Atrapado en el pasado

Me desperté temprano. O eso creí. La luz de sol apenas estaba saliendo. Fue lo que vi a través de las cortinillas. El dolor de cabeza se hizo presente y la sequedad en mi boca me recordaba la posible fiesta del día anterior. Bostecé de nuevo y luego me recosté.

—¡Abel! —Escuché que alguien me llamaba —. ¡Abel! ¡Abel ya despierta! Es hora.

—¿Hora de qué? —pregunté con los labios casi cerrados y una voz muy baja. Luego recordé que tenía tiempo viviendo solo.

Me levanté de golpe y abrí grandes mis ojos. Comencé a buscar hacia todos lados de dónde había venido la voz o si solo era un sueño.

—¡Abel! —Se escuchó nuevamente una voz y, estaba totalmente seguro de que no era una voz dentro de mí, sino del exterior —. Abel, ¡ya vámonos que se nos hace tarde para ir a la fiesta de tu prima!

Me puse de pie para buscar la voz. La sed y el intenso dolor de cabeza se hizo presente nuevamente. Aún así, necesitaba levantarme de la cama y saber de quién o qué se trataba.

Me acerqué a la ventana y abrí las cortinas; el sol se estaba poniendo, la hora de descansar había llegado y yo sentía que apenas estaba amaneciendo. Intenté recordar lo que había hecho la noche anterior y, pues sí, efectivamente algunas copas de más me había bebido pero…, no era para tanto.

Me asomé por la ventana. Algo era distinto; no era la misma calle ni estaban las mismas cosas que solían estar en el exterior de mi departamento.

Me metí un pellizco para asegurarme que no estaba durmiendo; me dolió. Luego me asomé por la ventana nuevamente y… era el mismo lugar. Me puse una buena bofetada; me dolió más. Pero al asomarme por la ventana el lugar seguía siendo el mismo.

—¡Si no bajas en este momento te quedas Abel! —dijo con furia la voz de la mujer que estaba regañándome.

Entonces, por el miedo de que se acercara a abrir mi cuarto me asomé lentamente. Un niño, casi adolescente bajó corriendo gritándole a su madre que ya iba.

Me volví a pellizcar para asegurarme que no era un sueño.

—¡Es que siempre es lo mismo contigo!, ¡todo el tiempo tenemos que llegar tarde por tu culpa!, ¡sí sabes que nada más somos nosotros dos, ¿por qué me haces quedar mal a mí?!

La voz, y especialmente los reclamos, se parecían mucho a los que mi madre me hacía cuando teníamos que ir a la fiesta de algún familiar con el que no me agradara estar.

Escuché que la puerta se cerró de manera abrupta.

Entonces abrí la puerta del cuarto en el que estaba para salir lentamente de éste y averiguar en dónde estaba.

Noté que la casa en la que estaba se parecía mucho a la que yo tenía cuando era más pequeño, en la que viví con mi madre cuando mi padre nos dejó y nos tuvimos que mudar a algo más sencillo para poder sobrevivir.

Lentamente abrí el cuarto que estaba enfrente de mí. Era el de mi madre. Bueno, en realidad era el de la madre del niño llamado como yo que acababa de salir con ella pero que, por el parecido de la forma en la que estaban acomodados los muebles, me recordó al que utilizaba mi madre cuando vivíamos juntos.

Entré despacio. La cama estaba tendida, tal como ella lo hacía, con todas las almohadas debajo de la colcha, aunque ésta era de otro color, igual que las cortinas que no se parecían a las mías de cuando era más pequeño.

Una mesa de madera que servía para colocar algunos trebejos pequeños, recuerdos o libros que, seguramente pocas veces leía.

El olor a mi infancia apareció de repente; una varita de incienso hecha polvo y un porta inciensos de madera ya desgastado estaba sobre la mesita.

Busqué alguna fotografía cerca para verificar si era mi madre, y yo me encontraba en una realidad alterna. Pero no había ninguna. Entonces recordé que a mi madre no le gustaban las fotografías porque le traían recuerdos y, aunque muchos eran buenos, otros no lo eran tanto y eso le lastimaba. En su cuarto no ponían ninguna para evitar dormir con un mal pensamiento pasado.

No entendía mucho de la realidad en la que estaba. Así, decidí salir al otro cuarto al que, supuse, era el mío de cuando yo era más pequeño. Si es que realmente estaba en esa otra realidad.

Pero… ¿de dónde había salido yo entonces? ¡Si no era mi cuarto en el que estaba…! Entonces recordé que mi madre, a pesar de que no teníamos muchas posibilidades económicas, solía tener una cama extra para cuando sus hermanas del pueblo llegaran de visita.

Intenté abrir el cuarto del que Abel había salido, sin embargo, recuerdo que cuando llegué a la adolescencia yo llevaba mis llaves de mi habitación en el bolsillo. Mi nueva necesidad de privacidad y sentimiento de adultez me movían para que tuviera mi cuarto a manera de casa propia dentro de la casa.

No intenté abrirlo de nuevo. Seguro sería inútil hacer algo. Entonces decidí bajar las escaleras para llegar a la parte baja de la casa.

La sala era parecida pero distinta. Viejos muebles, sí, pero una televisión de 40 pulgadas, un estéreo moderno, varios libros. En el centro del comedor, una fotografía.

Me acerqué. Antes de distinguir las caras, vibró mi celular.

Era Valerio.

—¿Qué onda, güey? ¿Dónde andas? Te andamos buscando desde temprano. Tu mamá está bien angustiada.

—¿Mi mamá? —pregunté confundido—. ¿Qué día es hoy?

—¿Qué día es…? No manches, Abel. Ayer estuvimos juntos. Íbamos pasando por una calle y dijiste que esa era tu casa. Casi nos pegas a mí y al Alejandro. Te bajaste y una señora salió gritando por su hijo. Luego… entraste.

—¿Entré?

—Sí. Entraste como si nada. La señora se nos quedó viendo con cara de loca. Luego nos gritó que nos iba a echar a la policía. No supimos qué hacer. Nos fuimos.

Bajé el teléfono. Miré otra vez la foto sobre el comedor.

Era yo. De niño. Abrazando a mamá.

Pero no recordaba haberme tomado esa foto…

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