabeza, se colocó el cinturón de seguridad y me pidió que hiciera lo mismo y arrancó el auto –. ¿Oye? –pregunté al poco rato de que ella avanzó –, ¿y sí has conducido por carretera?
–No. Ja, ja –respondió ella con una sonrisa. Yo en cambio me preocupé levemente –. Pero despreocúpate, sé cómo conducir y, echando a perder se aprende, ¿qué no?

Sin tanta preocupación asentí con la cabeza y me acomodé para disfrutar del viaje. Puse música electrónica en mi teléfono y lo conecté al bluetooth de su estéreo y comenzamos el camino a la montaña.
Al poco la temperatura, por la altura, comenzó a bajar, dejando una sensación de frío.
–¿Te puedes detener un momento? –le pregunté a mi amiga, pues necesitaba bajar a abrir el portaequipaje para sacar mi chamarra. Se orilló en la carretera, muy cerca de un bosque con muchos árboles.
–Aprovechando sacas la mía –dijo al mismo tiempo que se acercaba a la ventanilla.
Me bajé del auto y me posé en la parte trasera. La puerta del portaequipaje se abrió desde adentro; yo la levanté para abrirla por completo. Saqué las chamarras y, justo cuando estaba a punto de cerrar, pude notar una leve mancha de sangre en la parte trasera del auto.
–¡María! ¡María ven! –grité un tanto asustada. Ella bajó del auto.
–¿Qué pasa? ¿Por qué el grito? –preguntó ella con cierto temor. Le señalé hacia el suelo. Ella abrió sus ojos sorprendida. Con cierta dificultad se agachó para ver qué había. Vio un charco de sangre y gotas que escurrían de la parte trasera de su automóvil.
Nos asomados a los lados del carro para ver si había algún indicio de lo que sucedía; no encontramos nada.
Un tanto asustadas nos subimos al auto.
–¿Y si mejor nos regresamos? –pregunté –. Algo no me está dando «buena espina».
–¡Ay! Cálmate. No pasa nada. Además ya estamos más cerca de la montaña que de la ciudad.
Sin mucho ánimo decidí aceptar que continuáramos hacia nuestro destino aunque, en cierta medida, sentía cierto temor.
–¡Quita esa cara! –me dijo mi amiga –. Quizá es una mancha de pintura o algo así. Tranquila. –Asentí con la cabeza.
Mi amiga conducía y, además del frío, la brisa comenzó a caer provocando que el parabrisas se entre mezclara con el polvo que se había generado en el camino por la terracería. Encendió sus limpiadores, sin embargo, solamente se generó una pequeña capa de lodo en el vidrio por el agua. Al poco rato escuchamos un estruendoso ruido en el cofre del auto.
–¡Ay! ¿Qué fue eso? –pregunté asustada.
–¡Cálmate que me atemorizas! –me gritó mi amiga. Yo me encorvé levemente. Abrió la puerta de su lado y se bajó del auto –. ¡Bájate! ¡Corre! –gritó desesperada mi amiga. Yo me asusté y bajé corriendo.
El automóvil tenía una abolladura en el frente. En el suelo había una mancha de sangre. No había nada que nos indicara de qué era aquel golpe.
Pasó un motociclista, de edad avanzada, cabellos largos y barbas largas y nos preguntó si todo estaba bien o necesitábamos algo. Nosotras nos quedamos mirándonos, luego negamos con la cabeza. Él siguió su camino y nosotras nos regresamos al auto.
–Mejor sí nos regresamos –le insistí a mi amiga –. Algo no me está dando confianza.
–Tranquila. Ya vamos a llegar. Deja de preocuparte.
–¡No María! Esto no me está gustando. Creo que es peligroso. ¡Vámonos o me regreso sola! –dije intentando mostrar seguridad en mis palabras pues, si ella decidía no retirarse, yo tampoco me iba a ir sola. Solo estaba amenazando.
Nos subimos al auto. Al principio María iba un poco seria, pues creo que realmente ella estaba deseosa de ir a la montaña y por mis temores la estaba haciendo que volviera a casa antes y sin visitar la montaña.

Continuamos en carretera por un rato más. Luego, vimos que un grupo de personas estaban juntas: una patrulla, una ambulancia y varios paramédicos estaban en el lugar. Un agente de tránsito nos pidió que nos detuviéramos.
–¡Sus papeles por favor! –indicó el patrullero. Mi amiga sacó de la guantera los documentos y se los entregó.
–¿Pasa algo? –pregunté con cierta preocupación.
–Su identificación oficial –ordenó el patrullero al mismo tiempo que con la mano daba la indicación a otro que se acercara. No me respondió la pregunta.
–Bájense del auto –ordenó al mismo tiempo que otro patrullero se acercaba a la puerta de mi lado.
–Pero…

–Queda usted detenida como sospechosa de homicidio culposo –dijo a mi amiga –. A usted se le levantaran cargos por complicidad, a no ser que declare en contra de su amiga –me indicó a mí.
–Pero… –titubée con miedo.
–¡Si no hemos hecho nada! –reclamó mi amiga.
Luego el policía señaló en dirección hacia donde se encontraba el grupo de personas. El señor que había pasado en motocicleta estaba tirado y ensangrentado
–Pero…
–La sangre coincide con la de la víctima; el golpe de su auto también…