El ser humano es libre. Nace y se hace libre conforme toma decisiones que lo conducen a vivir las consecuencias de sus actos, independientemente de si éstas le resultan agradables o no. La libertad consiste precisamente en asumir la responsabilidad de cada elección, sin importar si nos gustan o no las consecuencias.
Jean-Paul Sartre decía: “Estamos condenados a ser libres”. Y es que esa condena no es una opción. Nos acompaña queramos o no, aunque a veces intentemos negarla.
En ocasiones, evitamos asumir nuestra libertad cuando permitimos que otros decidan por nosotros: seguimos un consejo sin cuestionarlo o delegamos completamente la decisión. En otras, nos desentendemos de nuestras elecciones, negando nuestra responsabilidad: buscamos excusas o culpables externos para justificar lo que hacemos.
Decimos:
- “No fui yo, fue el alcohol” (aunque yo decidí beber).
- “Si no lo hacía, me iban a correr del trabajo” (aunque mi miedo a perderlo fue también una elección).
- “No tenía dinero” (pero tampoco hice nada por conseguirlo).
- “De niño me pegaban y crecí inseguro y violento” (pero ahora soy adulto y puedo tomar las riendas de mi vida).
Asumir la responsabilidad frente a la vida implica hacernos cargo de nuestras decisiones cotidianas, en lugar de culpar a otras personas o circunstancias. Para ello, es esencial abandonar el victimismo.
El papel de víctima es una actitud aprendida. Desde pequeños, se nos enseña a responsabilizar a los demás de lo que sentimos y hacemos, y así crecemos creyendo que el mundo debe cambiar para que nosotros estemos bien.
Cuando un niño nos hace mala cara y nos ofendemos, actuamos como víctimas.
Cuando un compañero de trabajo no saluda y nos molesta, volvemos a ser víctimas.
Incluso cuando un anuncio comercial nos irrita, estamos entregando nuestra libertad emocional a algo externo.
Mientras nos comportemos como víctimas, no podremos asumir la responsabilidad de nuestra vida. Y mientras intentemos controlar lo que está fuera de nosotros, seguiremos perdiendo nuestra libertad.
Si deseamos vivir con mayor plenitud, debemos reconocernos como actores de nuestras circunstancias. No siempre podemos cambiar lo que sucede, pero sí podemos elegir cómo respondemos. Ahí radica la verdadera libertad.
En medio de todo lo que no depende de nosotros, siempre existe un margen de elección: decidir qué hacer, cómo reaccionar y qué sentido dar a lo que ocurre. Somos responsables de esas decisiones y de las consecuencias que generan.
Frente a la falta de respeto de alguien, puedo elegir ofenderme o mantener la calma; frente a la lluvia, puedo salir o quedarme en casa. Cada decisión tiene implicaciones, pero si reconozco que elegí y asumo mi elección, actúo con libertad. En cambio, si me quejo y me presento como víctima de las circunstancias, dejo de ser libre.
Quiero cerrar con una frase de Victoria Camps, en El gobierno de las emociones, que resume esta reflexión:
“La libertad se ha desprendido de la responsabilidad; aquella se ha convertido en el valor supremo, pero no ha ocurrido lo mismo con la responsabilidad. No nos damos cuenta de que no puede haber una sociedad libre sin autonomía individual, y no puede haber una sociedad sostenible que descanse solo en la autonomía”.