La tarde había caído y el cansancio apareció sin siquiera darme cuenta. Tomé del refrigerador un refresco de limón y me dispuse a ver la televisión; nada bueno que ver.
Mis padres, de momento, habían decidido que la mejor forma de castigarme era cancelando las suscripción a Netflix y quitando el Internet, pues según la maestra de Matemáticas me la pasaba hablando de series todo el tiempo; pero de las asignaturas de la escuela, ni hablo ni muestro interés.

Como hoy mamá llegará tarde de su trabajo y papá salió fuera, puedo disponer de mi tiempo para hacer lo que quiera y, aunque tengo algo de tarea que realizar, prefiero hacerla con ayuda de mi amiga Mariana, mañana por la mañana, muy temprano al llegar a la escuela.
Así que, comienzo a cambiar nuevamente los canales de la televisión abierta. No hay nada que ver: las novelas no me gustan, son mucho drama; la película de acción que están pasando, además de ser muy vieja, ya la he visto en anteriores ocasiones; las noticias, ¡puf!, no, esas prefiero no mirarlas. Mi maestro de Formación Cívica y Ética dice que no es bueno ver tanta noticia, menos al terminar el día o al iniciarlo, pues nos deja con una mala sensación de que el mundo se viene abajo. En realidad no las veo porque me aburren.
Me detengo en uno de los canales, parece que hay un programa divertido: un grupo de personas están al frente dirigiéndolo realizan diferentes actividades en donde se ponen en ridículo, pero se divierten. Pienso que estaría bien que hiciera ese tipo de concursos con mis amigas de la escuela, suena a que se la pasan bien mientras lo hacen; desafortunadamente, las cosas que utilizan no son de uso cotidiano.
Luego, comienzo a mirar bien a las conductoras del programa –»pero que belleza»– digo para mis adentros. Realmente tienen todo lo que se necesita para ser felices: una cara linda, un buen cuerpo, un trabajo donde se vuelven famosas, una linda sonrisa. ¿Qué más podrían pedir? En cambio yo: gordita, chaparrita, cabello corto, dientes chuecos. Ay Dios, porqué me diste este cuerpo.
Reniego un poco de mí misma; de mi cuerpo; de mi persona; de mi forma de ser. Luego, me levanto por un pan empaquetado y me lo como todo mientras rio un poco de la forma en la que se la que se divierten.
Me gustaría ser como ella, me comento, al mismo tiempo que me bebo un refresco de cola que había en el refrigerador y me zampo unas frituras que mamá había dejado en la alacena.
El programa se termina y apenas son las 9:00 de la noche.

Vuelvo a darle vueltas a los canales de la tele y, no hay nada bueno a mi parecer; no hay nada que hacer.
Tomo el teléfono móvil e intento entrar a las aplicaciones: WhatsApp, Facebook, Instagram pero no funcionan; no tengo ni datos móviles ni red de internet porque mamá se enojó y me ha castigado.
Me acuesto en la cama a intentar dormir, pero mis ojos, aunque los cierro, no se quieren descansar. Entonces me pongo a pensar en las chicas que salen en la tele: tan bonitas ellas, en cambio yo.
Antes era delgadita, no sé por qué ahora no lo soy, quizá sea propio de mi edad o, la maestra de Biología dice que debemos cuidar nuestra alimentación y no tener una vida rudimentaria pero, mi madre también es gorda y, lo más probable es que, como me parezco a ella, yo también termine siendo así…