—¡Vas a entrar a la tienda de la esquina! —ordenó la voz del otro lado del auricular —. Llegas al pasillo donde están las semillas. En donde están los botes de aceitunas, buscarás 3 que están marcados en la tapa con un color rojizo. Los tomas, los pagas y, cuando estés en un lugar seguro los abres, sacas lo que hay dentro y se lo entregas al jefe. ¿¡Entendido!? —preguntó con seriedad. El joven que estaba en la llamada tragó saliva con lentitud, asintió con la cabeza —¿¡Entendiste lo que tienes que hacer!? —cuestionó nuevamente la gruesa voz del otro lado del teléfono.
—S… sí. S…sí. Lo he comprendido —respondió al mismo tiempo que sus piernas tiritaban levemente.
La llamada se colgó en ese momento.

El joven tomó un respiro profundo y se dirigió a la tienda en la que le había indicado. Tenía poco tiempo de que la habían abierto y, las aceitunas no son de uso frecuente y diario. Así que tenía la esperanza de encontrar el paquete que le habían ordenado.
Entró a la tienda un tanto nervioso aunque intentando parecer seguro de sí.
—Joven buen día —dijo el guardia de la entrada.
—Sí. Buenos días —respondió el otro e intentó pasar. La mano del policía lo detuvo.
—Tiene que dejar la mochila —indicó con una leve sonrisa.
—Ah! Sí. Sí. Es cierto —respondió el joven mostrando una sonrisa un tanto apenada.
Luego de dejar la mochila entró sin mayor problema. Luego se dirigió de inmediato a la sección en la que encontraría el encargo que le había dado el jefe.
En ese momento le llegó un mensaje de texto que decía:
Si no traes el paquete, puedes despedirte de tus amiguitos de la escuela.
Abrió grandes sus ojos. Él no quería cargar con la responsabilidad de que a sus amigos les sucediera algo y, solo por haber estado en el momento y el lugar equivocado.
Vayámonos de la escuela
Esa mañana decidió salir de la secundaria antes de que las clases concluyeran, a iniciativa de uno de sus amigos del salón, consideraron que no era necesario tomar la clase de matemáticas que, además, les parecía aburrida y poco interesante. Así, decidieron acercarse a la entrada y, como observaron que la reja de la barda era corta, Jonathan se brincó la barda para pasar del otro lado. Posteriormente su amigo Efraín hizo lo mismo y, al final, cuando Camilo estaba en la parte más alta de la reja pasó un carro sedán viejo, bajaron dos tipos y treparon al auto a sus dos amigos.
Camilo abrió los ojos grandes y de inmediato entró nuevamente a su secundaria. El sudor recorría todo su cuerpo; la sangre, como fría, se le subió a la cabeza; le hizo agitar la respiración.
Luego, su teléfono sonó:
—¡Camilo! —dijo del otro lado de la auricular —. ¡Camilo! No digas nada a… —La voz de su amigo Efraín se quitó, en cambio, apareció una gruesa voz de un tipo que dijo:
—Harás lo que te indique o tus amigos se mueren.
Haber escuchado eso lo dejó completamente helado. Ahora no solo sus amigos se habían ido de la escuela de manera ilegal, sino que también estaban desaparecidos; raptados por una banda de criminales que ahora lo utilizarían a él como carnada para hacer quién sabe qué cosa.

Se dirigió a su salón sin saber qué hacer. El docente ya no le permitió la entrada, así que se fue a las canchas de basquetbol de la escuela en la que unos chicos de otros grupos que no tenían clases estaban jugando.
Con sus ojos muy abiertos, la respiración lenta y con el pensamiento perdido se quedó mirando el partido hasta que un balonazo lo tumbó sobre la grada en la que estaba sentado.
De inmediato se acercaron algunos de los jóvenes que estaban jugando y luego llamaron a uno de los docentes para que lo auxiliara. Más que el golpe era la preocupación que tenía la que le había generado el malestar.
El toque del timbre que anunciaba la siguiente clase sonó y Camilo decidió que debía ir a terminar la última de sus clases.
Al entrar al salón que le tocaba la maestra tomó lista de asistencia y ni Efraín ni Jonathan respondieron. Los compañeros del salón sabían que siempre eran los tres para todos lados y, además, los habían visto por la mañana en las primeras clases. Así que no faltó la chica que preguntó, delante de todos sus compañeros, ¿en dónde estaban?
Camilo abrió grandes sus ojos y negó levemente con la cabeza.
—¿Dónde está Efraín? —preguntó otra de las compañeras.
—¿Y Jonathan? —preguntó otro.
La maestra se puso de pie para acercarse a ver qué era lo que estaba sucediendo pues, aunque no conocía con exactitud a todos sus estudiantes (por la gran cantidad que eran en la secundaria), sí sabía que los tres estaban siempre juntos y un desastre.
—¿Qué pasó con tus compañeros? —preguntó la maestra.
—No… No sé maestra —respondió con la voz muy delgada Camilo —. Nos vimos hace rato pero creo que se quedaron en las canchas jugando.
—¿Y tú por qué regresaste? —cuestionó otra de las compañeras que no estaba muy segura de que ellos se hubieran quedado afuera.
—Vaya a buscar al prefecto —indicó la maestra a la jefa del grupo.
Los estudiantes dentro del grupo se repartieron para comenzar con las actividades que iban a realizar.
Al poco tiempo comenzó a vibrar nuevamente el teléfono de Camilo, éste se angustió al no saber qué hacer, cómo reaccionar y decidir rápidamente si contestar o no. Levantó su mano para solicitar permiso para ir al baño.
Salió del salón y uno de los prefectos llegó para saber qué estaba sucediendo con los estudiantes.

Mientras tanto, afuera del salón de clases, Camilo buscó un lugar dónde esconderse para responder a la llamada.
—Sí.. Sí le capto.
—Mañana temprano no irás a la escuela —ordenó la voz del otro lado del auricular —. A las 8:00 de la mañana en punto entrarás a la tienda de autoservicio que está frente a la plaza de la colonia donde vives. ¿Me captas? —preguntó la voz.
—Mañana te daré órdenes de lo que tienes que hacer. Más te vale que lo hagas bien si no quieres cargar con la culpa de que les ha pasado…
La llamada se cortó. Camilo deseaba preguntar qué diría en ese momento a su maestra, el prefecto y sus compañeros de clase con respecto a sus amigos. Pero ya no tuvo tiempo.
Para su fortuna o infortunio, el timbre que indicaba el fin de la clase sonó. Esperó a que sus compañeros salieran del aula y se fue de inmediato a tomar sus cosas para irse de la escuela, pues ya era la hora de retirarse.
Esa tarde Camilo estuvo encerrado en su casa. Algunos ratos miraba el teléfono para intentar dar con quiénes eran las personas que se había llevado a sus amigos; en otros momentos intentaba jugar un rato para distraer su mente.
—¿Qué sabes de Efraín y Jonathan? —preguntó la madre de Camilo que sostenía el teléfono inalámbrico de casa.
—Nada. No sé nada. ¿Por…? —respondió de inmediato.
—Los están buscando. Dicen que no llegaron a su casa y algunos compañeros comentan que no estuvieron en la última clase —comentó la madre. Luego respondió en el teléfono que no sabía nada y colgó, se acercó a su hijo y dijo —: ¿en qué están metidos esos muchachos? ¡Te he dicho varias veces que no te lleves con ellos, pero no entiendes! —reclamó la madre.
—No… No sé ma’. No sé de ellos. Creo que se fueron de la escuela —respondió Camilo abriendo grandes sus ojos y con las manos levemente temblorosas.
Su madre sabía qué algo escondía su hijo, de alguna manera lo conocía, sin embargo, no quería seguir indagando para evitar encontrarse con algo desagradable.
—Mañana yo te llevaré a la escuela —indicó su madre —. Ahora es tiempo de dormir.
Muy temprano al siguiente día
—¡Levántate Camilo! Es hora de ir a la escuela.
Camilo, todavía medio adormilado, tomó con su mano el teléfono celular para ver si tenía algún mensaje. En su grupo de WhatsApp de la escuela notó que tenía más de 500 mensajes. No quiso abrirlo.
Se puso de pie, se dio un baño rápido y se cambió el uniforme. Tenía que llegar antes al colegio, esperar a que su madre se fuera y salir para regresar a donde le habían indicado.
Llegaron antes al colegio y su madre ni se percató. Luego de que observó que su madre se retiraba, Camilo se fue por la parte de atrás de la escuela, brincó la barda y se fue corriendo a la tienda en la que había quedado. Recibió la llamada con las indicaciones y entró a la tienda.
En cuanto se paró enfrente de las aceitunas, observó que en la parte superior había unos botes del producto solicitado marcados con etiquetas rojas. Eran botes un poco más grandes de lo normal. Tomó los 3 en existencia y se detuvo a observar que no hubiese más. Como eran los únicos salió hacia la caja para efectuar el pago.
Una cajera, casi de la edad de Camilo, le cobró los tres botes que, al principio no aparecían en el sistema. Sin embargo, para dar el pago le hacía falta un tanto de dinero en efectivo.
—Disculpe… —dijo Camilo —. Es que no traigo más. —La chica sonrió levemente. —
—Si gusta se lo guardo. Solo le falta completar para uno. Aquí se lo aparto y luego vienes por él —comentó mientras sonreía levemente.
—Es que… —titubeó Camilo —. Es que creo que no me lo tengo que llevar, pero… Bueno está bien —respondió un tanto entusiasmado. Ahora tenía dos y al recibir la llamada del tipo que se había llevado a sus amigos le comentaría que no tenía dinero —. Entonces vuelvo en un momento por éste que me falta.
Para empaquetar en las bolsas estaba un viejecito de edad avanzada, de esos que suelen apoyar y a cambio reciben una moneda como apoyo.

El señor tomó el primer frasco y lo metió en una de las bolsas. Luego, estaba agarrando el segundo frasco cuando éste resbaló de sus manos y cayó al suelo rompiéndose por completo en diferentes pedazos.
Unas pequeñas bolsas blancas aparecieron entre las aceitunas. La poca gente que ya estaba en la tienda se quedó mirando a Camilo con cierto desdén. Luego, una persona llamó al guardia de seguridad.
En cuanto llegó éste a la escena observó que dentro del frasco el muchacho estaba transportando droga. De inmediato lo detuvo y dio parte a la policía y, aunque Camilo intentaba excusarse, no le daban atención.
—Pero que es verdad lo que les digo… —comentó Camilo frente a los policías que acababan de llegar —. Se lo puedo demostrar —dijo moviendo sus manos con cierta desesperación —. En un momento más me van a llamar al móvil. —respondió al mismo tiempo que metía su mano derecha en su bolso del mismo lado del pantalón. Luego, metió la mano en el bolso izquierdo y luego en la parte de atrás. Buscó entre la barra de pago de la mercancía. Ya no había nada…