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La llamada de los deseos cumplidos

«Tic, tac. Tic, tac». Se escucha en el fondo de la habitación de Elena el reloj que, en unos minutos más estará a punto de sonar para indicarle que es el momento de dar inicio a su día, y con ello, a las actividades laborales que poco le agradan.

«Ring» «Ring» «Ring». Suena el teléfono celular. Con los párpados casi pegados, se pone de pie y ve en el identificador de llamadas un teléfono desconocido. Decide no responder y darse la media vuelta para recostarse nuevamente. Sin embargo, ahora es el reloj despertador el que la obliga a ponerse de pie.

«Son las 4:00 de la mañana», se dice a sí misma. Luego se reclama por tener que trabajar en una fábrica de calzado en la que, además de que no le pagan lo que desearía, tiene que viajar por casi dos horas de trayecto. Pero sabe que no tiene de otra, que es la vida que le tocó o que, de alguna manera eligió cuando se salió de la casa de su madre sin terminar la preparatoria y dejó las posibilidades de tener un apoyo para estudiar una carrera.

Se mete al baño renegando de su realidad y deseando que fuera diferente; aunque fuera un terremoto que sacudiera la ciudad y le permitiera poder faltar un día; o un accidente en el metro que le evitara llegar y tener justificación para su ausencia. Pero no. La realidad es que ninguna de esas dos cosas es probable y, aunque lo fuera, no desea el mal para otras personas.

Abre la regadera y siente caer el agua fría; misma a la que se ha acostumbrado pues, desde hace meses que el calentador no sirve y el dinero que gana no le alcanza para componerlo. Entra y soporta las gotas le calan el cuerpo.

No tarda mucho rato en bañarse pues, además del agua que escasea en el edificio en el que vive, el intenso frío le hace desear salirse rápido.

Luego de terminar la ducha vuelve a mirar su teléfono, un poco por saber la hora y calcular el tiempo que le falta para poder recostarse nuevamente en la cama o para presionarse con la idea de que debe salir lo más rápido posible de su casa.

Nuevamente la llamada de un número desconocido aparece en el identificador.

Se apura para salir, no sin antes beber un té negro para despertar. Va de camino a esperar el camión con la luz del amanecer cuando nuevamente entra una llamada a su teléfono. Esta vez, por accidente, casualidad o causalidad, responde a la llamada.

—¿Sí? Diga —responde. Del otro lado del auricular se hace un silencio —. ¿Quién llama? Dígame o cuelgo —amenaza y, cuando está apunto de terminar la llamada, como si alguien la estuviera mirando, se escucha:

—¡No cuelgues!

¿Quién eres? ¿Por qué me llamas? ¿Qué quieres? —pregunta inquieta.

—Mira hacia arriba —indica la voz del otro lado de la línea. Elena hace lo que le dicen.

—No veo nada. ¿Quién ere? —vuelve a preguntar y, cuando amenaza con colgar el teléfono la voz nuevamente interrumpe.

—Es posible que no estés mirando en la dirección correcta. Mira hacia arriba. Observa.

Elena comienza a sentir cierto temor. Muchos pensamientos le vienen a la cabeza. Desde la posibilidad de que un secuestrador la esté esperando, hasta el hecho de que en alguno de los edificios aparezca una persona con una pistola y le dispare.

Mira hacía arriba, pero no ve nada. Voltea en diferentes direcciones intentando buscar una figura humana, pero no hay nada.

—¿Qui… Quién eres? —vuelve a preguntar. Esta vez,su respiración se escucha lenta.

—Tranquila. Tranquila —le indica la voz del otro lado del teléfono —. No te voy a hacer daño. Al contrario, estoy aquí para ayudarte.

—¿Para ayudarme a qué? —cuestiona, no con voz de enojo, aunque tampoco con total tranquilidad.

—¿Qué prefieres? —pregunta la voz del otro lado de la línea —. ¿Un fuerte terremoto que destruya la fábrica en la que trabajas? ¿O que el metro se caiga?

Elena traga saliva y niega con la cabeza.

—No. No. Nada de eso —responde de inmediato y comienza a caminar rápidamente mirando en todas direcciones.

—Pero… Sí tú estabas deseando algunas de las dos —le dice la voz del otro lado de la línea. —Hoy te voy a cumplir tu deseo pero… Si no eliges tú, tendré que hacerlo yo aunque, es probable que entonces tu vida esté en riesgo, pues ni tú sabrás qué va a suceder.

Elena comienza a sudar, a pesar del frío que hace. Luego cuelga la llamada.

No puede creer que alguien le estuviera hablando para preguntarle eso. Ella solo lo había pensando y, aunque lo hubiera dicho en voz alta, ella vivía sola desde hacía año y medio que había terminado con su pareja.

Esta vez es su mejor amiga del trabajo.

—Hola Elena. ¿Cómo estás? Me desperté pensando en ti y mejor quise llamarte para cerciorarme que estabas bien. —Elena se queda pensando. Su amiga pocas veces le llama, especialmente por las mañanas, pues tenía que atender a dos hijos y un esposo.

—Pues… Estoy bien —responde —, voy para el trabajo.

—Ah bueno. Está bien amiguita —dice la voz del otro lado del teléfono —. Te veo al rato entonces. Vete con cuidado. —Elenta asiente con la cabeza. Luego recuerda que está en medio de una llamada y dice sí.

Cuelga el teléfono y, a los pocos segundos éste vuelve a sonar. Otra vez un número desconocido. Decide no responder para no dar pie a que el bromista siguiera con sus cosas. Sin embargo, el celular sigue sonando. Entonces se siente obligada a responder.

—¿Qué quieres? —pregunta molesta —. Deja de estar llamando o te voy a denunciar.

—¡Oh! —expresa la voz del otro lado del auricular —. Tranquila, tranquila. Solo quiero complacerte. ¿Has pensado lo que deseas que suceda? Por que el tiempo se está terminando.

Elena cuelga el teléfono, sin embargo, la voz del otro lado de la línea se sigue escuchando. Intenta apagarlo pero, como si en ese momento no fuera posible, el teléfono sigue en la llamada.

—Vamos Elena, que tienes que decidirte —dice la voz del otro lado de la línea —. Estás apunto de llegar al metro y, no quiero pensar que decidirás que te suceda algo estando dentro.

Elena se detiene por un momento. Mira hacia todas partes, especialmente a la parte superior, pues, en la primer llamada se le había indicado que así lo hiciera. Desea ver si hay alguien que le esté siguiendo. Pero no hay nada.

—Elena, Elena. ¿Qué prefieres? La fábrica o el metro. Anda, decídete. Eso querías en la mañana. Ahora se te está concediendo. ¿Qué prefieres? Tus compañeros de trabajo o gente que desconoces.

—¡Decide tú! —responde molesta y, al mismo tiempo angustiada. Tira el teléfono en un bote de basura. Luego comienza a correr para alejarse.

Luego de dos cuadras y media de caminar, se detiene a pensar si solo es una mala y pesada broma de alguno de sus compañeros de trabajo y, ahora, se ha deshecho de su teléfono que tanto trabajo le había costado conseguir.

Regresa sin pensarlo al bote de basura con la esperanza de encontrarlo ahí. Está casi llegando y una niña, de aproximadamente nueve años de edad, se acerca y le da un teléfono, inclusive, mejor que el que ella tenía:

—Te llaman —dice la pequeña extendiendo la mano. Elena toma el teléfono y nuevamente escucha la voz de aquel hombre que la había llamado anteriormente.

—Ahora te lo pongo así. Decides por alguna de las opciones, o pasaran ambas y, no tienes mucho tiempo para hacerlo —comenta la voz amenazante.

—¡El metro! —responde sin pensarlo mucho.

—Muy bien. Muy bien —dice la voz del otro lado de la línea —. Prefieres que sean desconocidos los que sufran y no los que están cercanos a ti. Ja, ja. —Elena abre grandes sus ojos.

—No —responde Elena al mismo tiempo que niega con la cabeza. Aunque en el fondo sabe que en gran parte es cierto —. Solo quiero que te calles —dice ya molesta.

—¡Uy! Si que te pones agresiva y, no entiendo porqué, si ¿era eso lo que deseabas no? Se te concederá —dice la voz del tipo y luego el teléfono se cuelga.

Elena mira el teléfono que tiene en sus manos y piensa en tirarlo también. Luego, se le ocurre que puede ir con la policía y comentarle de la llamada y, ademas, dar el teléfono que le entregaron para llamarla.

Se acerca con un policía que ve cerca y le comenta lo sucedido, sin embargo, éste se sonríe levemente mostrando cierta incredulidad. Luego le indica que vaya a la fiscalía.

—Es que… ¡No hay tiempo! —responde Elena casi con un grito. El policía la mira molesto —. Disculpe, disculpe es que… solo estoy un poco asustada —comenta Elena y se da la media vuelta dejándole el teléfono al agente.

No sabe qué hacer. Se detiene a esperar que el metro llegue. Mira a las personas que se subirán: ancianas, jóvenes, mujeres y adultos, niños y niñas y, el corazón se le hace pequeño al pensar en que esa gente pueda pasar por un mal momento, inclusive, por la muerte.

La puerta del metro se abre y las personas se deciden a subir. Ella sabe lo que puede pasar, ahora, solo tienes dos opciones: decirle a la gente que se baje porque corre riesgo y pasar por una loca si no sucede, o ser la principal sospechosa de un acto delictivo.

Las personas comienzan a subirse y ella los mira. Luego, una sensación de culpa le viene a la mente y al corazón.

La puerta está apunto de cerrar cuando decide subirse. Si pasará algo, está dispuesta a que ella tenga que pagar las consecuencias de la decisión que había tomado.

Jamás se había arrepentido de haber deseado algo. Especialmente cuando, en realidad, no lo había hecho con una intención más que de fantasear con la posibilidad de que eso le ayudara a salir de su realidad de tener que trabajar.

Llega a su lugar de destino y no sucede nada con el metro. Sale del vagón junto con más personas y, luego se da la media vuelta esperando que no suceda nada o que, ahora que ha bajado llegue a pasar.

Mira la hora en el reloj de un negocio que está enfrente de ella. Casi son las nueve y tiene que caminar algunas cuadras. No le queda mucho tiempo, así que comienza a caminar rápidamente.

Está caminando a prisa cuando suena un teléfono público. Se le hace raro, pero, en el poco transcurso del día, todo había sido raro.

Se acerca y contesta con el presentimiento de que es la misma voz.

—¿Sí?

—Hola Elena. ¿Por qué te subiste al metro? Se trataba de que no te vieras perjudicada tú. El deseo era para ti. Lo echaste a perder —reclama la voz del otro lado del teléfono —. Está bien. Está bien…

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