«Ringgg», «Ringgg». Escuché el teléfono sonar.
—¡Sí! ¿Quién habla? —pregunté un tanto adormilado.
—Mi novio. Mi novio está encerrado en la cárcel —dijo la voz de mi amiga, entrezollosos. Yo aún me sentía aturdido. —Lo encerraron por serme infiel.

En ese momento desperté. Todo había sido un sueño; un mal sueño en el que mi amiga estaba sufriendo. Me quedé pensando en ella por unos minutos. Al poco rato el despertador sonó.
—Apaga eso —respondió uno de mis compañeros de clase y de cuarto que, en ese momento debido al viaje escolar compartía conmigo dormitorio. Me desperté, más por el susto del sueño que por el despertador y pregunté:
—¿A qué hora tenemos que estar en la entrada?
—Ay no sé —contestó entre sueño mi compañero —. Creo que a las ocho. ¡Cállate y duérmete un rato más!
El despertador del teléfono marcaba a penas las 5:30 de la mañana, pues es la hora en la que solía despertar para asistir a la escuela y, como solo eran tres días los que saldríamos de viaje académico, consideré que quitar la alarma era más riesgo cuando volviera a casa.
Dormí de nuevo, esta vez profundamente…
Solo en la habitación
Desperté… Abrí los ojos nuevamente y pude notar que el sol alumbraba con más fuerza la habitación en la que me encontraba.

—¿Qué hora es? —pregunté, y el silencio se anunció en la habitación. Me puse de pie casi de inmediato —: ¿Qué hora es? —dije intentando reafirmar que no estaba solo, sin embargo, el silencio continuaba.
Me levanté de inmediato de la cama, miré mi teléfono móvil y noté que ya eran casi las 9:00 de la mañana. En ese momento abrí los ojos grandes pensando un montón de cosas, nada buenas, acerca de mis compañeros con los que compartía la habitación. Ninguno me había avisado que era hora de salir.
Llamé por teléfono a uno de ellos, Peter, el que consideraba dentro de la escuela uno de mis mejores amigos, pero… en ese momento el teléfono se apagó. Muchas maldiciones de diferentes tipos pasaron por mi mente.
Conecté el teléfono para cargarlo. Me vestí y salí de inmediato al lobby del hotel. Hasta donde recordaba bajaríamos juntos para tomar el camión que nos trasladaría al restaurante en donde tomaríamos nuestro desayuno, luego iríamos a un museo y volveríamos por nuestras maletas para regresar a nuestro lugar de origen.
—¿Sabe si siguen los estudiantes de la escuela… —intenté preguntar a la señorita que atendía en la recepción, sin embargo, me quedé callado y no terminé de hacer la pregunta pues ella, estaba recostada durmiendo.
Salí de inmediato a la entrada del hotel para ver si el camión o alguno de mis compañeros se encontraban, pero nada; no había señales de ninguno, ni siquiera de los maestros que nos acompañaban.
Intenté respirar profundo al mismo tiempo que en mi mente llegaban un montón de ideas acerca del riesgo de quedarme ahí, fuera de mi ciudad con gente que no conocía.
«Cálmante», «cálmante», pensé en mis adentros. «No te pueden dejar aquí», «seguro van a regresar más tarde».
Volví al pequeño hotel en el que estaba hospedado para ver si había algún lugar en donde pudiera desayunar algo pues, lo que ya estaba pagado dentro de mi viaje, ya lo había perdido por no levantarme a tiempo.
No había nada. Resultó que el hotel no tenía restaurante propio.
Pregunté si cerca había algún lugar económico pues, para un estudiante de bachillerato de clase media, pagar una gran cantidad por alimentos matutinos no era una buena opción.
El restaurante más cercano estaba como a tres cuadras y, por si fuera poco, no sabía a qué hora llegarían los compañeros de clase. Consideré que lo mejor que podía hacer era esperar en el lobby a que regresaran; aún tenía las esperanzas de que se percataran de que no estaba con ellos y volvieran por mí.
Después de un rato de estar esperando viendo en el televisor las noticias, comencé a desesperarme; un poco por el hambre y otro poco más por aburrimiento.
Subí a mi habitación para tomar mi cartera y para ver si mi teléfono móvil ya estaba cargado. «¡Oh sorpresa!». Al salir del cuarto dejé las llaves adentro.

De inmediato bajé a la recepción y, esta vez, me dije a mí mismo que si la señorita que atendía estaba durmiendo no me importaría despertarla. Afortunadamente no tuve que hacer nada para incomodarla, ella estaba ya despierta.
—Buenos días, disculpe la molestia, ¿me puede prestar las llaves de la habitación 213?
—Hola buen día —respondió ella con una leve sonrisa en los labios, volteó para buscar las llaves y luego regresó la mirada hacia mí —. Una disculpa joven, sus compañeros de cuarto no me la regresaron, y las copias no las puedo prestar por cuestiones de la empresa. Tendrá que esperar a que regresen.
No sé que mueca hice que luego respondió:
—¡Por eso se les dice que dejen las llaves! Precisamente para evitar estas situaciones —comentó y se dio la media vuelta para evitar seguir hablando.

No dije nada; en realidad no había mucho más que pudiera decir. Respiré profundo. Tenía hambre, sed y aburrimiento.
Volví a la habitación, me acerqué a la puerta y traté de abrirla; tenía la leve esperanza de que accidentalmente estuviera mal cerrada, aunque en el fondo sabía que no era así; estaba completamente sellada.
Me asomé por los pasillos de los cuartos a ver si alguna mucama estaba cerca, probablemente era hora de hacer el aseo y eso sería de ayuda para que me abriera. Pero no había nadie.
La escalera
De tres puertas al lado de mi habitación salió una pareja y, al abrir su puerta recordé que todas las habitaciones tenían un balcón que daba hacia el patio trasero del edificio.
De inmediato me asomé por el patio de atrás. Había una alberca, con el agua un tanto sucia, dos pares de camastros y dos mesas con sombrillas viejas. Pensé en la posibilidad de utilizar una de las mesas como escalera, pues no era mucha la distancia entre la parte baja del balcón, además, por el tipo de construcción del edificio, había varios adornos hechos de herrería casi pegados a éste, lo que facilitaba trepar.
Para mi fortuna había una escalera metálica movible que, al parecer estaba ahí para limpiar las ventanas del único lado en el que el edificio tenía ventanas y no balcones, pues estaba recargada de lado de la pared y no de los cuartos.
El patio del hotel estaba vacío. Quizá por la hora no había ni personas de intendencia ni huéspedes.

Moví la escalera con cierta dificultad por el peso que ésta tenía. La coloqué del lado de mi balcón y comencé a trepar. La parte final de la escalera daba justo a la parte media del balcón. Así que, en cuanto estuve hasta arriba de la escalera tomé el barrote metálico del balcón y comencé a apoyarme para subir por completo.
Ahora solo faltaba que la ventana del balcón que daba al cuarto estuviera abierta para poder entrar.
Coloqué mis manos en la puerta de vidrio del balcón y jalé hacia atrás, sin embargo, la puerta del balcón parecía cerrada. Volví a moverla hacia atrás, pero esta vez intenté levantarla levemente para zafar el pasador. Sin embargo, la puerta no se movía.
Estaba concentrado en tratar de abrir la puerta cuando escuché un ruido en la parte de abajo del balcón. La escalera estaba siendo removida.
Abrí grandes mis ojos y, justo cuando iba a sacar la cabeza para ver quién estaba moviendo la escalera, recordé que estaba en el balcón de polizonte. Luego escuché la voz de una mujer que decía a regañadientes y con voz de enojada:
—¡¿Qué hace ahí esa escalera?! ¡Los clientes pueden pensar mal! ¡Muévela de inmediato!
Abrí grandes los ojos. Para colmo, la voz era de la recepcionista que me había comentado acerca de las llaves, así que, ni para decir algo.
—Yo no la puse ahí —dijo la voz de un muchacho al mismo tiempo que se escuchaba que movían la escalera —. ¡Revisa las cámaras si quieres! Yo dejé la escalera recargada en esa pared antes de ir por mi café. Hoy me toca lavar ventanas.

«Revisa las cámaras», pensé. Entonces moví mis ojos en todas las direcciones posibles y, efectivamente, había una innotable cámara de vigilancia que en la parte superior del techo.
Me senté en el balcón preocupado de que miraran la cámara y me descubrieran: no solo subiendo al balcón, sino ahora adentro del mismo.
Comencé a pensar en muchas cosas, especialmente en la posibilidad de que llegara la policía y me detuviera por allanar cuartos de hotel que no era el mío.
Al poco rato escuché ruido en la parte del hotel. Un murmullo de gente se oía en la parte de abajo. Intenté asomarme de manera discreta para ver qué había.
Mis compañeros de clase habían llegado al hotel.
Luego, me asomé levemente por una rendija entre la ventana y la cortina que daba al interior del cuarto; era seguro que pronto entrarían mis compañeros de habitación y entonces podría entrar. Probablemente sería la burla de todos pero por haberme quedado, aunque, en ese momento eso no me interesaba tanto. Con que me abrieran y me rescataran era más que suficiente.
Al poco rato escuché en la parte de adentro del cuarto que alguien entró. Entonces comencé a tocar rápidamente la ventana del balcón para que me escucharan.
Estuve en cuclillas por un tiempo más. No quería que me vieran por la cámara de vigilancia. Luego, alguien se acercó del lado de la puerta del balcón y la abrió.
—¡Ay! ¿Qué haces aquí? —preguntó Andrea, la chica más chocante de la escuela y del salón —. ¡¿No fuiste a desayunar porque quería entrar a robarme verdad?! —Abrí grandes mis ojos y negué levemente con la cabeza.
De inmediato se acercaron dos más de sus amigas que, por supuesto, no eran lindas personas.
—¡Auxilio maestra! —gritó una de ellas —. ¡Entraron a querer robar nuestras cosas!
—De seguro querías tomar nuestra ropa íntima —comentó molesta la tercera de las amigas al mismo tiempo que me tomaba una fotografía en cuclillas afuera del balcón.
Al poco rato entró la maestra con otros dos maestros y algunos compañeros de clase que, al parecer estaban cerca en ese momento.
—¡¿Pero qué hace usted aquí señor?! —preguntó la maestra fúrica —. ¡Debió haber ido al desayuno con el grupo! ¡Además, debería de estar en su dormitorio! Si no tenía hambre y quería descansar, se debió quedar en su cuarto —dijo a manera de regaño —. Regrese a su dormitorio por sus cosas rápido, que ya nos vamos.
Asentí con la cabeza. Me puse de pie y de inmediato me fui por mis cosas al cuarto. El resto de los compañeros que estaban por ahí se rieron de mí.
—Y le vamos a suspender por irreverente —dijo la maestra —. Recuerde que es un viaje escolar.
No dije nada. Solo salí de cuarto lo más rápido que pude y, al llegar al dormitorio en donde me había quedado, mis amigos me miraron con cierta gracia en sus rostros aunque, en ese momento no dijeron nada; en realidad ni yo dije nada.
—¡Ya nos vamos! —indicó uno de los profesores en la parte de afuera. Luego, otro de los maestros se asomó a la puerta del cuarto y dijo:

—Ya es hora de irnos. Tomen sus maletas y vámonos rápido.
Como no tenía la maleta preparada, rápidamente comencé a guardar mis cosas al mismo tiempo que mis compañeros de cuarto salían de la habitación ya preparados. Entonces me dí cuenta que estaba atrasado y que, de no apurarme llegaría tarde al camión y, además de que tenía miedo de que me fueran a dejar en el hotel, no quería pasar la vergüenza de ser el último y volverme nuevamente la burla de todos.
Lo más rápido que pude eché todo a la maleta, así, sin doblar ni nada, la cerré como pude, pues ahora estaba más abultada que cuando llegué al hotel y todo estaba perfectamente guardado. Tomé la maleta y salí de inmediato.
Llegué a la recepción y ya estaban casi todos formados. Entonces la maestra tomó la palabra:
—Jóvenes. Si salimos de paseo con ustedes, confiamos en su responsabilidad. Confiamos en que son chicos de preparatoria que tienen la madurez para este tipo de actividades. Sin embargo, veo que no es así —dijo y me miró. O quizá no lo hizo pero yo sentí que sí. Es más, sentí la mirada de todos mis compañeros encima de mí. Solo agaché levemente mi cabeza —. Nos vamos a subir al camión y, por favor, nadie se baja y revisamos que todos estén.
De regreso a casa
Comenzamos a dar la maleta al chofer y de inmediato nos subimos al transporte. Mis compañeros de aula se me quedaban mirando: algunos se reían de mí y otros hacían un leve movimiento de negativa.
Llegué al lugar en el que me había sentado durante los momentos en los que viajamos. Me senté y mi compañero de asiento se sonrió levemente y negó con la cabeza; pero ninguno de los dos dijimos algo.
—¿Ya están todos? —preguntó la maestra. Luego mencionó mi nombre para sesionarse de que ya estuviera adentro o quizá, para hacer notar que no había estado en el desayuno porque me quedé en el hotel.

—Ya. Ya está maestra. No se preocupe —respondió uno de los chicos nerts del salón, de esos de los que nadie le hace caso en el aula pero que, en ese momento, tuvo su momento de «gloria» y aprovechó la situación para burlarse de mí y caerle bien al resto de los compañeros.
El autobús arrancó y comenzó a avanzar.
—Jóvenes —dijo la maestra que iba encargada de nosotros en el viaje —. No quiero más problemas de regreso a casa y, con las personas que estuvieron generando desorden durante el viaje vamos a hablar con sus responsables y, si es necesario, como medida disciplinaria, vamos a suspenderla unos días. Así que se comportan si no quieren más problemas.
Todos en el camión se quedaron levemente callados. Luego, comenzaron a sacar sus dispositivos móviles para jugar, escuchar música o chatear.
Entonces busqué el mio. Se había quedado conectado…