Mientras miraba la televisión

La tarde había caído y el cansancio apareció sin siquiera darme cuenta. Tomé del refrigerador un refresco de limón y me dispuse a ver la televisión; nada bueno que ver.

Mis padres, de momento, habían decidido que la mejor forma de castigarme era cancelando las suscripción a Netflix y quitando el Internet, pues según la maestra de Matemáticas me la pasaba hablando de series todo el tiempo; pero de las asignaturas de la escuela, ni hablo ni muestro interés.

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Asomada a la ventana

Se levantó muy temprano, casi de madrugada; se estiró, salió de su cómoda cama y se levantó para comenzar su día.  

De manera sigilosa bajó las escaleras intentando no despertar a nadie, en especial a los niños pues, entonces tendría que comenzar a jugar con ellos y no tenía mucho entusiasmo para hacerlo en ese momento. A primera hora de la mañana.  

Lentamente se acercó a mirar si había algo qué comer, pero ya no había nada; se había terminado todo la noche anterior y por la hora, era prácticamente imposible que hubiera cómo conseguir.  

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El primer día de clases presenciales después de la pandemia.

Se despertó muy temprano —justo cuando sonó el despertador—. Pues estaba muy emocionada; sería su primer día en el colegio después varios meses de no haber asistido; ahora volvería a ver a todos sus compañeros en persona –pues aunque había visto a algunos, la convivencia entre todos sus amigos del aula no había sido posible por mucho tiempo–, probablemente, algunos de ellos ya estarían mucho más altos que ella.

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Camino a la montaña

Muy temprano sonó la alarma de mi teléfono. Estaba emocionada de saber que asistiría con una de mis amigas a la montaña: despejar la mente, tomar aire fresco, convivir y hacer contacto con la naturaleza.

Me puse de pie a eso de las 5:00 de la mañana para estar preparada en el momento en el que pasaran por mí.

Fue aproximadamente media hora después, recién me había terminado de colocarme la gorra, que el claxon del carro de mi amiga sonó. Me asomé por la ventana de mi cuarto y ahí estaba ella mirando por la ventanilla.

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El limosnero y los tres solidarios

Por las calles del centro de la ciudad, un limosnero, desde hacía varios años, se sentaba a pedir a quienes pasaban por su acera una monedita que le ayudara a sobrevivir.  

Aquel viejo limosnero, algún tiempo atrás, había servido como uno de los mejores obreros en una de las fábricas más importantes de su ciudad, pero la desgracia en su vida personal apareció: se enamoró de una mujer: de sus bellos ojos, su delgadez extrema, su piel canela y su sonrisa. Luego, lo dejó por otro más joven, sin embargo, él había abandonado a su mujer y a sus hijos por ella; desperdició su poca fortuna en intentar complacerla.  

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