–Jacinto, vente pa’ ‘ca –indicó su padre.

Eran aproximadamente las cinco de la mañana cuando don Artemio y Jacinto –el hijo mayor– se habían levantado para iniciar su jornada de pesca. Artemio tomó la lancha, que desde hacía varios años le había servido como medio de transporte, la echó al agua, tomó su red y le indicó nuevamente a su hijo que subiera.
–‘Apa–respondió Jacinto–esa lancha ya tiene hoyo, no nos vaigamos a hundir.
–¡Cómo crees! Chamaco iluso, esta lancha me ha sido de utilidad durante años. Además, ¿cómo quieres tú que comamos si no salimos a pescar en esto?
Jacinto, con cierto temor, subió a la lancha, tomó el remo que le tocaba y comenzó a impulsarla al mismo tiempo y de forma coordinada con su padre.
–¿Qué te preocupas? –dijo Artemio–cuando yo era joven entrabamos a pescar a veces nomás con apoyo de una tabla de madera, si esta cosa se hunde no pasa nada, nomás nadamos y ya; pero si no entramos a pescar, no comemos hoy.
El sonido relajante que producía el agua con el impulso de los remos hacía que Jacinto se mantuviera un poco más calmado. Era la primera vez que Artemio llevaba a su hijo de pesca. Normalmente solía hacerlo con un primo de su edad, porque debía dejar que su hijo fuera a la escuela, sin embargo, ahora su primo se encontraba indispuesto por una enfermedad y él necesitaba ayuda de alguien.

Por otra parte, Jacinto aprendía muchas cosas en la escuela que le permitía saber que en la vida podía realizar muchas otras cosas más allá de la pesca, algo menos riesgoso y que le dejara más dinero con menos esfuerzo. Sin embargo, además de que era el oficio de su padre y de su abuelo, era lo que les permitía comer y, de alguna forma sentía que era parte de su responsabilidad apoyar a su padre si él lo solicitaba.
–‘Apa–dijo Jacinto –. Al regresar a la casa me voy ir a la escuela, no lo podré ayudar en el mercado a vender lo que pesquemos. Hoy tengo exámenes.
–Anda pues–respondió–apurate nomás a pescar pa’ que no volvamos pronto a casa. Ya yo veo con tu madre y tus hermanas quién se va al mercado.

Artemio no era de las personas que creía en la escuela, él, únicamente había aprendido a leer y a escribir; hacer sumas y restas y alguna que otra cosa básica para la sobrevivencia en la sociedad. Lo demás lo había aprendido por experiencia, la vida se lo había enseñado y él lograba sobrevivir con su mujer y sus tres hijos, siendo Jacinto el mayor de ellos.
–Aguanta acá–dijo Artemio a su hijo–voy a entrar al agua un rato.
–Pero ‘apa, todavía ni se ve el cielo, mejor aguante usted a meterse más al rato, que el Sol salga pa’ que vea bien.
–¡Oh! Chamaco insolente. Desde cuando usted me dice qué puedo y qué no puedo hacer.
Artemio se quitó la delgada y vieja playera y se clavó al agua; Jacinto aventó la red al mar para comenzar a captar peces. Luego sintió en la red un pequeño estironcito.
–¡‘Apa!, están jalando la red–gritó un tanto asustado –. ¡Se mueve la red! –insistió. Dentro del agua se escuchó un ruido.
–Soy yo Jacinto, no te asustes, estoy acomodando la red para que abarque más peces.
Jacinto no tenía mucha claridad de cómo se hacía ese tipo de actividades, pues él, únicamente había escuchado a su padre cuando le contaba cómo le había ido en la pesca, aunque, en muchas ocasiones, no solía poner atención a lo que decía pues prefería estar en el celular jugando con sus amigos de la secundaria. Pues eso sí, Artemio, aunque no tuviera mucho, procuraba darle cosas a sus hijos para que no les hiciera falta lo que él de pequeño.
–¡Jala! –gritó el padre desde el agua –. ¡Sube la red! –repitió la indicación al mismo tiempo que Jacinto jalaba la red esforzándose hacia adelante y moviendo la lancha hacía el frente.
Su padre quiso subir por el otro lado de la lancha, generándole a Jacinto perder el equilibrio y caer al agua.

Éste, en su desesperación de volver a la lancha soltó la red, misma que con velocidad se hundió pues los peces hacían resistencia cuando él intentaba subirla.
–¡¿’on ‘ta la red Jacinto?! –gritó, entre enfurecido y desesperado Artemio –. ¡¿Qué hicistes con la red?!
Al mirar la cara de desesperación de su hijo, Artemio se lanzó al agua, intentando ingresar rápidamente a recuperar su red. Pero en vano fue, ésta, se había hundido a donde él no llegaba.
–¡Chamaco baboso! ¿Por qué soltastes la red?, ¿’hora con qué vamos a pescar?, ¿qué le vas a decir a tu madre que vamos a vender hoy para comer? …