En el tráfico

—¡Apúrense hijos! —gritó Juana con desesperación —. ¡Que se nos va a hacer tarde para llegar a la casa! ¡Su papá ya nos está esperando!

Los niños se echaron por la resbaladilla una vez más y luego corrieron a donde estaba su madre. Luego, ella les abrió la puerta trasera del auto para que se subieran.

—Ay hijos. ¡Ven por qué no me gusta traerlos! Luego no me obedecen. Ya es tarde y su papá ya nos va a estar esperando para cenar —dijo a manera de reclamo. Ambos pequeños, uno de 6 y el otro de 8 se sonrieron entre ellos.

Giró la llave del automóvil para encenderlo. Volvió a girarla. Intentó nuevamente pero éste no daba marcha. Mientras sus dos pequeños en la parte de atrás comenzaban a empujarse entre ellos.

—¡Ay no puede ser! No es posible que esta cosa no encienda —dijo y volvió a intentar darle marcha.

—¡Mamá! —dijo casi con un grito Robertito —. ¡Mamá, dile a Manuel! me está jalando. —Manuel por su parte respeló:

—No mamá. Él empezó.

Su madre estaba comenzando a desesperar; por una parte el auto no encendía y por otra, sus dos niños inquietos estaban en la parte de atrás del auto jugando pesado y, por experiencia sabía, que ese tipo de juegos no terminaba bien.

—¡A ver ya! ¡Los dos! ¡Qué si siguen así, la próxima no los traigo! —dijo molesta la madre intentando darle marcha al carro que, para su buena suerte, esta vez sí arrancó.

Comenzó a manejar y, con el movimiento del carro, más que por las amenazas de su madre, los niños dejaron de darse de jalones. Esta vez en cambio, habían bajado la ventanilla del auto para sentir el viento y ver a las personas que pasaban.

El sonido del claxon de los automóviles que estaban en la avenida por la que manejaba comenzaron a hacerse escuchar y, como si lo intuyera o si la experiencia le estuviera diciendo, el tráfico se estaba comenzando a poner feo. Suspiró y se tomó la frente. Miró su reloj de mano y con la mano izquierda se limpio el ojo. Negó con la cabeza.

—¡Mamá dile a Manuel! Me está molestando —dijo el hermano pequeño.

La madre, desesperada y a punto de llorar volteó la mirada hacia los dos niños. Respiró profundo y, sin decir nada, ambos entendieron que era momento de sentarse en su lugar, en silencio y con quietud.

La madre regresó la mirada hacia el frente, pues ahora era momento de avanzar; el verde del semáforo se había encendido, sin embargo, apenas dieron dos vueltas las llantas del auto, pues la cantidad de carros que había era impresionante y, la avenida, era muy larga.

El cielo comenzaba a tornarse obscuro. Las nubes negras aparecieron. El frescor de la tarde comenzó a hacerse presente.

—¡Ay no! ¡No puede ser! —dijo la madre con cierta angustia —. Nada más falta que comience a llover. Por su parte, los niños, no dijeron nada.

Nuevamente, después de casi cinco minutos de espera y de alrededor de tres verdes en los que se había quedado parada, el turno de avanzar le llegó nuevamente. Así lo hizo, aunque fue poca la distancia que recorrió.

Una llamada entró a su teléfono. Era su esposo.

—Ya voy —dijo de inmediato, sin siquiera esperar a que él comentara algo —. Estamos atorados en el tráfico. Está horrible. —Luego de escuchar levemente lo que su esposo le decía, ella respondió —: Sí. Ya vamos. En cuanto llegue preparo la comida. Espero que no tardemos. —Dobló sus ojos en señal de hastío y continuó manejando a paso de tortuga.

Luego, las gotas comenzaron a caer una a una; primero de forma lenta, luego, la velocidad y la cantidad de las mismas comenzaron a aumentar.

—¡Cierren sus ventanas! —indicó la madre a sus pequeños al mismo tiempo que ella cerraba la suya —. Nada más eso faltaba, que comenzara a llover. Y ni siquiera se veía que así fuera a suceder. Este clima está bien loco —comentó a sus pequeños aunque, en realidad, lo decía más para sí pues, ellos poco comprendían y poco les interesaba.

—Mamá tengo hambre —dijo Robertito. Su madre abrió grandes los ojos. Respiró profundo y dijo:

—Ya vamos a llegar. Espera un poco.

El carro nuevamente avanzó, aunque en la hora y media que llevaba en el auto, realmente no se había podido acercar a la salida y, ahora con la lluvia, el tráfico aumentaba.

Los vidrios comenzaron a empañarse. No los podían bajar porque entraba a torrentes el agua; con un trapo comenzó a limpiarlos aunque, en poco tiempo volvían a empañarse y por otra parte el cristal se ensuciaba.

El claxon de los carros que venían en la parte de atrás se hizo presente. Pues Juana no veía nada y no podía continuar. Luego, sintió un golpe en la parte trasera de su automóvil.

—¡Señora! —se escuchó el grito de un tipo que, a pesar de la lluvia, se bajó para echar pleito —. ¡¿Qué no se fija que está el verde?! —dijo pegándose a la ventana izquierda. Juana y los niños se angustiaron; ella porque tenía miedo que la golpearan y ellos porque no sabían qué estaba sucediendo. Luego, el ruido de los demás autos se hizo presente con el claxon.

Un golpe certero se escuchó en el vidrio de lado izquierdo del carro de Juana, aquel tipo se había desesperado y de esa forma expresó su molestia. Luego, medio observó que se fue a su carro.

Limpió su vidrio delantero y avanzó un poco. Afortunadamente, había llegado a la desviación para poder tomar otra ruta; ahora el tránsito sería más fluido.

La lluvia disminuyó levemente, lo que le permitió abrir sus ventanas para dejar que el aire entrara y los vidrios se desempañaran.

—¡Ya tengo hambre! —dijo Manuel desesperado.

—Sí. Ya tenemos hambre —dijo Robertito insistente.

—Ya. Ya vamos para la casa. Tengan un poco de paciencia —respondió su madre —. Ahorita compro algo rápido para que coman. Pero ya mero llegamos a la casa.

Luego, el teléfono sonó nuevamente. Ella lo tomó, lo colocó entre su hombro y su mejilla derecha y respondió la llamada.

—Sí. Sí. Ya vamos. Es que había mucho tráfico —dijo a su esposo que insistente estaba del otro lado del teléfono —. Sí. Sí. No te preocupes. Preparo algo rápido para que no se haga más tarde.

En ese momento la sirena de una patrulla sonó al mismo tiempo que por un megáfono se escuchaba que le daban la indicación de que detuviera el auto y se orillara. De inmediato colgó la llamada y siguió la indicación.

—Viene hablando por teléfono —dijo el agente —. Quiero ver sus documentos —indicó.

Se tomó la frente desesperada y no dijo nada; no tenía cómo escusarse. Luego, su teléfono sonó nuevamente: era su esposo. No respondió a la llamada. Sacó los papeles de la guantera y se los entregó.

—Su licencia para conducir está vencida. Y no ha pagado los impuestos y las infracciones. Tendré que llevarme el auto.

Juana se soltó a llorar. No es que esperara que con ello el agente se apiadara de ella, aunque, en cierta medida, ya no soportaba la presión.

El teléfono sonó nuevamente. Ella lo dejó.

—Bájense niños —dijo la madre —. Nos vamos en taxi.

El agente vio a la mujer desesperada y a los niños pequeños bajarse y se apiadó.

—Ya tengo hambre mamá —dijo Robertito.

—Señora. La invito a que esto no vuelva a suceder. Tiene que traer sus papeles en regla. Por esta vez le voy a poner la infracción por estar hablando por teléfono. Pero tiene que tener todos sus documentos en regla.

Juana asintió con la cabeza. Subió a sus niños al auto, recibió la infracción de varios miles de pesos, y luego siguió su camino.

Estaba a pocas cuadras de su casa cuando sintió que el auto caminaba con cierta dificultad. Se orilló y lo detuvo, se bajó y observó que la llanta trasera de su lado estaba ponchada. Se soltó a llorar amargamente…

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