¿Por miedo o por consciencia?

«La razón es esclava de las pasiones», decía David Hume.

El ser humano, como lo he mencionado en artículos anteriores, es racional. La racionalidad implica, no solo parte de su naturaleza, sino su herramienta más poderosa para poder defenderse en el mundo.

Es gracias al uso de la razón que tenemos la posibilidad de usar nuestro entorno dándole un sentido que nos permita habitar el mundo, no solo en la relación con los demás, sino para la misma sobrevivencia.

Los animalitos traen consigo las herramientas para poder sobrevivir en el mundo. El perro sus colmillos, olfato, garras, etc.; el ave sus alas, su pico. Y así, cada animal trae consigo sus propias herramientas. En cambio, el ser humano se tiene que generar las suyas (en tanto artefactos, pues recordemos que el lenguaje, de alguna manera, es parte de su herramienta. Así como su capacidad creadora, su memoria, la capacidad de aprender de las experiencias, etc.).

La razón, es, entonces, esa herramienta del ser humano.

No obstante, aunque somos seres racionales, nuestras acciones en ocasiones nos pueden llevar a actuar como personas no racionales.

Las reglas y normas nos dan parámetros

Las emociones —que también forman parte de nuestras herramientas para sobrevivir—, suelen aparecer a través de sensaciones físicas que, de alguna manera, nos impulsan a actuar. Así, si me siento triste, lo que haré será descansar y no hacer nada y, posiblemente por el ritmo de vida que llevo, no he descansado lo suficiente.

O si me siento amenazado o en peligro, el enojo provocará que me ponga a la defensiva, generando que mi cuerpo se prepare para atacar.

Nuestras emociones nos llevan a actuar, no obstante, no podemos hacer lo que queramos o lo que la emoción impulse, porque vivimos en una sociedad a la que nuestros actos pueden perjudicar.

Así, las emociones pueden obnubilar nuestra capacidad de razonar pues, en cierta forma, es a través de éstas que tenemos el impulso y, entonces, podemos perder en ese momento la capacidad de razonar. Especialmente cuando nos dejamos llevar por las sensaciones fisiológicas que forman parte de la misma reacción.

Por otra parte, las emociones vienen de nuestros pensamientos, lo que genera que, a mayor cantidad de pensamientos que tengamos acerca de una situación, mayor será la cantidad de emociones que se nos generen.

Ante ello, el hecho de saber que existen normas y reglas, podemos, en cierta medida, regular nuestras emociones al momento de actuar. Especialmente cuando la emoción que aflora es el enojo o alguna de sus derivadas.

Las normas nos permiten reconocer que, cuando estamos bajo el efecto de una emoción y nuestra capacidad de razonar se minimiza, hay una estructura a seguir. Aunque esté muy molesto con la persona que le dio un pequeño golpe a mi auto, no puedo ir y golpearlo. Aunque me sienta triste porque la persona que quiero decidió no estar conmigo, no puedo pintar las paredes, tirarme en medio de la calle a esperar que me suceda algo.

Las reglas nos permiten entender la conducta mas adecuada cuando nuestras emociones nos hacen perder racionalidad.

Entender la regla más que la sanción

Una característica de las reglas es que, para lograr que éstas sean cumplidas, se suele poner una sanción. Ésta, ayuda a provocar el comportamiento deseado.

No obstante, no se trata de seguir la regla por la regla.

Desafortunadamente la formación que se nos suele dar desde pequeños es el temor a la sanción si rompemos la regla. No se nos explica y en ocasiones ni siquiera se relaciona el tipo de sanción con la regla que se ha roto.

Simplemente se sanciona porque se rompió alguna regla y ya. Se infunde temor a la persona para evitar que no lo vuelva a hacer y no hay una consecuencia, ni directa ni que forme parte de la misma situación.

Castigar a un niño sin ver la televisión porque no comió, no tiene relación alguna. Solo es sancionar e infundir temor al castigo. Infligir dolor para que se haga lo que se desea.

Es decir, si un niño golpea a un compañero en la escuela porque lo molestó mucho y ya no supo cómo evitar la molestia, lo suspenden dos o tres días de la escuela, esperando que en casa haya alguna otra sanción. Pero no hay un trabajo de fondo para que la persona entienda porqué no debe golpear. Tampoco se relaciona del todo la sanción.

Así, vamos aprendiendo a seguir la regla por la regla, por el temor que hay de no cumplirla. Y, cuando vemos que no hay una autoridad que aplique la regla, entonces la rompemos.

Si no hay quien sancione, entonces nos permitimos hacer lo que sabemos que no es correcto, porque en realidad no se nos explicó cuál era el motivo de que no fuera correcto.

Aunque las reglas sirven para limitar la conducta, cada una de éstas tiene un trasfondo ético. Es decir, un motivo por el que la regla existe, un porqué y un para qué de la misma.

Si bien es cierto que las reglas nos ayudan a mantener la conducta adecuada, especialmente cuando entra en nosotros la irracionalidad, es mucho más sencillo que si hemos comprendido los motivos de la misma, lo hemos interiorizado y lo asumimos como parte de nuestra vida, actuemos de manera correcta.

Los momentos de irracionalidad y la actitud moral

Comprender los motivos de la existencia de cada regla, es de importancia para que, cuando estamos pasando por momentos emocionales, nos detengamos, más que por el temor a la regla, por el conocimiento de causa.

De alguna forma eso nos contribuye al hecho de saber que debemos mantener ciertas actitudes, a pesar de que las emociones estén a «flor de piel». Ya no por el temor al castigo, sino por la comprensión misma.

En el caso de que una persona vaya manejando su auto y otra se le atraviese y lo choque, si siente molestia y no tiene presente la regla —y además no hay una autoridad presente que haga valer dicha regla—, es probable que se deje llevar por la emoción y, por ejemplo, se baje a golpear al otro conductor.

Cuando seguimos las reglas desde nuestra libertad y el entendimiento ético de la misma, asumimos nuestra responsabilidad frente a los actos, independientemente de si estamos o no bajo el efecto de una emoción.

Es decir, cuando se pierde el temor a la sanción, y además estamos bajo el efecto de una emoción, entonces actuamos perdiendo el uso de la razón en ese momento. En cambio, cuando reconocemos el principio ético de actuación, y nos movemos por éste, aun enojados y sin una autoridad presente, haremos lo correcto. Pues no nos mueve el miedo sino la racionalidad pues, no dejamos de ser racionales aun cuando estamos pasando por momentos emocionales.

Es importante recordar que la racionalidad se muestra en las acciones. Es decir, nuestros actos hablan de nuestra capacidad de comprensión de la realidad, de las reglas y sobre todo, de las actitudes personales que nos mueven en el día a día.

Somos seres racionales y no dejamos de serlo, aún cuando estamos bajo el efecto de una emoción, aunque ésta capacidad se vea obnubilada. No obstante, la libertad (que es una capacidad de la racionalidad), se observa en la responsabilidad y, por ende, racionalidad y responsabilidad van de la mano.

Aunque las emociones forman parte de nuestra vida, y muchas veces nos pueden llevar a perder el juicio, si comprendemos que nuestras acciones, no solo tienen consecuencias, sino que, además, tienen un porqué que se deriva de la comprensión de lo que es o no correcto y los motivos de que así sea, será mucho más sencillo que, a pesar de tener turbios, la capacidad de actuación será la correcta.

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