Refugiados en Granaditas

—¡Apúrate! —gritó mi madre desesperada —. ¡Apúrate que ya vienen esos desgraciados! —se asomó gritando en la parte inferior de las escaleras; su rostro mostraba pánico.

Sin decir mucho bajé de las escaleras de inmediato. Quería tomar una de las muñecas de trapo que Nana Juanita había tejido para mí, sin embargo, cuando vi que mi madre subía a toda prisa, me di cuenta que ya no me daría tiempo.

Salimos corriendo de casa rumbo a la Alhóndiga de Granaditas. Mi madre me tomaba de la mano mientras Nana Juanita, la criada de la casa, venía cargando a mi hermano de tres años y en la otra mano a mi hermana de cinco.

En las calles se respiraba angustia; los rostros de las mujeres, niños y algunos ancianos abrían grandes sus ojos; alguna que otra lágrima se dejaba entre ver; y todos corrían desesperados intentando llevar algunas de sus cosas de valor con ellos.  Todos corríamos con desesperación hacia el viejo granero en donde el Intendente Riaño nos había indicado que podíamos refugiarnos.

Dos de nuestros criados llevaban cargando uno de los baúles con los tesoros de la familia que deseábamos rescatar, al final, se había corrido la noticia de que, en cuanto las turbulentas tropas de Hidalgo entraran a las casas, no solo saquearían todo lo que vieran o interpretaran como valioso, sino que matarían a cualquiera que encontraran a su paso y no fuera nativo de Nueva España.

Entrada a la Alhóndiga

—¡Ya vamos a cerrar! —gritó uno de los soldados realistas que estaban a unos cuantos pasos de la entrada de la Alhóndiga de Granaditas —. ¡Apúrense a entrar! ¡Qué ya no podemos esperar más tiempo!

Entonces vi que la puerta se estaba cerrando lentamente.

—Mamá! ¡Madre! ¡Madre! —grité con desesperación ya estando dentro de la puerta cuando vi que nana Juanita tuvo que regresar por mi hermanita de cinco años que se le había soltado de la mano por no poder correr al ritmo. Mi madre volteó con cara de horror.

—¡No! ¡No cierren! ¡Esperen por favor! —gritó mi madre desesperada y yo salí corriendo.

Regresé por mi hermana y nana Juana que tenía a mi otro hermano en brazos. Tomé a la pequeña conmigo y comencé a correr de regreso a la enorme y pesada puerta de madera que ya estaba resguardando al resto de las personas. A lo lejos se escuchaba el tumulto de personas que venían gritando ¡Libertad! ¡Libertad!

Toqué rápidamente a la puerta de la Alhóndiga para que me abrieran. En el fondo se escuchaba mi madre pidiendo que no cerraran. Sin embargo, los soldados no paraban de cerrar y nosotras no cabíamos en la pequeña rendija que habían dejado.

—¡Lo siento señora! —dijo uno de los guardias —, no podemos reabrir, aún hay más gente que viene de camino y no la podemos dejar entrar porque perderíamos tiempo; los guerrilleros están a punto de entrar.

Volteé y era verdad. Aún había personas de la ciudad que estaban llegando; algunos ya habían dejado sus cosas en el camino porque los estaba retrasando; otras, aún traían consigo pesadas cargas que no les permitían avanzar.

Como pude metí mi mano en la pequeña apertura para evitar que cerraran. Era perder la mano o la vida.

Cuando vi, lentamente se abrió la pesada puerta con el gran esfuerzo de algunos de los soldados que la estaban cerrando. El capitán estaba molesto y me miró con ojos de desprecio, pero no me importó.

Todavía después de nosotras entraron unas dos personas más; otras quince o veinte se quedaron en el camino. Aún pude escuchar que tocaban a la puerta para pedir que les abrieran.

La entrada de los rebeldes

—¡Ahora resguárdense donde puedan! —dijo el capitán. Luego unos cuantos soldados se quedaron en la parte baja y algunos más, la mayoría de ellos, subieron a la planta alta, a la orilla del granero para poder ver a los rebeldes que se acercaban.

Los toques de desesperación se escuchaban en la parte de afuera.

¡Ya váyanse! ¡Busquen otro lugar para resguardarse! ¡Los de Hidalgo están a punto de llegar! ¡Ya no les podemos abrir! —dijo uno de los guardias que estaban cerca de la puerta.

Miré a nana Juanita. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Qué pasó Nana Juanita? —pregunté con cierto asombro y duda.

—Se quedó mi hermana —comentó ella sollozando —. Ya no alcanzó a entrar.

La abracé. La abracé fuerte y con ganas de poder hacer algo por ella de la misma manera que ella todos los días hacía algo por mí cuando me despertaba, me contaba historias de sus ancestros o me acariciaba para dormir.

—¡Súbanse! ¡Busquen un lugar para esconderse por si estos insurrectos logran entrar! No somos muchos soldados como para defender el lugar.

Tomé de la mano a mi nana y busqué a mi madre que estaba en la planta alta. Rápidamente nos metimos a uno de los cuartos que estaba disponible para poder entrar y, junto con las demás mujeres, niños y personas grandes, nos acurrucamos para hacernos menos.

El tumulto de personas se escuchó. Ya habían llegado.

En el cuarto en el que estábamos escondidas se oían, llantos y personas, intentando calmarlos. Luego, los primeros disparos se comenzaron a escuchar. Siempre fui curiosa.

Me levanté lentamente y, aunque mi madre intentó tomarme la mano para que no avanzara, yo me escabullí y salí para observar qué sucedía.

Un par de guardias que cuidaban en la planta alta había caído muertos. Luego, el olor y color del humo se hicieron presentes en el aire. Al poco rato pude ver que las puertas de madera se estaban quemando.

Comencé a respirar con rapidez. Mi pectoral se agitó y volteé a mirar el cuarto en donde estaba escondida mi familia, sin embargo, ¿qué podía hacer una niña de once años en esa situación?

De inmediato entré al cuarto a avisarle a todos lo que estaba sucediendo afuera. Luego, se escuchó mucho más de cerca el tumulto, los gritos de horror y el canto de “libertad” por parte de los que estaban con el cura Hidalgo.

Fusiles comenzaron a tronar; las ventanas comenzaron a romperse; el llanto de los que se resguardaban se escuchaba con desesperación y… en ese momento vi la figura de un hombre; luego dos; luego tres y, cuando nos dimos cuenta, al grito de “mueran gachupines”, las balas, machetes y palazos atravesaban a las personas que estaban en mi cuarto.

Comencé a sudar frío. Abracé a nana Juanita con fuerza, inclusive, con más fuerza de lo que lo hacía cuando tenía una pesadilla y ella llegaba a mi rescate.

—¡Mmmm! —oí el quejido de mi nana. Luego, líquido espeso comenzó a bajar por su cuerpo hasta tocar el mío —. Te … —alcancé a escuchar que decía. La abracé más fuerte y… no quise mirar nada más. El olor a muerte y dolor estaba en el cuarto.

Me hice la muerta, o me morí ese día pues, después de lo  vivido en la Alhóndiga, nada fue igual; ni para el cura Hidalgo, ni para mí.  

Deja un comentario