Como seres humanos tenemos la capacidad de ser libres. Pues la libertad implica la posibilidad de elegir. Dicha posibilidad se da por el uso de la razón.
Razonar es una cualidad humana. Ningún otro ser en el mundo lo puede hacer y, aunque los seres humanos también seguimos instintos, es por el uso de la razón y la libertad para actuar que podemos sobreponernos a estos.

Piensa, si tienes mucha hambre (y ahí es tu instinto el que te está pidiendo consumir alimentos), pero no puedes comer porque estás a punto de entrar a dar una conferencia, tu uso de la razón te puede decir, «no comas en este momento».
Lo mismo sucede con los deseos de ir al sanitario. Aunque tengas muchas ganas de hacerlo, si estás en la calle y no hay un lugar disponible te esperas, aguantas lo máximo y buscas un lugar donde puedes saciar la necesidad. No lo haces en la calle a plena vista de todos.
Aunque las leyes y el temor al castigo puede tener cierta influencia en nuestras elecciones, el temor al castigo también proviene de la experiencia y el uso de la razón. Es decir, tememos ante la posibilidad de una sanción, porque anteriormente se nos ha sancionado, pero es por la memoria (que está ligada al uso de la razón), que podemos identificar que nos pueden sancionar.

Al final, decidir no hacer lo incorrecto, debería de ser un acto de bondad hacia uno mismo y hacia los demás. Sin embargo, ante la posibilidad de elegir mal y perjudicar a otras personas, las sanciones nos ayudan a tratar de disminuir las malas acciones.
Elegir hacer el bien, sea por el miedo al castigo o por la búsqueda del bien común, es una elección. No hacer del baño en la calle, porque tememos que nos detengan y nos cobren una buena multa o nos quiten libertad, o bien, como una elección libre en la que ponemos el bien común (es decir, las calles limpias, el pudor, el respeto a quienes están en la calle), son una forma de elección.
Elegir es un acto que solo podemos hacer los seres humanos, pues dicha capacidad se da por el uso de la razón. Y, aunque existen algunos elementos instintivos, podemos sobreponer la razón ante el instinto en la medida que nos vamos haciendo personas más conscientes.
El conocimiento nos acerca a la libertad pues, entre más posibilidad de conocer más consciencia y entre más consciencia, más libertad al momento de elegir.
¿Qué relación tiene la libertad y la autonomía?
La autonomía implica decidir por uno mismo. Es decir, hacer elecciones conscientes, personales y sin presiones externas.
Para ser una persona autónoma, es importante ser más conscientes de quiénes somos. La autonomía es una parte de nuestra libertad pues, de alguna manera, nos permite elegir, aunque muchas de nuestras elecciones no siempre son conscientes.

Cuando nosotros tenemos una creencia en la que nos basamos para elegir, no estamos siendo del todo conscientes. Por ejemplo, si creo que soy una persona poco valiosa (que no siempre es una creencia consciente, pero que se determina en cierta manera a través de nuestras acciones), es muy seguro que voy a permitir que me den malos tratos, pues, de alguna manera, no me percibo como una persona valiosa que debe ser bien tratada.
Entonces, cada vez que alguien me trate bien, posiblemente me voy a sentir incómodo pues, no encaja con la creencia que tengo. En cambio, cuando me tratan mal, ahí me sentiré más a gusto pues, de alguna manera, es lo que inconscientemente creo.
Nuestras acciones se relacionan en gran medida con nuestras creencias pues, de alguna manera vemos la vida a través de éstas. De ahí la importancia de aprender a tomar mayor consciencia pues, en esa medida podremos ser personas más libres.
La autonomía y la libertad van de la mano pues, en cierta medida, ambas requieren de la capacidad de elegir y ser responsables de las consecuencias que nuestra elección generó.
La diferencia, es que la autonomía nos debe llevar a las decisiones libres, es decir, bajo nuestro propio riesgo. Elegir lo que a nosotros nos parezca lo que mejor es para nuestra vida, sin dejarnos influenciar por los demás.
La autonomía requiere de conocimiento propio
Para poder elegir lo que es mejor para nosotros, debemos saber qué es lo que deseamos en la vida, cuáles son nuestros valores, con qué recursos personales contamos para salir adelante y qué camino deseamos tomar para vivir mejor.
Cuando no tenemos claridad en lo anterior, es difícil ser una persona autónoma pues, la autonomía requiere de elecciones libres y propias. Si no sabemos quiénes somos y qué queremos, difícilmente podremos hacer elecciones por cuenta propia.
Dejar que otros elijan por nosotros implica un acto de subordinación. Pues elegimos que el otro tome la decisión por nosotros, aunque las consecuencias no las vivirá quien eligió, sino quien eligió que eligieran en su lugar.
«Estamos condenados a ser libres», decía Sartre. Pues, aunque elegir nos puede generar angustia y es mucho más sencillo poner a otra persona en nuestro lugar a que lo haga, para evitarnos la carga que conlleva la elección, lo que no significa que hayamos elegido que la otra persona elija por nosotros.

Aunque desde que somos pequeños se nos suele enseñar por el temor al castigo, más que por la capacidad de elección, es importante ahora hacer consciencia de que somos quienes elegimos. Decía el mismo filósofo citado anteriormente «Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros». Es decir, quizá de niños no teníamos la posibilidad de tomar decisiones más que por el temor a la sanción. No obstante, ahora que somos adultos, tenemos la posibilidad de asumir nuestra capacidad de elegir para tomar las decisiones que nos competen para ser personas, no solo más autónomas, sino más felices.
Aprender a elegir es una responsabilidad que vamos adquiriendo con el paso del tiempo, la experiencia que nos dan las elecciones anteriores y la capacidad de afrontar dichas elecciones.
Suele suceder que cuando nos evadimos de la responsabilidad que generó la decisión, no aprendemos la lección, y nos vamos haciendo personas menos libres.
Toda elección conlleva una consecuencia, positiva o negativa, dependiendo de si nos aleja o nos acerca a aquello que deseamos en la vida.
Si bien es cierto, la mayorías de las veces se nos enseña a decidir por temor a la sanción, la realidad es que las consecuencias son más grandes que el castigo, pues el castigo es impuesto por una autoridad y se da a corto plazo. Sin embargo, la consecuencias es impuesta por la vida y, aunque en ocasiones se da a largo, plazo, éstas representan la manera directa de hacernos ver nuestras acciones en un reflejo de nuestra vida.