Aprender a transformar el miedo heredado en fe personal

«¿Y si ese ‘no’ que escuchaste no era tu límite, sino el miedo de alguien más?»

Con frecuencia crecemos con miedo, es decir, se nos va inculcando un «no» constante desde que somos pequeños. «No hagas esto porque te puede pasar aquello»; «no te subas ahí porque te puedes caer»; «no toques eso porque te puede pasar esto otro».

En la formación que solemos recibir, en lugar de acompañarnos a experimentar lo que curiosamente sentimos deseos de hacer, únicamente se nos limita con el «no».

Desde pequeños comenzamos nuestro camino por la vida con falta de fe. Una vez que adquirimos el lenguaje, nuestra comprensión del mundo comienza a hacerse presente. Y, con esa idea, vamos creciendo y asumiendo una postura ante la vida.

Las palabras tienen doble significado. Por una parte lo que quiere decir de acuerdo a las reglas de la gramática y, por otra parte, el significado que le asignamos de acuerdo a nuestra experiencia personal entorno a ésta.

Así, la palabra «tontito», puede ser una manera cariñosa en la que una persona se refiere a otra para denotar que hizo algo incorrecto. Al ser un diminutivo se puede interpretar que hay una intención cariñosa, sobre una palabra que en sí misma significa algo despectivo como subnormal.

Aunque las palabras tienen su propio significado, existe una significación por parte de la persona que la recibe. Por ello, en ocasiones solemos asumir de mala manera lo que la persona quizo expresar.

Sin embargo, la palabra en diminutivo hay quien la puede entender como una forma cariñosa de referirse cuando se ha equivocado en algo. Como «ay tontito, que celoso eres», al mismo tiempo que le da un abrazo.

Aunque el contexto en el que se dicen las palabras es importante, el significado que entendemos de éstas también es de gran valor.

A pesar de que en el ejemplo anterior, la palabra «tontito» se puede decir que tiene un contexto cariñoso, quizá, la interpretación personal de quien la recibe tiene un significado que le genera incomodidad y molestia.

Quizá, para esta persona, cuando era menor (y por ende no tenía la capacidad de defenderse y tomar total consciencia de las cosas), personas importantes en su vida, como mamá y/o papá, constantemente le decían tontito, pero no en un contexto cariñoso. Sino en un «¡Estás tontito o qué?»

Aunque en el contexto la palabra es diferente y el significado es con intenciones ofensivas, en el primer ejemplo conlleva una acción cariñosa, en cambio en el segundo una intención dañina. No obstante, el significado que le da la persona que la recibe tiene efecto en la misma persona.

Así, las palabras tienen su significado y, además, cada ser humano, en cierta medida, le da sus propios significados.

La negativa desde que somos pequeños

Así, el significado propio lo vamos construyendo a partir de nuestra experiencia en la vida. Decir «no» es importante, nos ayuda a poner límites. No obstante, desde el miedo con el que muchas veces crecemos, el «no» suele representar un impedimento.

Decir no es una forma de poner límites, aunque la mayor parte de las veces, indica una negativa. Desde pequeños se nos limita en lugar de acompañarnos.

Cuando crecemos con el «no» como una constante en nuestras vidas que, además, significa en sí mismo impedimento acerca de lo que podemos o no hacer, nos vamos haciendo, no siempre de forma conscientes, personas desconfiadas, puesto que la creencia que se va generando en nosotros es «no puedo». Especialmente cuando la negativa proviene de personas importantes en nuestra vida pues, de alguna manera, el significado que le damos a la palabra, no es necesariamente de limite sino de impedimento.

Así, cuando queremos vestirnos de una manera extravagante, nos dicen: «no porque pareces …», o, cuando deseamos realizar alguna actividad nos dicen: «no porque es peligroso», o, cuando deseamos perseguir la vida que queremos y las personas que nos rodean, y que son importantes para nosotros, nos dicen: «no, porque puede pasar algo negativo y diferente a lo deseado».

Aunque, es importante aclarar que lo hacen desde el amor y el cuidado, el no, de alguna manera significa impedimento en nuestra vida y, esa imposibilidad para hacer las cosas, nos deja sentir incapaces.

Así, nos acostumbramos a sentir temor ante lo desconocido, deseamos quedarnos en lo que parece seguro y, por si fuera poco, aprendemos a desconfiar de nosotros mismos.

Si desconfiamos de nuestras propias capacidades y posibilidades de lograr algo, ¿cómo podemos confiar en las posibilidades de los demás?

Nuestra actitud frente al otro puede generar un reflejo de cómo nos está percibiendo.

Para poder tener fe en los demás, es importante primero tener fe en nosotros mismos. La falta de confianza en nosotros implica desconfiar de los demás. Y, lo anterior no quiere decir que existan personas que tienen malas intenciones, no obstante, lo que nosotros mostramos a los demás es significativo para lo que ellos nos muestran a nosotros.

Cuando nos mostramos con miedo al acercarnos a una persona, esa persona lo percibe y, desde su propia inseguridad, nuestra forma de actuar le genera inseguridad pues, ¿por qué deberíamos tener miedo si no tenemos malas intenciones?

Cuando no tenemos confianza en nosotros mismos, proyectamos esa falta de confianza en los demás. Y, si bien es cierto que las negativas que recibimos en nuestra infancia (si no las hemos reconocido y conscientizado), seguirá teniendo un efecto en nuestra persona, existen otros factores que nos pueden generar desconfianza.

Como el miedo a que pasen cosas (que se relaciona mucho con las negativas que recibimos de niños frente al temor que pasara algo). El sentimiento de inutilidad (que puede ir relacionado con el «no hagas esto porque luego lo echas a perder). El no saber cómo hacer algo (porque no lo hemos aprendido y, quizá, no lo hemos aprendido por el temor a lo que pueda suceder), entre otros elementos.

Algunas estrategias para hacer cambios

Antes de cualquier cosa, es importante aprender a identificar en qué aspectos podemos ser personas desconfiadas. La confianza no es algo total, ni permanente. Es decir, no siempre seremos personas con falta de confianza personal, y no en todo somos personas desconfiadas.

Existen ámbitos de nuestra vida en la que somos confiado, debido a la práctica que ya tenemos en ello. Así mismo, existen áreas en las que nos hace falta practicar. De hecho, en parte, la desconfianza tiene que ver con la falta de habilidad y, aunque en ocasiones es importante aceptarla, en otras, es muy valioso aprender a actuar.

Otro elemento clave, es descubrir los «no» en nuestra vida, especialmente aquellos que fueron hechos por personas importantes, y resignificarlos desde la consciencia.

Además, es importante aprender a ver nuestras cualidades personales y centrarnos en ellas., y poner menos atención en nuestros defectos.

Así mismo, un punto clave es amarnos a nosotros mismos y sabernos aprendices de la vida. Si quieres aprender más de esto, te invito a leer mi ebook o escuchar mi audiolibro «Inamorarte: el arte de enamorarte de ti», que está tambien disponible en curso.

Conclusión

Personalmente, creo que la fe en las personas es un acto de rebeldía contra la desconfianza que suele formar parte de nuestra manera de ver el mundo. Es una elección que debemos hacer para mirar más allá de las apariencias y de creer en aquello que podemos hacer como seres humanos.

Y, aunque no siempre es sencillo, es importante hacer lo que nos toca como personas para comenzar el cambio que requerimos pues, si todos dentro de la sociedad somos personas desconfiadas, difícilmente vamos a poder construir un mundo mejor.

La fe, al final de cuentas significa aprender a confiar en que las cosas son posibles, en función de lo que es mejor para nosotros. Aunque, no podemos confiar en los demás, si primero no confiamos en nosotros mismos.

Deja un comentario