El misterio de las maletas

—»Estamos a punto de llegar a nuestro destino». —Se escuchó una linda voz de una de las azafatas del avión —. Asegúrence de tener bien colocado su cinturón de seguridad. En unos momentos más aterrizaremos.

Me emocioné.

Fue grato saber que después de varias semanas de estar lejos del hogar por fin llegaría. Me sentía cansado, no solo por el viaje agotador, sino por el tiempo que había estado lejos de casa. Ahora por fin, solo me quedaba pasar el trámite del aeropuerto y a casa. A descansar y ver a mí familia.

El avión hizo su aterrizaje. Todo bien. Excelente. No hubo mayor contratiempo. Luego, la azafata en turno anunció el tan esperado momento de bajar para iniciar el trámite de solicitud de maletas.

En cuanto la mayoría de las personas descendieron, yo hice lo mismo. Aunque deseaba estar pronto en casa, no solía ser de las personas que les gustaba pelear por cualquier cosa. Menos por algo que sabía que llegaría en algún momento, como es bajar de un transporte público.

Compré un refresco de cola, pues ya tenía sed. Luego, aproveché que la fila para recoger la maleta había disminuido para pasar por la mía. Revisé en mi «mariconera» el boleto del estacionamiento de mi automóvil, lo pagué en el lugar correspondiente, tomé mis dos maletas medianas y me dispuse a irme al hogar.

Luego marqué el número de teléfono de mi esposa. Estaba deseoso de verla junto a mis dos hijos.

—¿Sí? ¿Alejandro? —respondió ella. Era evidente que sabía que se tratada de mí, pues ahora los teléfonos tienen identificador de llamada.

—Así es corazón. Soy yo ¿Cómo supiste? —me animé a preguntar en son de broma pues, en realidad, ya tenía la respuesta. Ella se limitó a mostrar un sonido parecido a una sonrisa, de la misma manera que solía hacerlo cuando le bromeaba.

—¿Ya llegaste?

—Sí. Así es. Ya estoy en el aeropuerto. Solo guardo mis cosas en el carro y salgo para allá —respondí —. Ya quiero verte.

—¡Ah! Está bien amor. Te espero aquí y luego vamos por los niños. Están en casa de mi hermana. Es que querían jugar con sus primos.

—Bueno… Está bien —contesté con cierto desánimo —. En realidad deseaba verlos a los tres. Pero bueno. No te preocupes, te veo y vamos por ellos. Sirve que nos paseamos como novios un rato —respondí, hasta cierto punto emocionado o, quizá, solo intentando darme ánimos.

Las maletas del carro de a lado

Llegué al estacionamiento. Mi carro había estado parado por al menos semana y media pero, preferí eso que no encontrar un taxi que quisiera llevarme a casa. Era un largo recorrido y, dentro del aeropuerto, el carro estaba más seguro.

Dejé las maletas a un lado de la puerta delantera del auto. Mi portamaletas ya está un poco inservible. Así que, primero tenía que intentar abrir y, si no era posible, acomodar ambas maletas en la parte de atrás del carro, en los asientos de los niños.

Estaba intentado arduamente abrir el maletero del auto. Le hice una, dos y hasta tres veces. Sin embargo, al parecer no iba a ser del todo posible que lo pudiera hacer.

Ya no quería perder tiempo, así que, consideré que la opción más viable era meter las maletas en la parte de los asientos traseros del auto.

—¿Necesita ayuda? —preguntó la voz de un hombre, alto, calvo, con barba de candado y camisa vaquera.

—Muchas gracias. ¡Qué amable! —respondí con una sonrisa en los labios —. No es necesario. Esta cosa ya no sirve bien. Pero puedo echar mis maletas en la parte trasera del auto. Muchas gracias —repetí para asegurarme que aquel tipo imponente no se acercara más. No me daba mucha confianza por su aspecto.

Él únicamente asintió con la cabeza. Luego, escuché que abrió la puerta del lado derecho de su camioneta para que subiera la que parecía su esposa, hija o pareja. En realidad no lo supe. Lo único cierto es que se veía bastante más joven que él.

En el momento que el señor estaba regresando al lado del conductor para subir a su camioneta, pude percatarme que mis maletas ya no estaban.

—Oiga… Oiga señor… Disculpe… es que yo dejé mis dos maletas de este lado y ahora ya no están —comenté. Estaba seguro que por equivocación las había metido a su camioneta. Porque eso sí, pude notar que él también estaba guardando cosas.

—¡Ah! No sé de qué me habla —respondió y siguió su camino hacía su puerta.

—Es que —me paré firme. Engruesé un tanto la voz y dije —: es que yo dejé mis maletas aquí y, pues la única persona que está estacionada cerca y que igual tenía maletas, es usted.

—¡¿Está insinuando que yo me las he robado?! —cuestionó con un tono de pocos amigos.

—No… No… —respondí, creo, que temblando un poco —. Más bien considero que pudo haberse equivocado. Es que solo eran dos maletas y las dejé justo aquí —dije señalando la parte inferior de la puerta de mi auto.

—Pues no sé de qué está hablando —respondió de mala manera y se siguió de largo.

—Mire. No quiero ser grosero. ¿Podría revisar en su camioneta? Estoy seguro que se pudo haber confundido. No con mala intención. Estas cosas pasan… —comenté, temeroso de perder esas maletas. No solo traía dinero y cosas que había comprado para mi familia, sino algunos documentos del trabajo —. Es que… Es importante para mí. Tengo cosas del trabajo.

—¿Qué pasa amor? —se escuchó la voz de adentro de la camioneta de la mujer que venía con él —. ¿Ya nos vamos? ¡Ya me quiero ir a casa a descansar!

Yo también estaba deseoso de ir a casa a descansar. Y a ver a mi familia.

—La verdad no quisiera tener que llamar a la policía —comenté, intentando hacerme escuchar —, y pues… el aeropuerto tiene cámaras…

No pude terminar de hablar. De manera inmediata el tipo bajó de su camioneta, se colocó frente a mí y, sin tocarme ni nada me dijo:

—Mire señor. A mí no me interesas sus cosas y, ¡hágale cómo quiera!

Tragué saliva y comencé a sudar. No solo de la frente, sino de las axilas y de todo el cuerpo. Luego comencé a pensar en el dinero que traía en la maleta (porque no me gusta llevar todo en la cartera), y en los papeles del trabajo y… Entonces se me ocurrió ofrecerle dinero.

—¿Qué le parece si le ofrezco algo de dinero? —comenté al mismo tiempo que buscaba en mi cartera algo que ofrecerle. Tomé dos billetes de $100 y uno de $50 y los extendí. El joven sonrió al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

—Ay amor, ¡ya me quiero ir! —dijo la muchacha dentro de la camioneta.

El señor se dio la media vuelta.

Entonces saqué mi teléfono móvil y llamé al 911.

—Buenos días. O tardes. Lo que sea… —dije nervioso —. Estoy en el aeropuerto. Tengo un problema con un joven que tomó mis maletas y las guardó en su camioneta. —Se escuchó la puerta de la camioneta abrirse. Luego, la muchacha que venía con él hizo lo mismo. Yo comencé a sudar —. Y necesito que envíe una patrulla. —Yo me asomé por la parte trasera de la camioneta para mirar las placas —. Tengo las placas a la mano, ¿quiere que se las dic…

El hombre tomó mi teléfono y colgó.

—Mire joven —me dijo colocándose frente a mí. Me sacaba varios centímetros. Aunque, en realidad el problema no era ese. El problema es que yo no era un buscapleítos y, por ende, no sabía golpear. Luego su novia, lo que parecía ser su novia, se colocó a un lado de él y me miró con mucha seriedad —.Ya le he dicho que yo no tomé su maleta —dijo al mismo tiempo que me tocaba el pecho derecho con su dedo índice —. Usted me está difamando. Y no se lo voy a permitir.

Yo comencé a temblar. Tragué saliva y comencé a respirar con cierta dificultad.

Una patrulla de policías del aeropuerto, de los Federales, apareció a unos metros de distancia. Alcé mi mano para que me vieran. Ahora sí, el tipo ese no me podía golpear, porque, de hacerlo, tendría problemas con la Ley.

—Baja la maleta de este «tipejo» —dijo el muchacho a su novia. Ella asintió con la cabeza.

—Eran dos maletas —comenté, seguro de mí mismo y levantando levemente la mirada. El tipo solo hizo una mueca parecida a una sonrisa. Luego la muchacha bajó una maleta verde de tela vieja —. Disculpe señor —comenté —, esa no era mi maleta. Ni siquiera se parece.

En ese momento la patrulla se colocó a un lado de nosotros. Se bajaron dos policías de mediana edad y en la parte de la batea se quedó un policía femenina sentada.

—¿Algún problema? —preguntó uno de ellos.

—Pues este señor que dice que le hemos quitado su maleta. Pero pues ahí está. No le hemos quitado nada. No sé qué pelea.

—No… No. Es que esa no es mi maleta. Yo traía dos y eran de cuero grueso no de tela…

—¿Ese es su carro? —preguntó el policía. Yo asentí con la cabeza.

En ese momento el perro policía que venía con ellos se lanzó sobre la maleta verde que el tipo había bajado de la camioneta.

La policía femenina se bajó de inmediato y apuntó con su ametralladora hacia mí. Levanté mis manos rápidamente.

—¡Queda usted detenido por portación de estupefaciente! —dijo el policía señalándome.

—Es que… —comenté titubeando —. Hay un error esa maleta no es mía. La han bajado de su camioneta. Revise las cámaras.

En ese momento se lanzaron sobre mí. Me colocaron dos esposas. Llamaron a otra patrulla y me dijeron:

—Mientras se demuestre lo contrario, usted estaba portando las sustancias. Por tanto, se presume que la culpa es de usted…

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