Llegué un poco tarde a casa; o quizá muy temprano…
Eran las 7:00 de la mañana. Había salido con un par de amigas desde la tarde-noche del día anterior. Nuestra intención era ir por un par de copas a un bar, platicar y, probablemente conocer gente; no para algo casual; tampoco para algo formal. Simplemente ver caras diferentes.

–¡Ey! Toña, por acá estamos –me gritaron desde una de las mesas del fondo. Luego, luego las reconocí: a Juli por sus cabelleras largas y despeinadas, su piel morena y sus pantalones acampanados; a Roberta por su piel blanca, su sonrisa de oreja a oreja y sus cabellos largos y chinos.
Saludé y de inmediato me dirigí hacía la mesa en donde me esperaban ambas con una cerveza.
–Ya llevan un par ¿no?
–Bueno, ella lleva más de un par –respondió sonriente Roberta–. Pero te estás atrasando, así que, pídete las tuyas.
Ordené al mesero que pasara una cerveza artesanal: obscura, como me gustan. Independientemente de la marca que consuma.
Comenzamos a beber y, al poco rato pasaron de la música de “trova” que tocaba un joven, a una banda de “rock” que comenzó a hacer que nuestros corazones latieran al ritmo de la batería. Entre las cervezas que llevábamos encima y el sonido a todo volumen, el golpeteo de la batería, el sonido intermitente del bajo y las guitarras eléctricas a todo lo que daban, comenzamos a pararnos a la pista.
Nuestras cabezas comenzaron a agitarse de arriba hacía abajo de manera brusca; al ritmo de la música; nuestros cuerpos comenzaron a elevarse levemente dando pequeños brincos que alteraban, junto con las bebidas que ya habíamos ingerido, nuestros sentidos.
Luego, Juli pidió un cigarrillo y, aunque era para ella, el deseo de que se suba más la cerveza al combinarla con el humo que entra en los pulmones pasando por la garganta, le inhalamos entre las tres. Luego, como era de esperar, comencé a marearme.
Un chico de camisa a manga larga de color blanca, cabello largo, con un agradable olor a caballero se acercó, al parecer tenía ganas de ayudarme o, posiblemente, de sacar conversación. Sin embargo, mis amigas me miraron con cara encolerizada.
Una de nuestras reglas era que si salíamos a tomar y nos pasábamos de copas ninguna tenía permiso de hablar con algún caballero que, por más buenas intenciones que mostrara, o por más agradable que se viera, no conocíamos; inclusive, a los que ya conocíamos pero que no habían llegado con nosotras no teníamos derecho de hablarles; o por lo menos no de alejarnos de entre nosotras.
Salimos del antro en el que estábamos divirtiéndonos, eran aproximadamente, sin darnos cuenta, las 2:33 de la mañana.

A esa hora no había mucho que ver en la calle, sin embargo, a eso de las tres el hambre nos traicionó y nuestros estómagos nos pedían alimento. Caminamos por el centro de la ciudad (que estaba muy cerca del lugar al que habíamos ido) a buscar alguna cenaduría abierta en donde pudiéramos llenar nuestra barriga.
Un puesto de hamburguesas, que olía a casi media cuadra de distancia, llamó nuestra atención.
Tambaleantes nos acercamos las tres a pedir de cenar. Normalmente no consumíamos ese tipo de comida, aunque ya bebidas, era lo de menos qué cenáramos. Nos comimos dos hamburguesas cada una.
Al momento de pagar me di cuenta que no llevaba mi carterita, así que Juli, que sí llevaba la suya, y además tenía dinero, nos hizo el favor de prestarnos y pagar nuestra parte.
Seguimos caminando hacia cualquier lugar. Las calles estaban muy solas, únicamente algún que otro grupo de personas que, casi todos estaban en la misma condición que nosotros; también pasaba alguno que otro carro, la mayoría taxis y alguno que otro Uber que pasaba a recoger a algunas personas.
Luego vomité a chorros: la cena y la bebida. “Qué asco” pensé y, seguramente mis amigas y las pocas personas que me miraban pensaron lo mismo. “Otra vez borracha” me reclamé. “¿Es la forma en la que te amas a ti misma?” pero, de inmediato salí a mi defensa, como si de una víctima del delito se tratara: “tengo otras formas de demostrarme el amor” y, además, beber de vez en cuando no es pecado o, bueno, posiblemente lo sea, pero he pecado de peores formas. Me quité las zapatillas que estaban manchadas; prefería caminar descalza.

Como si me tuviera enfrente de mí, comencé a discutir conmigo misma; un examen de consciencia entre mi yo borracha y mi yo consciente que no llegó a ninguna respuesta en concreto.
Luego volteé a ver a mis amigas. Estaban abrazadas: una lloraba, expresaba sus tristezas en el hombro de la otra; la otra dormía.
Tambaleante me acerqué a ellas:
–¿Qué pasa Juli? –dije casi masticando las palabras–. ¿Por qué rayos estás llorando? Ella no respondió, solo me miró con los ojos aborregados por el cansancio y el exceso de alcohol en su sangre.
–¡Nadie me entiende! –reclamó al mismo tiempo que soltó a Roberta empujándola levemente hacía un lado–-. ¡Solo se burlan de mí!
Se paró como pudo y comenzó a caminar en dirección hacía quién sabe dónde.
–¡Espera! ¡Espera! ¡No te vayas! Si llegamos juntas, juntas nos vamos.
–¡Déjame! –reclamó ella–. No me interesa nada ni nadie.
Normalmente esto no pasaba aunque, en algunas ocasiones, no faltaba que alguna de las tres hiciera feo. La vez anterior yo me metí a una de las fuentes que todavía están en las calles, según que me iba a bañar para bajarme la borrachera y, como ellas me ayudaron, terminaron igual de mojadas y casi a punto de tener que ir a los separos por estar alterando el orden. Sabíamos que a pesar de que pudiera haber ciertas dificultades siempre estábamos juntas, más en estos tiempos que están tan feos y que una mujer puede correr riesgos, sobre todo si se encuentra en ese estado.
Levanté a Roberta. Con lo que ya había vomitado ya me sentía un poco mejor que ellas dos.
Nos fuimos siguiendo a Juli que no avanzaba mucho: quizá porque estaba muy borracha o, probablemente, porque tampoco deseaba alejarse mucho de nosotras; al final sabía que estábamos para cuidarnos entre las tres a pesar de las bobadas que pudiéramos hacer.

Paró un taxi, casi a las 4:40 de la mañana y se metió. Tambaleantes corrimos a alcanzarlo y nos subimos.
–¿A dónde las llevo? –preguntó amablemente el chofer. Un señor ya maduro, de entre los 50 y 60 años, canoso, con bigote y un poco pasado de peso, aunque eso, es irrelevante, o quizá no, porque de haber sido una persona que físicamente nos diera desconfianza, aun borrachas, mejor no nos subíamos.
–A mi casa –indiqué. Él sonrió.
–¿Dónde está su casa? –preguntó amablemente. Yo le di la dirección.
Llegamos a mi departamento. Algunos de los vecinos ya estaban saliendo de su casa para irse a trabajar. Afortunadamente para nosotras era sábado y ninguna de las tres trabajábamos.

Busqué mi cartera –pues ahí llevo mis llaves–, ya un poco más consciente, pues el alcohol se había bajado con la vomitada. Recordé que la había perdido. Mis dos amigas me miraron fijamente, pues, aunque estábamos en mi departamento (ya que de las tres soy la única que vive sola) no nos servía de mucho pues no podíamos entrar. Entonces recordé que siempre dejó una llave de la casa, en la maceta de la entrada…