El piano de la abuela

—Disculpe, ¿qué precio tiene este cuadernillo de partituras? —preguntó Noelle al viejo tendero.

—Permítame revisarlo —indicó el viejo al mismo tiempo que tomaba sus anteojos viejo y los colocaba en su rostro —. ¿Qué es esto? —preguntó inquietante —, no lo había visto por acá. Aunque, como sabrá —dijo sonriendo— esta tienda es de vejestorios y antigüedades, incluyendo al viejo Rafael —comentó nuevamente mostrando un sonrisa al mismo tiempo que revisaba entre sus manos un cuaderno de piel maltratada.

Noella sonrió. Miró al rededor de la tienda todo lo que había. Era una tienda de cosas usadas, antiguas y que, algunas personas consideraban que podían ser basura aunque, para muchas otras, eran de gran valor; especialmente aquellas que por añoranza les traían recuerdos. Para ella, tocar el piano que su abuela le había dejado era una maravilla y, tener entre sus manos un viejo cuaderno de partituras le parecía increíble.

—Pues mira —dijo el viejo Rafael —, este cuaderno no lo había visto antes, entonces, no le he podido poner un precio. ¿Te parece justo darme $200 pesos? —preguntó inquietante —. Bueno, dame solo $150 pesos.

Noella sacó un billete de $200 que le había dado su abuelo para que compara chucherías y, con una sonrisa en los labios se lo entregó al tendero. Cuando éste estaba por buscar el cambio, ella indicó que no era necesario y feliz tomó el viejo cuaderno.

—¡Mira abuelo! —dijo contenta la joven Noella —. He comprado un cuaderno de partituras para tocar el piano que dejó la abuela.

Su abuelo, el viejo Teodoro sonrió con nostalgia. La navidad pasada su esposa, ahora fallecida, había tocado el piano para ellos después de la cena. Nunca fue profesional, pero lo hacía como si lo fuera. Desde que partió del mundo casi un mes después, ese piano se había quedado sin uso, hasta que la nieta más pequeña, que ahora era una joven bachiller, lo había aprendido en clases.

—Me alegro Noellita —respondió el abuelo al mismo tiempo que le daba un abrazo y tomaba el viejo libro para hojearlo —. ¡Oye! Esto se ve muy interesante —comentó el viejecillo. Su nieta sonrió y le dio un beso en la mejilla —. Mira, esta partitura parece de música navideña: «melodía de los espíritus perdidos». Suena interesante ¿no?

—Sí abuelo. La voy a intentar preparar para hoy en la noche porque se ve un tanto compleja en las notas.

—Está bien Noellita. Será muy grato volver a escuchar el piano de tu abuela y, aunque no esté ella, el sonido de la música nos la traerá de vuelta por unos momentos.

Noelle subió a su habitación. Aunque la cena navideña era muy familiar y únicamente incluía a sus padres, su abuelo, un tío con su esposa y sus dos hijos, para ellos la fiesta era algo muy especial y siempre se ponían sus mejores trajes.

Estaba terminando de colocarse el arete derecho cuando escuchó en su buró el teléfono móvil se caía. De inmediato volteó. Una melodía de Mozart comenzó a sonar.

Lentamente caminó en dirección a donde se encontraba su móvil. Lo levantó observó que tenía una llamada perdida. «Qué raro», pensó. «El sonido que le puse a mi teléfono no era ese».

—¿Alguien tomó el teléfono de la abuela para llamarme? —preguntó inquieta en voz alta, casi a manera de grito, a su madre y abuelo, que eran los que estaban en casa.

No escuchó respuesta alguna. Así que dejó el teléfono sobre su cama y salió de su habitación para buscar a alguien que le diera respuesta. En cuanto vio a su abuelo sentado en la sala, con la cabeza agachada y el teléfono en sus manos se acercó a él.

—¿Estas bien abuelo? —preguntó con la voz entre cortada. Al final de cuentas, en casa, todos extrañaban a la abuela.

—Sí hija. Todo bien, es que… —comentó suspirando —, hay días en que la extraño más que otros. —Sonrió y le dio un abrazo a su nieta.

—¿Es el teléfono de la abuela? —preguntó Noelle con una sonrisa.

—Ah no. No. Éste móvil es el mío. Me lo ha regalado tu padre por la navidad —comentó mostrando una ligera sonrisa en los labios.

Noelle se quedó pensativa.

—¿Quién tiene el teléfono de la abuela? —preguntó inquieta.

—Uy hija. Ese teléfono se guardó entre las cosas de la abuela de las que aún no estamos listos para dejar. Debe estar en el cuarto de trebejos —comentó el abuelo —. ¿Por qué la pregunta? ¿Te interesa usarlo? —preguntó el abuelo con una sonrisa en los labios.

—Ah no. No gracias abuelo. Es solo que… —dijo titubeando —. No es nada abuelo. Subiré a terminar de arreglarme —comentó y se puso de pie para dirigirse a su cuarto.

De inmediato desbloqueó el teléfono para ver de quién se trataba. Eran otras dos llamadas perdidas y en el registro de la llamada decía «abuela».

Comenzaba a preocuparle que alguien le estuviera gastando una broma. Sin embargo, recordó las palabras de su abuelo con respecto al teléfono guardado.

Regresó la llamada al mismo número, era probable que si alguien tenía el teléfono de la abuela le pudiera responder. El teléfono sonó 3 veces y luego respondieron. Una melodía se escuchaba del otro lado de la línea.

—¿Sí? Bueno. ¿Quién está ahí? —preguntó inquieta —. ¡Quién quiera qué seas tu broma no me gusta! —respondió con el corazón latiendole con velocidad. Luego colgó.

Respiró profundo. La melodía se escuchaba cerca; como si la estuvieran reproduciendo directamente para ella desde el otro lado del auricular; como si fuera una voz la que la tarareara para ella.

Luego, nuevamente regresaron la llamada. Era el mismo número.

Noelle decidió tomar el teléfono y bajar de inmediato a donde estaba su abuelo. Mostró el teléfono y dijo:

—¡Mira abuelo! ¡Me están llamando del número de la abuela! —Su abuelo se quedó incrédulo.

—No puede ser. Ese teléfono está guardado —respondió frunciendo el ceño —. Contesta a ver quién es.

Noelle hizo lo que le había comentado el abuelo y la misma música comenzó a sonar; un viento frío sopló dentro de la casa; el jarrón favorito de la abuela cayó al suelo y se rompió; las luces de la sala parpadearon. Noelle colgó el teléfono.

—Esto está raro Noellita —comentó el abuelo.

A los minutos llegaron las visitas que estaban esperando, incluyendo al padre de Noelle que venía de hacer algunas compras.

—¿Les comentamos abuelo? —preguntó la nieta. Pero su abuelo negó con la cabeza.

Los familiares pasaron a saludar, luego fueron tomando asiento en la sala para acompañar al abuelo. El padre de Noelle comenzó a atender a los invitados con una copa de licor al gusto y, como solían hacerlo por costumbre, antes de pasar a la mesa a compartir la cena, platicaban un rato. En ese momento, la plática se dio en torno al recuerdo de la abuela, que era la primera vez que no compartía la mesa con ellos una navidad.

—Noelle —comentó la tía de la muchacha —, tú eres la única de la familia que sabe tocar el piano de la abuela. ¿Por qué no nos regalas una pieza musical?

Noelle se encogió de hombros y sonrió levemente, al mismo tiempo que la mayoría de los familiares asentía con la cabeza para pedir que tocara el piano de la abuela.

—Bueno… Es que no he practicado mucho.

—No importa hija, como te salga. Lo importante es hacer presente a la abuelita que cada año nos deleitaba con un par de melodías.

Noelle asintió con la cabeza. Se dirigió al piano de la abuela, lo abrió lentamente y con cuidado, movió la banca para acomodarla y sentarse y, cuando se dio cuenta, el libro de acordes que había comprado por la mañana estaba sobre el piano. Lo había dejado encima pero, lo raro no era eso sino la hoja de partituras en la que se encontraba.

Sonrió levemente. Inspeccionó de manera rápida las notas y, al ver que no era muy complicada de tocar, la colocó en el atril para presentarla.

Noelle encuentra en en un lugar de ventas de trebejos un libro de cuero que contiene varias partituras, lo compra y emocionada lo lleva a casa para compartir con su abuelo y el resto de su familia pues, esta será la primer noche buena que no estará su abuela presente y era ella quien tocaba el piano. Ahora, con un nuevo libro de partituras, Noelle compartirá con la familia para recordar a su abuela.

—Bueno… —Suspiró profundo y sonrió —. Esta melodía no la conozco. La voy a tocar por primera vez porque este libro de acordes lo he comprado en la mañana. Me gustó porque se ve antiguo —dijo con cierto grado de nerviosismo —. Espero que les guste y que me salga bien —comentó sonriendo.

Comenzó a seguir las notas del cuadernillo de partituras y, al poco rato, pudo percatarse que estaba reproduciendo la misma melodía que la llamada telefónica…

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