Entre la vida y la frontera

–¿Ya llegamos? –musitó angustiada Roberta.

–¡Ya! Bueno, estamos cerca –le respondió, casi en silencio el pollero[1] –. Es cuestión de unos cuantos kilómetros. Deberán estar pendientes. Falta poco.

La migración para muchas personas se vuelve una necesidad. Tener que dejar a su familia y a las personas que quieren para ir en la búsqueda de una mejor calidad de vida, no solo se ve en varones, sino también en mujeres. Este relato habla de los riesgos de la migración. Adéntrate en este apasionante tema con un toque de suspenso.

   Luego, las cuatro personas que iban con ellos sintieron que el camión de carga en el que iban comenzaba a bajar su velocidad.

–¿Qué sucede? –preguntó uno de los jóvenes cuyo sueño era pasar del otro lado para poder trabajar como mesero y enviar a su familia en el Estado de Guerrero un dinerito que les ayudará a subsistir.  –¿Ya llegamos?

–¡No! Ahora guarden silencio –indicó el pollero. Un tipo alto, delgado, de barbas largas y cabello recortado tipo militar, nacionalizado mexicano pero de origen estadounidense.

     El carro de carga en el que iban se detuvo.

–Se van a bajar –indicó con voz de mando el extranjero. Luego, las cinco personas que iban a ser cruzadas del otro lado del río Bravo bajaron a orillas de la carretera. Otras personas comenzaron a trasladar cajas enormes para subirlas al tráiler al mismo tiempo que el pollero les daba indicaciones a sus viajantes:

–A ver… Tienen que estar muy atentos. Los vamos a meter dentro de un refrigerador que estará dentro de una caja. Estarán ahí hasta que pasemos la frontera, que esperamos no sea mucho tiempo.

–¿Cuánto tiempo? –preguntó Roberta –. Se nos va a terminar el  oxígeno.

–¡No sé cuánto tiempo! –respondió un tanto molesto el pollero –. Pero si gusta puede quedarse aquí. Es parte del riesgo que decidió asumir cuando quiso pasarse del otro lado. Si no quiere, yo no la puedo obligar.

–¿Me regresará el dinero? –preguntó un tanto apenada.

–Ja, ja –rio de manera burlona al mismo tiempo que negaba con la cabeza –. No señora. Usted ya hizo el pago y yo ya invertí ese dinero. Ya no se lo puedo regresar. ¿Se sube o no?

      Roberta sintió temor por su vida. Aunque, en ese momento, ya no tenía más opciones más que subir y afrontar las posibilidades de no llegar a cruzar la frontera y, sin embargo, como el resto de los migrantes que estaban ahí, ella deseaba conseguir  una vida mejor en el otro lado y cumplir el “Sueño Americano”.

     Subieron los refrigeradores y luego comenzaron a entrar en ellos cada uno de los que había pagado para que los pasaran del otro lado. Luego los recubrieron desde la parte de arriba con unas cajas de cartón.

     Llegó el turno de Roberta. Respiró profundo. El refrigerador era grande. Entró y se sacó el zapato de plástico que llevaba puesto, luego lo atoró en la parte baja del refrigerador para asegurarse que de alguna manera podría dejar abierta la puerta para recibir un poco más de oxígeno.

     No sintió en qué momento le colocaron la caja de cartón, pues ya estaba cerrada la puerta del electrodoméstico. Sin embargo, escuchaba que seguían cargando el tráiler con más refrigeradores.  Luego, comenzó a sentir el movimiento.

     Rezó. Rezó en voz alta y luego cuchicheando.

    El movimiento cesó luego de casi 45 minutos. Luego escuchó que abrían la puerta del tráiler. Unas voces en inglés comenzaron a escucharse. Pasos de varias personas que tenían  acento norteamericano al hablar se escuchaban cada vez más cerca. Su respiración comenzó a agitarse.

     Luego sintió que golpearon la caja que recubría el electrodoméstico en el que había entrado. Después de un momento las voces se dejaron de escuchar. Luego, las puertas se cerraron y el tráiler comenzó a avanzar nuevamente. Al parecer había librado que la descubrieran.

    El momento de dificultad, sintió, había terminando.

    El remolque se detuvo nuevamente; las puertas del mismo se escucharon al abrirse. Luego el ruido que indicaba que estaban descargándolo se escuchó. “Por fin bajaré”. Pensó. “Seguro ya estamos del otro lado”, se dijo para sí.

–Este ya está muerto –escuchó que decía una voz, casi a cargas, dentro del tráiler –. Este también –volvió a escucharse.

–Ja, ja. –Se escuchó una sonora carcajada a manera de cinismo –. Se me hace que tú los querías muertos –dijo una voz diferente.

–Bueno –dijo el pollero –, no necesariamente muertos aunque,  ya tú sabes que pasarlos del otro lado no está sencillo. Mira, así nada más los dejamos en el desierto y, ¿a quién le va a importar?

–Eres un cabrón –dijo una de las voces.

–Ja, ja. Así nos quitamos de problemas.

–Esta también está muerta –comentaron.

   Luego llegaron a la caja de Roberta. Comenzó a sudar frío. Quitó rápidamente el zapato que había dejado entre la puerta del refrigerador, se lo colocó. Escuchó que quitaron la caja y luego abrieron el refrigerador. Se dejó caer como un costal de papas.

–Esta también está muerta –dijo la voz del tipo que estaba revisando –. Esta es la última –comentó.

     Un par de muchacho se acercaron; uno la tomó por los hombros y otro por los pies. La levantaron para cargarla. Luego la dejaron caer justo debajo de la puerta. Ella cayó encima de los otros cadáveres. Escucharon un leve gemido. Sin embargo, ninguno de ellos dio importancia.

–¡Vámonos! –comentó el pollero.

   Se subieron; unos a la cabina del tráiler y otros en la parte donde estaban los refrigeradores. Se escuchó que el tráiler comenzaba a avanzar. Entonces, con dolor en las costillas y en el codo, se levantó.

–¡Alguien se paró! –expresó uno de los muchachos que iban en el tráiler –. Tenemos que eliminarla. Si no, nos puede denunciar.        

–Tranquilo –dijo el pollero mientras se asomaba por el retrovisor –. Está en el mero desierto. Dudo mucho que sobreviva…


[1] Se le conoce así a las personas que se dedican a pasar a otras del otro lado de la frontera, es decir, de México a Estados Unidos.

Deja un comentario