La chica de la fotografía

No era el mejor día de mi vida. Acababa de terminar mi relación laboral con la empresa con la que colaboré desde hacía 8 años y en la que comencé mi vida de trabajador. Ni siquiera me sentía merecedor a ser despedido. Pero dijeron que mi área había dejado de ser necesaria porque ahora la tecnología lo haría por mí y además no había presupuesto.

Tuve que comenzar a buscar otra cosa para vivir.

Pasé a un bar; uno de esos elegantes en el que vi que solicitaban mesero. La paga no era mucha, pero tenía la esperanza de que al ser un restaurante de alcurnia los clientes dieran una buena propina.

Como parte del diseño del lugar había una serie de fotografías en una de las paredes. Todas ella, de alguna manera, mostraban parte de la vida cotidiana del país, especialmente de la ciudad en la que estaba ubicado el negocio.

Me detuve a mirar una en particular. Era a blanco y negro. El rostro de una muchacha, de aproximadamente 25 años de edad. Llevaba puesto un vestido de la época de los 70’s. Sus cabellos eran largos, su nariz respingada, ojos grandes y una sonrisa muy bella.

Me parecía conocida.

Entré a la cocina pues me llamaban y, para ser el primer día de labores, lo mínimo que podía hacer era quedar bien para demostrar que mi trabajo les gustaría.

Salí tarde. O muy temprano. Era la una quince de la mañana cuando terminé el trabajo. No estaba acostumbrado a ese tipo de vida, sin embargo, tampoco tenía muchas más opciones.

Crucé el parque y me dirigí a una de las paradas de camión para tomar un taxi, me senté a esperar a que pasara uno. Luego, una chica muy hermosa, vestida con minifalda, cabellos largos, labios pintados de rojo intenso y una sonrisa muy bonita se acercó y se sentó.

—¡Qué tal! —saludó. Me extrañé. No era muy común que una chica tan linda estuviera hablando con desconocidos; especialmente con un desconocido tan poco popular y, sobre todo porque podría estar expuesta a que algún tipo se quisiera propasar con ella.

—Yo muy bien. Algo cansado y con frío. Pero bien —indiqué y sonreí.

—¿Trabajas en ese bar? —preguntó.

—Sí —respondí de inmediato —, acabo de comenzar hoy. —Luego me quedé pensando cómo es que ella lo sabía —. ¿Eres de por aquí? ¿O cómo supiste? —Comencé a pensar que me espiaba o algo parecido.

—Ja, ja —se rio. —Vivo cerca de aquí —comentó.

No entendí muy bien el motivo por el que ella sabía; si era casualidad o si estaba pendiente de quién o quiénes salían de ahí.

El bar en donde había comenzado a trabajar estaba justo enfrente de un parque, así que, las posibilidades de que ella viviera cerca no eran tan reales; era una zona de restaurantes y negocios de diferentes tipos.

—Ah bien —me limité a decir sin más intención que la de ser cortés. No quería tener ningún tipo de problema.

Observé a lo lejos que venía un taxi así que, de inmediato le hice la parada intentando ganarle a la chica que estaba a un lado mío y que, probablemente estaba en espera de lo mismo. Sé que se podía ver poco caballeroso, sin embargo, yo había llegado primero y realmente me daba más temor que fuera a ser presa de una mala interpretación de la sociedad por estar hablando con una chica que, sabía que yo trabaja ahí, pero de la que yo no tenía idea de quién podía ser.

—Hasta pronto —dijo ella y con la palma de la mano se despidió de mí con una sonrisa.

Yo ya estaba dentro del taxi, así que le dije adiós esperando no tener que volver a encontrarla.

Llegué temprano. O más bien tarde. No estaba acostumbrado a esa vida de tener que desvelarme y luego iniciar el día tan de mañana. Llegué casi a la una de la tarde, aunque mi entrada era a las once.

El dueño no me dijo nada, aunque yo tampoco di muchos motivos. Simplemente entré directo al patio trasero de la cocina para dejar mis cosas y ponerme el uniforme. Luego ayudé en lo poco que quedaba por hacer dentro del restaurante y salí a ayudar en el área de comedor, que era donde me tocaba trabajar.

Estaba limpiando la mesa cuando, no sé porqué, me llamó la atención una de las fotografías que estaban en la pared. Me quedé mirando fijamente el retrato.

—¡Joven! Lo contratamos para que ayudara a meserear, no para que viera el decorado del restaurante —dijo la señora que ayudaba al dueño —. Además llegó tarde hoy. Mínimo trabaje bien. —Abrí mis ojos grandes. No quería ser despedido al siguiente día de que me habían contratado, sobre todo que acababa de terminar una relación laboral y no soportaría otro despido.

De inmediato me apuré a hacer lo que me correspondía para evitar problemas. Poco a poco los comensales comenzaron a llegar y, la tarde se fue rapidísimo. Ni tiempo para «respirar» tuve.

Mis pies me punzaban del cansancio pero, había sido una buena tarde con respecto a las propinas obtenidas.

—¿Vas a cenar algo? —preguntó el dueño del lugar. Asentí con la cabeza. Tenía hambre y ganas de sentarme —. Apúrate pues con lo que te falta, para que ya nada más cenes y te vayas. Ya es tarde y no quiero que mañana llegues después de tu hora, comienza el fin de semana y habrá más gente.

Asentí con la cabeza. Tenía deseos de sentarme un rato pero, por lo visto, no iba a ser posible.

Una vez que terminé de realizar mis actividades fui por mis cosas para salir. Faltaban quince minutos para que dieran la una de la mañana.

Antes de salir miré nuevamente la fotografía de la chica que estaba en el retrato que me había llamado la atención. Algo tenía de especial. Eran sus ojos o, más allá de ello su mirada; era su cuerpo o, más que el cuerpo la postura que tenía; era su ropa o, más que su vestimenta la forma en la que la portaba. Algo en ella me agradaba y, era una foto vieja. Quizá de cuarenta años atrás. Yo ni siquiera había nacido.

Un joven entra a trabajar a un restaurante-bar elegante, en donde hay unas fotografías en blanco y negro antifuas. Entre ellas observa la de una mujer muy bonita. Al salir de su trabajo se topa con una mujer con un parecido a la chica de la fotografía del restaurante que, por la época en la que fue tomada la fotografía, no podría ser ella.

—¡Apúrese joven que ya vamos a cerrar! —indicó la mujer del dueño y salí rápido del lugar.

Crucé la calle para sentarme en la parada. La calle estaba solitaria. El clima era más frío que otros días. Un par de lámparas del alumbrado público se apagaban y se prendía.

—¿Gustas un cigarrillo? —me preguntó una dulce voz. Volteé.

—¡Oh! No. Muchas gracias. No acostumbro. No es un buen vicio —dije sonriendo, más apenado que un jilguero que no canta en su tono —. Ella sonrió.

—Es que con este frío se antoja —comentó y dio una jalada a su cigarro. Luego lo tiró al suelo y lo apagó. Me la quedé mirando —. ¿Tienes algún problema? —preguntó levantando levemente su ceja y sonriendo.

—¡Oh! ¡Oh! No… no, para nada es que…

—¿Te parezco conocida? —cuestionó.

Sí. Exactamente. Es eso —respondí con una boba sonrisa.

—Ayer platicamos. Justamente por estas horas —respondió sonriendo.

—Es cierto. Ya te recuerdo —comenté y sentí un frío aire pasar por mi espalda —. ¿No tienes frío? —pregunté. La chica llevaba una minifalda corta. Luego abrí mis ojos grandes —. ¿Eres una chica de la vida…? —dije y me quedé callado —. Por que, no traigo mucho…

—Claro que no —respondió ella de manera rotunda. No me dedico a nada de eso. Podría ofenderme con esa pregunta ¡eh! —comentó a manera de reclamo aunque, por la sonrisa que tenía en los labios, hasta yo que era poco sociable, sabía que no estaba molesta.

Pasó un taxi y me hizo el anuncio de que aún tenía espacio libre. Yo me iba a subir pero, la verdad, estar cerca de una chica tan linda y platicando de manera tan amena, me hacía sentir deseos de continuar ahí. No tomé el taxi.

—Siento que te conozco —dije con una sonrisa. Ella sonrió también.

La oscuridad de la noche no permitía del todo verla bien.

—¿Por que te haz acercado a mí? —pregunté, con cierta emoción en el pecho.

—Bueno… —respondió ella pausando un poco —. A esta hora de la noche no hay con quién platicar.

Era cierto. Ya era tarde y, a esas horas el lugar estaba más solo que la misma soledad.

—Siento que te conoz… —dije y abrí grandes mis ojos.

Entonces comencé a respirar pausadamente. Tragué saliva. Abrí grandes mis ojos. La chica de la fotografía estaba frente a mí y, no sabía si era bueno o estaba frente a una persona que había dejado este mundo. Tragué saliva nuevamente. Ella sonrió.

—A ver, ¿según tú de dónde me conoces? —preguntó con una sonrisa en los labios.

En ese momento apareció el dueño de la cafetería, se colocó frente a mí y dijo:

—Muchacho ya es tarde. No deberías andar a estas horas en la calle y menos hablando solo…

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