—¡Apúrate que ya vamos retrasadas! —comentó a su hija adolescente —. De verdad que hay días que no sé porqué te pones así de terca y necia.
—¡Ay mamá! —respondió Adela —, es que ya te dije que yo no quiero ir a eso. Me aburro y, además, suena a que estará muy cansado.
—Pues lo siento mucho. Es tradición familiar asistir a la procesión de la Virgen y no hay con quién te quedes —respondió la mamá de Adela al mismo tiempo que llenaba una botella de agua.
—Me puedo quedar sola —respondió su hija doblando los ojos.
La madre de Adela abrió la puerta y cedió el paso a su hija que, con cara de pocos amigos, salió. Un rato después pasaron por ellas unos vecinos que también asistirían a la peregrinación.
Al iniciar el recorrido
—¡Que Dios bendiga a esta peregrinación al Santuario de la Virgen y que todos lleguen con bien —dijo el sacerdote al mismo tiempo que echaba agua bendita sobre los fieles —. Vayan con Dios —comentó, y las personas comenzaron a caminar entre cánticos de alabanza.

Adela iba con cara de flojera, desánimo y enojo, pensando que en casa estaría acostada viendo películas y chateando con sus amigas; en cambio ahí, le esperaba un día de caminar, a paso lento, cantando y escuchando cantos que le parecían aburridos y anticuados y, por si fuera poco, acompañada de su madre.
—¿Crees que me pueda subir a la camioneta un rato para descansar? Estoy agotada.
—Ay Adela —respondió su madre frunciendo los labios —, si acabamos de iniciar. Ya ni yo estoy cansada y eso que te llevo muchos años. —Adela dobló los ojos hacía arriba en señal de tedio.
—¿Entonces sí puedo?
—No hija, tienes que aprender a sacrificar algo, aunque sea un poquito —fue la respuesta que dio la madre —. Ofrece tu cansancio por una buena causa.
Sin mucho ánimo Adela continuó caminando. Un par de horas después, casi al oscurecer, a orilla de la carretera se detuvo la camioneta que llevaba la Virgen. El resto de las personas comenzaron a sentarse a descansar. Algunas comenzaron a sacar de sus mochilas una torta o sándwiches para compartir.
Adela, en cambio, no quiso sentarse pues, dentro de su frustración de tener que estar ahí el fin de semana, en lugar de en casa descansando, decidió caminar para sentir el fresco.
—¿También vienes en la procesión? —preguntó la voz de un muchacho de su edad que aún tenía cara de niño y una sonrisa encantadora. Adela se sonrojó sin darse cuenta de ello.
—Sí —respondió con una enorme y tímida sonrisa —. Desde la ciudad —dijo sonriendo levemente —. ¿Y tú? ¿Porque no te había visto entre las personas? —comentó risueña y acomodándose el cabello por detrás de la oreja.
—Ah es que… Yo estoy hospedado más adelante solo que, escuché a la gente que venía y me animé a bajar. Me gustan estas procesiones —comentó devolviendo la sonrisa —. Me llamo Ezequiel. Ezequiel Dorantes.
—¡Ay mira! —respondió risueña —, yo soy Adela y también me gustan estas cosas. Bueno, vengo con mi madre acompañándola pero, también me agrada caminar, el aire fresco, ver personas y eso. ¿Quieres que te presente a mi madre? —preguntó sonriente. Luego, al ver que el chico negaba con la cabeza abrió sus ojos grandes pensando que había cometido un pequeño error al proponer eso —. O bueno, mejor sigamos platicando —respondió para intentar minimizar lo que consideró había sido una mala propuesta.
Ambos caminaron por los alrededores. Luego, vieron que las personas de la procesión comenzaban a levantarse, preparando sus cosas para continuar su camino.
—Bueno. Me tengo que ir con mi madre —comentó Adela —, espero verte más adelante.
¡La imagen de la Virgen se incendia!
Justo estaban por despedirse cuando se escuchó el grito de varias mujeres: «¡la Virgen. Se está quemando!».

El alboroto no se hizo esperar. De inmediato la gente comenzó a esparcirse. La imagen de la Virgen que estaba encima del carro alegórico comenzó a incendiarse sin explicación alguna.
Las personas comenzaron a correr asustadas buscando ayuda para que alguien les brindara agua. Algunas intentaron acercarse a las orillas de la montaña por la que estaban a ver si algún río que pasara por ahí les brindaba el líquido. Sin embargo, no había nada.
—Creo que esto es de mala suerte —dijo el muchacho a Adela quien, en ese momento tenía los ojos muy abiertos y respiraba con cierta ansiedad. Luego tragó saliva.
—Sí. Creo que sí —respondió a su nuevo amigo. Luego, comenzó a mover su cabeza para intentar ubicar a su madre, a quien no había visto desde hacía un rato—. Y tú ¿crees en eso? —cuestionó inquieta.
—¿En qué? ¿En los malos presagios en carretera? ¿En que el incendio de una imagen sagrada signifique algo malo? —cuestionó el muchacho, un poco en tono de sarcasmo, otro poco en forma de pregunta.
Adela tragó saliva.
—¡¿Mamá?! —preguntó con los labios temblorosos —. ¡Mamá! ¿Dónde estás? —preguntó nuevamente, esta vez, alzando la voz con mayor fuerza.
La gente corría alrededor: algunas buscando quién les diera agua, otras gritando porque la imagen de la Virgen María, la que estaba en su parroquia desde hacía algunos años, ahora se estaba incendiando y, el motivo no era claro; no había nada que prendiera fuego al rededor.
A orilla de la carretera no había mucha gente que pudiera apoyar. Sin embargo, alguno de los peregrinos propuso bajar al río que se escuchaba por la parte baja de la carretera.
—¡Mamá! —volvió a gritar Adela con insistencia, desesperación y angustia.
Luego, cuando volteó vio que a lo lejos, del otro lado de la montaña, se encontraba el muchacho que había conocido anteriormente. De inmediato fue hacía él pues, dentro de las personas que no conocía, prefería estar con alguien con quien, por lo menos, ya había platicado.
—¿Ya encontraste a tu madre? —cuestionó el muchacho —. Porque yo ya vi a la mía —comentó con una leve sonrisa de tranquilidad en sus labios.
—No. No la encuentro —comentó casi a punto de llorar.
—Quizá está entre las que corrieron para ir por agua. ¿Quieres, te acompaño a buscarla?
La gente gritaba horrorizada, especialmente las personas de la tercera edad que no podían moverse y que únicamente contemplaban como la imagen se quemaba. Además, era un mal presagio. Ninguna imagen sagrada se había quemado antes de esa manera.
—¡Esto es obra del diablo! ¡Sí! ¡Solo un ser malvado como él podría hacer algo así! —Comentó una de la señoras más grandes de la peregrinación, al mismo tiempo que se santiguaba.
—¡¿Mamá?! —gritó Adela con un clamor que parecía salir del fondo de su alma. Al parecer, había notado su presencia entre las personas que venían subiendo de la parte baja de la montaña.
Todos subían desesperados con agua en botes, bolsas de plástico y cualquier otra cosa que pudiera servir como herramienta para transportar agua.
La imagen se desprendió de la camioneta que la llevaba. Los mecates que la sostenían se habían consumido por el fuego y, ésta, había caído a un lado de la camioneta, ya casi sin fuego. La gente gritaba horrorizada.

—¡Jamás había visto algo así! —dijo una de las señoras que comenzó a berrear con fuerza.
Adela se puso a llorar. El tumulto de gente lloraba desesperada mientras solo algunos seguían intentado calmar las brazas que envolvían la imagen.
—¡Yo mejor me regreso! —indicó uno de los señores que estaban cerca.
—¡Yo igual! ¡Vayámonos! —dijo otro de los señores a la señora con la que iba y a sus hijos —. Esto es obra del demonio y no quiero que nos pase nada.
De inmediato algunas personas comenzaron a alejarse mientras otras intentaban apagar el fuego.
De pronto, Adela vio a su madre nuevamente
—¡Mamá! —gritó de nuevo, esta vez, pareció que la escuchó —. Vamos Ezequiel. Acompáñame —indicó al mismo tiempo que le tomaba la mano para que la siguiera.
La mujer volteó despacio.
Su sonrisa era amplia, demasiado amplia, como dibujada a la fuerza.
Sus ojos, abiertos de par en par, no parecían parpadear.
—Ya estamos bendecidos, hija —dijo con una voz que no era del todo la suya.
Los ojos de Adela se abrieron grandes. Con ligeros movimientos negó con la cabeza y titubeó. Sus ojos se llenaron de agua.
—¡No es ella! ¡Ella no es mi madre! —comentó Adela asustada.
La vestimenta, el tipo de cuerpo, el largo del cabello y el rostro, eran parecidos a los de su madre. Pero ella, la que estaba mirando, no era su madre.
—¡Estamos bendecidos! —gritó de nuevo la señora —. El Señor ha enviado por nosotros… Envió por nosotros antes de que el Apocalipsis se haga realidad. Es el tiempo.
—¡Está loca! ¡Está loca esa señora! —gritó un señor que miraba la escena.
La gente que estaba ahí comenzó a desesperarse. La histeria colectiva se hizo presente entre los participantes que aún seguían en la peregrinación.
—¿Te llevo a mi casa? —preguntó Ezequiel —. ¿Quieres ir conmigo? Creo que esto se está poniendo muy feo. Ya mañana buscamos a tu madre con calma —propuso con suavidad en su rostro.
El muchacho era de su edad. Además, lo había conocido en la peregrinación y, por otra parte, éste le daba confianza. Sin embargo, no estaba tranquila de dejar a su madre, alejarse de ella y quizá perderse.

—Es que… —titubeó —. ¿Vives lejos?
No. No. Estoy adelante. Es más, quizá desde ahí logres ver a tu madre con más claridad. Es adelante, sobre esta carretera, a unos cuantos pasos.
Caminaron, casi corriendo, hasta la parte de la carretera en donde la gente ya no estaba. Entonces, llegaron a un cenotafio, en la que se podía leer «Ariadna Dorantes e hijo».