
Se despertó muy temprano —justo cuando sonó el despertador—. Pues estaba muy emocionada; sería su primer día en el colegio después varios meses de no haber asistido; ahora volvería a ver a todos sus compañeros en persona –pues aunque había visto a algunos, la convivencia entre todos sus amigos del aula no había sido posible por mucho tiempo–, probablemente, algunos de ellos ya estarían mucho más altos que ella.

Por otra parte, las clases en línea no habían sido muy favorables: en ocasiones su Internet fallaba, su computadora ya estaba muy vieja y eso la hacía lenta, su teléfono móvil la distraía cuando entraba a clases y luego se le terminaba muy rápido la batería y tenía que pasar largas horas esperando a que cargara. Y por si fuera poco, las actividades en clase las dejaban en procesadores de texto y para ella eso se le complicaba.
Ahora, regresaría a su colegio.
Preparó emocionada su mochila: cuadernos de cada una de las asignaturas, lapicera con plumas de varios colores, lápices, goma, sacapuntas, marca-textos para sus libros; los libros de cada una de sus materias que, aunque le pesaban, eran menos pesados que todo lo que había que tenido que soportar con sus clases, sola, en su casa.
Bajó las escaleras, preparó un sándwich para desayunar en el receso mientras su madre dormía aún, pues ella entraba más tarde a su trabajo.
Salió de su casa y se dispuso a tomar el autobús. “Esta vez sí le voy a echar muchas ganas. Ya no responderé feo a los profesores, pondré atención y realizaré todas mis actividades en el momento de la clase. Y si dejan tarea, la realizaré”. Sentía motivación, entusiasmo y deseos de asistir a la escuela después de haber pasado tanto tiempo en casa; aburrida, conviviendo con su frustrada madre todos los días a todas horas.
El autobús se detuvo en cuanto ella le hizo la parada estirando su mano con el dedo índice al frente. Se subió, pagó con una moneda de diez pesos, se echó desinfectante y buscó un asiento para sentarse; después de muchos meses, disfrutaba un viaje de casi 22 minutos hacía su escuela, mismo que, antes del cese de éstas, renegaba de hacer cada vez que tomaba su camión.

Al llegar a su colegio lo vio cerrado.
Sacó su teléfono móvil para revisar la hora, quizá, había llegado muy temprano. Sin embargo, faltaban solo 3 minutos para iniciar las actividades académicas.
Entró al WhatsApp para revisar si tenía algún mensaje del maestro encargado del grupo o de alguno de sus compañeros dando algún aviso, pero no vio nada.
Entró a la aplicación de “teléfono” y marcó el número de su madre, pero éste inmediatamente le dijo que su saldo se había agotado y eso le implicaba que no podía hacer ninguna llamada.
Volvió a la aplicación de mensajería instantánea para escribirle a su madre y preguntar si ella sabía qué era lo que estaba sucediendo con respecto a la escuela: ¿por qué estaba cerrada? ¿Por qué no se veían estudiantes o maestros llegando? ¿Por qué nadie le había avisado algo? Sin embargo, la palomita que indicaba que su mensaje de texto había salido de manera correcta, no apareció. “Me quedé sin saldo” pensó.
La reja que dividía la escuela de la calle estaba cerrada y, por si fuera poco, ésta se veía vacía; ni el guardia que solía recibirlos por las mañanas estaba presente.
Metió su mano en el bolsillo derecho –que es donde solía meter su dinero– y se percató que no llevaba para regresarse en camión, pues normalmente su madre pasaba por ella a recogerla de la escuela.

Comenzó a sentir cierta preocupación: si no había clase de forma presencial como había escuchado en las noticias, entonces las clases seguirían siendo en línea y ella no entraría porque no tenía datos móviles para ingresar ni para llamar a su madre para que fuera por ella.
Por otra parte, le preocupaba que sus compañeros le hicieran burla: por no entrar a clase y por estar fuera de la escuela sin que se diera la indicación para hacerlo.

Preocupada porque no tenía forma de regresar a casa comenzó a caminar; si en camión hacía 22 minutos aproximadamente, caminando seguro se haría el triple, pero la opción era quedarse a esperar varias horas más –sin entrar a clases–, o caminar y llegar a casa.
Normalmente solía llevar audífonos inalámbricos para ir escuchando su música y, aunque los llevaba, éstos ya no tenían pila y así, no le servían de nada. Aburrida caminó de regresó a casa y, mientras lo hacía, pudo observar que la ciudad estaba de cierta forma muy tranquila: pocos autobuses, pocos automóviles, pocas personas caminando.
Después de casi hora y media de estar así, llena de sudor, cansada de los pies, con hambre y enojada, llegó a casa. Sacó de su mochila las llaves y entró.
–¿Dónde estabas hija? –Preguntó su madre–. Me tenías preocupada. Te iba a marcar pero ya no tengo saldo.
–¿Dónde más iba a estar mamá? –respondió molesta. Pues el día no había sido favorable y, por si fuera poco, se estaba perdiendo de sus primeras clases del día, lo que le implicaba retrasarse en algunos contenidos y trabajos–. Fui a la escuela. –Su madre abrió los ojos grandes y exclamó:
–¿A la escuela? ¿En domingo?…