Refugiados en Granaditas

—¡Apúrate! —gritó mi madre desesperada —. ¡Apúrate que ya vienen esos desgraciados! —se asomó gritando en la parte inferior de las escaleras; su rostro mostraba pánico.

Sin decir mucho bajé de las escaleras de inmediato. Quería tomar una de las muñecas de trapo que Nana Juanita había tejido para mí, sin embargo, cuando vi que mi madre subía a toda prisa, me di cuenta que ya no me daría tiempo.

Salimos corriendo de casa rumbo a la Alhóndiga de Granaditas. Mi madre me tomaba de la mano mientras Nana Juanita, la criada de la casa, venía cargando a mi hermano de tres años y en la otra mano a mi hermana de cinco.

En las calles se respiraba angustia; los rostros de las mujeres, niños y algunos ancianos abrían grandes sus ojos; alguna que otra lágrima se dejaba entre ver; y todos corrían desesperados intentando llevar algunas de sus cosas de valor con ellos.  Todos corríamos con desesperación hacia el viejo granero en donde el Intendente Riaño nos había indicado que podíamos refugiarnos.

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La llamada de los deseos cumplidos

«Tic, tac. Tic, tac». Se escucha en el fondo de la habitación de Elena el reloj que, en unos minutos más estará a punto de sonar para indicarle que es el momento de dar inicio a su día, y con ello, a las actividades laborales que poco le agradan.

«Ring» «Ring» «Ring». Suena el teléfono celular. Con los párpados casi pegados, se pone de pie y ve en el identificador de llamadas un teléfono desconocido. Decide no responder y darse la media vuelta para recostarse nuevamente. Sin embargo, ahora es el reloj despertador el que la obliga a ponerse de pie.

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El viaje escolar

«Ringgg», «Ringgg». Escuché el teléfono sonar.

—¡Sí! ¿Quién habla? —pregunté un tanto adormilado.

—Mi novio. Mi novio está encerrado en la cárcel —dijo la voz de mi amiga, entrezollosos. Yo aún me sentía aturdido. —Lo encerraron por serme infiel.

En ese momento desperté. Todo había sido un sueño; un mal sueño en el que mi amiga estaba sufriendo. Me quedé pensando en ella por unos minutos. Al poco rato el despertador sonó.

—Apaga eso —respondió uno de mis compañeros de clase y de cuarto que, en ese momento debido al viaje escolar compartía conmigo dormitorio. Me desperté, más por el susto del sueño que por el despertador y pregunté:

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Los botes de aceitunas

—¡Vas a entrar a la tienda de la esquina! —ordenó la voz del otro lado del auricular —. Llegas al pasillo donde están las semillas. En donde están los botes de aceitunas, buscarás 3 que están marcados en la tapa con un color rojizo. Los tomas, los pagas y, cuando estés en un lugar seguro los abres, sacas lo que hay dentro y se lo entregas al jefe. ¿¡Entendido!? —preguntó con seriedad. El joven que estaba en la llamada tragó saliva con lentitud, asintió con la cabeza —¿¡Entendiste lo que tienes que hacer!? —cuestionó nuevamente la gruesa voz del otro lado del teléfono. 

—S… sí. S…sí. Lo he comprendido —respondió al mismo tiempo que sus piernas tiritaban levemente. 

La llamada se colgó en ese momento. 

El joven tomó un respiro profundo y se dirigió a la tienda en la que le había indicado. Tenía poco tiempo de que la habían abierto y, las aceitunas no son de uso frecuente y diario. Así que tenía la esperanza de encontrar el paquete que le habían ordenado. 

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Queridos reyes magos:

–El Gobierno Federal ha anunciado que, si las condiciones lo permiten, a partir de enero de 2021 se retomarán las  clases presenciales de manera progresiva, pues lo más importante es seguir preservando la salud de todos los mexicanos –dijo la comentarista de las noticias de la mañana.

–Esto está muy complicado Maribel –dijo don Guillermo a su hija –. Debes tener cuidado. Yo sé que debes trabajar y, pues no es que quieras salir pero… cuídate. Tienes una pequeña en casa y no queremos que hagas falta aquí.

Maribel bajó la mirada, agachó la cabeza y luego, en voz casi nula dijo:

–Sí papá. Tomo todas las medidas necesarias para evitar contagiarme. –Su padre asintió con la cabeza y sonrió.

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