Queridos reyes magos:

–El Gobierno Federal ha anunciado que, si las condiciones lo permiten, a partir de enero de 2021 se retomarán las  clases presenciales de manera progresiva, pues lo más importante es seguir preservando la salud de todos los mexicanos –dijo la comentarista de las noticias de la mañana.

–Esto está muy complicado Maribel –dijo don Guillermo a su hija –. Debes tener cuidado. Yo sé que debes trabajar y, pues no es que quieras salir pero… cuídate. Tienes una pequeña en casa y no queremos que hagas falta aquí.

Maribel bajó la mirada, agachó la cabeza y luego, en voz casi nula dijo:

–Sí papá. Tomo todas las medidas necesarias para evitar contagiarme. –Su padre asintió con la cabeza y sonrió.

–Sí hija. Lo sé. –Luego la persignó y ella, antes de salir a su trabajo, fue al cuarto de su pequeña Cleotilde y le dio un beso en la frente para despedirla; ella aún dormía, aunque en poco tiempo tendría que levantarse a tomar sus clases en línea.

Maribel  se colocó el cubrebocas, se abrigó bien y salió rumbo a su trabajo en una tienda departamental en la que trabajaba desde hacía algunos años. No ganaba mucho, pero con eso y las artesanías de madera que vendía su padre les alcanzaba para subsistir; su madre había muerto algunos años atrás en un accidente automovilístico y ella fue madre soltera, más por azares del destino que por que así lo hubiera deseado.

–Abuelo, buenos días. ¿Ya se fue mamá? –preguntó Cleotilde al viejecillo que en ese momento estaba tallando una madera para darle forma.

–Ya se fue, mi pequeña; tesorito de mi corazón –dijo al mismo tiempo que soltó sus herramientas para recibirla con un abrazo y un beso en la frente.

–Te quiero abuelo. –Le regresó el abrazo –. Digo que te quiero comer porque ya tengo mucha hambre.

–¡Ay chamaquita! –respondió el abuelo jugando –. ¡No! Mejor te preparo algo.

El abuelo dejó a su nieta de 8 años en la sala viendo la televisión mientras le iba a preparar algo para que desayunar.

Después de consumir sus alimentos del día y encendió la computadora que tenía en casa para iniciar sus clases. Regularmente debía hacerlo con antelación de 15 minutos, pues era una computadora vieja y lenta.

–Abuelo, ya tengo que entrar a mi clase y esta cosa no enciende –dijo desesperada. El abuelo, con cierta lentitud en su caminar se acercó a mirar.

–Ay hijita. Pero es que yo no sé de estas cosas. ¿Quieres que llame al vecino para que la revise? A lo mejor él sabe más de esto. –Su nieta asintió con la cabeza. Pues únicamente entraba a clase dos veces a la semana y lo demás era hacer trabajos e investigar en vídeos y, por lo menos a distancia, pero era un momento en el que podía convivir con sus compañeros, aunque fuera a distancia.

El viejecito salió a tocar la puerta del vecino, un joven de aproximadamente 23 años de edad que, aunque no estudiaba ingeniería, sabía más que el abuelo acerca de las computadoras.

El chico, que tenía pocas actividades qué hacer a esas horas de la mañana, salió al auxilio de sus vecinos.

–Listo. Ya quedó –dijo el muchacho.

–Muchas gracias Raciel. ¿Te debo algo? –preguntó el abuelo y tosió.

–No ‘mbre cómo cree. Si nada más había que reiniciar el equipo –respondió el vecino y salió de la casa.

–Bueno hijita, ahora sí ya puedes tomar tus clases.

Cleotilde se sonrió e inmediatamente se conectó a su clase. El abuelo, por otra parte tomó su herramienta para seguir trabajando la madera que tenía entre sus manos al iniciar al mañana. Después de un rato comenzó a sentir escalofríos y se recostó sobre el sillón dejando a un lado su material.

La mañana transcurrió y Cleotilde realizó sus diferentes actividades del día; el abuelo por su parte, solo se levantó a preparar la comida para su nieta y a ratos volvía a sentarse a descansar, pues comenzaba a sentir una extraña sensación en su cuerpo.

Estaba anocheciendo cuando la madre de Cleotilde llegó a casa. Se quitó el cubrebocas y saludó a su pequeña con un beso en la frente y un abrazo, mismo que la pequeña le correspondió, pues sentía necesidad de hacerlo después de un largo día de no verla.

Luego se dirigió al taller de carpintería que el padre de Maribel tenía en casa y en donde solía pasar la mayor parte del tiempo. Sin embargo, no lo encontró ahí. Volvió a la sala y a la cocina, aunque la casa no era muy grande como para no haberlo visto.

–Cleotilde, ¿dónde está tu abuelo? –preguntó su madre.

–Ah, no sé. En la mañana se sentía un poco cansado creo. A lo mejor está en su cuarto.

La madre de Cleotilde, hija de don Gillermo, se dirigió al cuarto de éste para ver si ahí estaba pues, tenía expresas indicaciones de no salir a la calle por la situación de pandemia por la que se estaba atravesando en el país.

¿Qué pasó papá? ¿Te sientes mal? –preguntó un tanto preocupada, pues era muy raro que su padre se acostara en cama a esas horas del día; siempre había sido un hombre muy fuerte, de una salud impecable. Inclusive cuando su madre murió él supo sobrellevar la situación.

–Sí hija –respondió y tosió –, me siento bien, es solo que necesitaba descansar –mintió.

–Ah bueno. Está bien pa’ –respondió su hija y se fue a la cocina para prepararse la cena.

Algo le decía que no estaba bien la situación. Que su padre estuviera recostado a esas horas del día no era normal y, mientras cenaba pensaba en él: “no vaya a ser esa maldita enfermedad”.

Después de cenar y platicar un rato con su hija acerca de cómo le había ido durante el día. Luego la fue a recostar.

Antes de irse a dormir pasó a ver a su padre.

–¡Papá! ¡Tienes temperatura! –dijo casi en un grito al tocarle la frente –. ¿Por qué no has dicho que te sentías mal?

Nada hija. Esto luego se me pasa. Es una gripita. Tu tranquila –respondió don Guillemo tranquilo, como casi siempre lo hacía.

–No papá. Mejor vamos al hospital, Dios no lo quiera y vaya a ser esta enfermedad –le dijo angustiada; casi al punto de llorar –. Mejor que lo descarten y no que por descuidar esto se vaya a empeorar.

–Tranquila hija. Yo me conozco, no es esa cosa. Mira, si vamos al hospital nos tardaremos mucho y luego, ¿con quién se queda mi Cleo?

Maribel se quedó pensando un rato. Era cierto, no tenía con quién dejar a su pequeña y tampoco la iba a exponer a que se fuera con ellos al hospital. Por otra parte, confiaba en la fuerza que su padre le manifestaba.

–Está bien papá. Regresaré en un rato más a ver cómo sigues, pero si la temperatura aumenta o tu te ves mal, nos vamos al hospital aunque no quieras –dijo casi a manera de regaño. Su padre sonrió levemente y asintió con la cabeza.

Ella se recostó para descansar, pues al siguiente día debía estar muy temprano para irse al trabajo. Sin embargo, algo le inquietaba que no podía dormir.

Se puso de pie y fue al cuarto de su padre a ver cómo estaba. Sin embargo, al tocarle la frente se dio cuenta de que su temperatura estaba más alta, escuchó que la respiración era lenta y que su pecho sonaba cada que jalaba el aire.

–¡Papá! –dijo angustiada intentando despertarlo –. ¡Papá! ¡Vámonos al hospital! –comentó y lo ayudó a ponerse de pie con cierta dificultad.

–No hija. Estoy… Estoy bien –respondió lentamente, sabiendo que realmente no lo estaba –. Porque, ¿con quién se queda mi Cleo?

–No te preocupes por eso papá. Ahorita la encargo con la vecina.

En lo que su padre se colocaba un suéter, Maribel salió a tocar la puerta de la casa de la vecina, la madre de Raciel, para pedirle que por favor se quedara al tanto de su pequeña.

Habían sido vecinas desde que llegaron a vivir al vecindario recién construido; eran una crías. Como quiera que fuera, se tenían confianza.

–¡Cleotilde! –dijo su mamá moviéndola levemente –. Hija, despiértate. Voy a llevar al abuelo al hospital. –Sin embargo, Cleo no sentía nada cuando dormía.

–No te preocupes “manita” –dijo la vecina –. Si quieres aquí me quedo para que no la tengas que despertar.

–Gracias… –respondió con cierta nostalgia y un par de lágrimas en sus ojos.

–Tranquila. Todo va a estar bien –dijo su vecina.

De inmediato salieron al hospital en un taxi que pasó y que tuvo a bien subirlos pues, de alguna manera, con la situación del COVID-19, muchos choferes se reservaban el derecho de subir a algunas personas, sobre todo si presentaban algún síntoma de la enfermedad.

En cuanto llegaron al hospital pasaron a don Guillermo; su hija en cambio se quedó revisando algunas cuestiones de papeleo. Luego de hacerle varias preguntas con respecto a cómo se sentía ella de salud, la pasaron a que se realizara la prueba para corroborar que ella estaba libre de la enfermedad.

Esperó por un buen rato antes de que la pasaran a hacerse la prueba y luego le dieron indicaciones para que se aislara. 

–Y… de mi padre cuándo me notifican qué sucede –preguntó.

–No lo sabemos. De momento no puede estar aquí, es más riesgoso para usted y sus familiares en casa. Debe retirarse y ponerse en cuarentena porque es probable, por los síntomas que tiene su padre, que tenga COVID-19.

Maribel no contuvo las lágrimas. Se tapó la boca con la mano y asintió con la cabeza pensando lo peor; quizá a manera de prepararse para el peor de los escenarios; quizá sintiendo culpa, pues ella era la única persona que salía de casa; quizá solo era la preocupación.

Regresó a casa, aunque parte de su corazón se quedó en el hospital. A esa hora envió un mensaje a su jefe directo para decirle que tendría que faltar al siguiente día, sospechando, dando casi por hecho que su padre saldría positivo en la enfermedad.

Al abrir la puerta de casa vio a su hija sentada en la sala junto a su vecina que intentaba dormir pero no convencía a la pequeña de que se regresara a su cama.

–Mamá. ¿Dónde está el abuelo? –preguntó, como si una corazonada le estuviera indicando que esta navidad no la pasarían juntos. Su madre se quedó callada, no deseaba dejar salir un par de lágrimas que tenía atoradas en el alma. Respiró profundo y luego dijo:

–Hoy no pasará la noche aquí.

–¿Por qué mamá? –preguntó abriendo los ojos grandes. Su vecina se quedó mirando la escena y, en lo más profundo de su corazón comenzó a sentir tristeza. Ella conocía a don Guillermo desde hacía varios años. Algunas veces, cuando era pequeña, le había tocado compartir algún juego de mesa con su amiga y su padre cuando las acompañaba.

–Vente Cleo. Ya es hora de descansar –, le indicó la vecina a la pequeña intentando distraerla de lo que sucedía –. Te voy a contar un cuento acerca de unos reyes que llegaron a Belén a ver al niño Dios. –Sin embargo, Cleo no tenía intensiones de escuchar cuentos en ese momento. Ella deseaba saber qué pasaba con su abuelo. Por qué no pasaría la noche en casa. 

–¡No! Mamá. Dime. ¿Por qué el abuelo no pasará la noche aquí? ¿Está  enfermo?  ¿Tiene COVID?

Su madre se soltó a llorar al mismo tiempo que negaba con la cabeza. No tenía palabras para decirle que era muy probable que sí.

–Mañana iré temprano al hospital. Ahí me dirán qué tiene tu abuelo –respondió la madre de Cleotilde.

–Quiero ir contigo –indicó, casi a manera de orden. Aunque en el fondo sabía que no era posible, pues de alguna manera había escuchado que los niños no podían salir y mucho menos a ese tipo de lugares.

–No hija. Tú no puedes ir. Yo voy mañana y en cuanto tu abuelo esté mejor lo verás aquí.

Cleotilde negó con la cabeza aunque entendía que no había muchas otras opciones.

Al siguiente día Maribel regresó al hospital muy temprano a pedir informes de su padre, sin embargo, lo único que le dijeron es que había salido positivo de COVID, que lo tenían con respirador artificial y que esperaban que pronto se recuperara aunque le daban pocas esperanzas de que eso sucediera por la edad. Luego le indicaron que volviera al siguiente día o que, de ser necesario, le llamarían antes si tuvieran alguna información que darle, pues ella no podía quedarse en el lugar.

Con lágrimas en los ojos regresó a casa, esperando el peor de los escenarios: el deceso de su padre.

Sin ganas de nada abrazó a su pequeña y, aunque no lloró intentando darle fuerza y ánimo a su hija, la tristeza se sentía aún entre los brazos de Cleo.

Pasaron pocos días y, aunque ella asistía antes de irse al trabajo a ver cómo iba su padre en cuestión de su salud, no había respuesta favorable; su hija por su parte se quedaba en casa sola, pues su vecina o su hijo, en algunos momentos le “echaba un ojo”, pero no se podían quedar todo el día a cuidarla.

Una tarde, al mismo tiempo que pasó cerca de ella un camión cargado de maderas, que le recordó a su padre, Maribel recibió una llamada de un número desconocido y, al mirar el teléfono se detuvo, no deseaba responder; una corazonada le decía que le darían malas noticias.

–¿Sí? ¿Diga? –dijo con la voz entrecortada.

–Le llamo del Hospital. ¿Es usted la familiar del señor Guillemo Equis? –contestó una solemne voz del otro lado del auricular.

–Sí –respondió sin responder; con una tenue voz que apenas se alcanzaba escuchar.

–Necesitamos que venga de urgencia –dijo la voz y luego colgó; ni siquiera dio un espacio para que le preguntara de qué se trataba.

Sin pensarlo mucho dejó lo que estaba haciendo en el trabajo y salió de inmediato rumbo al hospital con lágrimas en los ojos. Sabía que, de alguna manera, aunque se había intentado preparar para recibir la mala noticia, no es lo mismo pensarlo que vivirlo y, aún no le habían dado la noticia pero, ella lo intuía: la llamada, la voz, la edad de su padre y la enfermedad.

Recién llegó al hospital preguntó por su padre.

El médico encargado salió: una cara seria que desvió la mirada de ella en cuanto notó su presencia preguntando por el señor Guillermo.

–Lo lamento mucho –dijo la voz del médico. En ese momento Maribel se soltó a llorar. No era necesario que terminara de decir lo que tenía que decir. Ella ya lo sabía –. Su padre no aguantó. Créame, él luchó hasta el último momento. Pero su cuerpo sucumbió a la enfermedad –indicó el médico intentando darle fuerza a la mujer que, a pesar de la edad, ahora quedaba huérfana de padre.

Maribel soltó el llanto y, alguna que otra persona que pasaba por ahí hizo lo mismo pues, no era el dolor de ella lo que les dolía, sino el propio; el de sus enfermos muertos sin haberlos despedido; entendían perfectamente la situación por la que estaba pasando. 

–¿Puedo verlo? –preguntó Maribel entre lágrimas.

–Lo siento –respondió el médico amablemente –. Por la situación de COVID no es posible que lo vea. Le entregaremos su cenizas en unas horas. Mientras tendrá que llenar algunos datos para avanzar.

Nunca sospechó que la última vez que habló con su padre sería cuando le preguntó cómo se sentía. Nunca sabrá quién le pegó la mortal enfermedad pues, en casa tenían los cuidados necesarios, pero no podían dejar de salir de casa.

Llegó derrotada a su hogar en donde su pequeña, como casi todos los días, le preguntaría por su abuelo al que, comenzaba a extrañar cada mañana cuando su madre salía a trabajar; cada hora de desayunar; cada hora de comenzar clases y hacer tareas; cada hora de jugar.

Su madre no supo cómo decirle que él ya no volvería, pero ella lo entendió. A su manera.

Esa Navidad no hubo cena en la mesa, ni regalos, ni abrazos; ese año no se festejó el ciclo de la Tierra dándole la vuelta al Sol durante 365 días. 

 –Mamá –dijo una mañana Cleo antes de que el Sol se asomara a la ventana de su cuarto –. Ya sé qué le voy a pedir a los Reyes Magos. Porque, aunque Santa Claus no vino, ellos sí que llegaran, como cada año. Recuerdas que así decía el abuelo: “que aunque no hubiera navidad ellos siempre llegaban con los niños que se han portado bien”. Y yo me he portado bien. –Su madre sonrió y, aunque no tenía muchas ganas de hacer cosas, sabía que su pequeña tendría su regalo para ese día pues, aún cuando ella misma ya había crecido, cada 6 de enero siempre encontraba un regalo junto al de su hija.

–¿Qué le pedirás? –preguntó Maribel.

¿Quiero ver a mi abuelo?

Un par de lágrimas salieron de los ojos de Maribel al mismo tiempo que sus labios se doblaron hacia abajo. La voz se le entrecortó y, aunque no podía decirle que no, sabía que ello no era posible. Sin embargo, no quería que su hija perdiera la fe, así que, solo se limitó a decir:

–Está bien hija. Solo recuerda que no siempre nos pueden cumplir lo que deseamos. Como aquella vez que pediste un pony de verdad –dijo, intentando hacer que su hija no se sintiera defraudada en caso de que su petición no fuera concedida. Su hija asintió con la cabeza.

–No importa. Eso pediré. 

Aquella noche Cleo fue a descansar con la esperanza de ver a su abuelo, probablemente por última vez.

–¿A dónde vas abuelo? –preguntó Cleo a don Guillermo que, esta vez, se veía mucho más joven.

–Ja, ja –respondió con una sonrisa en los labios –. ¡A ver si ahora me puedes alcanzar! –le respondió y comenzó a correr jugando a las atrapadas como solían hacerlo en algunas ocasiones al rededor de la casa, esta vez, en un campo enorme.

–Abuelo –dijo Cleo –, espera, ahora vas muy rápido, no te alcanzo. ¿A dónde vas? –volvió a preguntar. Él se detuvo por un momento.

–Cleo. Me tengo que ir –respondió su abuelo con una sonrisa –. Yo me voy a jugar atrapadas con tu abuela.

–Pero… –dijo con un par de lágrimas que se asomaban entre sus ojos –. Yo quiero que sigas jugando conmigo…

–Ya no puedo Cleo. Ahora me toca correr a lado de tu abuelita –dijo señalando casi al final del campo, donde apenas si tocaba la luz del Sol, en un lugar donde se veía la silueta de una mujer –. Pero sabes que te quiero mucho y que eres ese tesorito de mi corazón que siempre llevo conmigo.

Cleo, contenta y triste a la vez, le dio un fuerte abrazo. Luego, su abuelo se quitó un crucifijo de madera que llevaba colgado en el cuello, mismo que hacía algunos año él mismo había tallado en madera.

–Mira, éste es para ti. Llévalo contigo siempre. –Ella lo tomó entre sus manos, suspiró y luego sonrió, aún con un par de lágrimas saliendo de sus ojitos. Asintió con la cabeza y, al mismo tiempo que le decía adiós con la mano, el abuelo se alejaba y ella despertaba.  

“Solo fue un sueño”, pensó.

Se pudo de pie y fue a la sala, a donde había dejado su par de tenis bien limpiecitos, esperando ver si había algún regalo de los reyes magos. Ahí encontró, a un lado de sus zapatos deportivos, un crucifijo de su abuelo, mismo que siempre colgaba de su cuello y que él mismo había labrado; también encontró una foto donde él la cargaba cuando ella era pequeña.

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