Si hablamos de iniciar un largo recorrido, de miles de kilómetros quizá, desde el momento en que lo imaginamos ya nos estamos anticipando a todas las posibilidades, incluso a que nos dé flojera iniciar el viaje.
La época contemporánea se caracteriza por la velocidad y la impaciencia.
Por una parte, con mucha facilidad accedemos a diferentes cosas: compras con un clic —que antes tardaban en llegar y que ahora lo hacen en menos tiempo si son físicas; si son digitales, accedemos a ellas de manera inmediata—, capítulos completos de series que nos enganchan y por los que no hay que esperar para saber qué sucede, música que acaba de salir, películas que se estrenan y una gran cantidad de contenidos disponibles al instante.
Además, la velocidad con la que solemos vivir nuestro día a día, nuestras semanas y nuestros meses, nos habla de una sociedad permanentemente ocupada. Por ello, muchas veces tenemos la sensación de que el tiempo transcurre cada vez más rápido.

Asimismo, la satisfacción de diferentes necesidades se ha vuelto inmediata: comida rápida, medios de transporte más veloces, videollamadas, mensajería instantánea, resultados médicos que llegan en menos tiempo, entre muchas otras cosas.
Lo anterior, en gran medida, ha incrementado la impaciencia. Cada vez queremos resultados más rápidos, incluso en aquellos ámbitos de la vida que, por naturaleza, requieren tiempo, esfuerzo y dedicación.
Por otra parte, los medios de comunicación, a través de diferentes plataformas, promueven estilos de vida y formas de proyección social. En ellos se nos muestran ideales de éxito que no necesariamente corresponden a la realidad, pero que, al hacernos partícipes de ellos, terminamos creyendo que son los modelos a seguir.
De tal manera que, muchas veces, no vemos ese primer paso que las personas tuvieron que dar para estar en el lugar en el que hoy se encuentran.
Con frecuencia nos enfocamos en pensar en grande, pero pocas veces nos percatamos de que ello implica iniciar. Que los comienzos no se dan de manera abrupta, sino que forman parte de algo pequeño que, a través de la constancia, se va acrecentando.
En este sentido, resulta importante recordar que toda formación es un proceso. Nadie aprende una profesión en un día, nadie domina un arte de manera inmediata y nadie construye una vida significativa de la noche a la mañana. La educación misma nos recuerda que el crecimiento ocurre paso a paso y que cada aprendizaje se sostiene sobre el anterior.
Es importante recordar que todas las grandes cosas iniciaron siendo pequeñas y, quizá, un buen ejemplo de ello son los árboles, que comenzaron siendo una semilla y que, con el paso del tiempo, alcanzaron una gran altura.

A veces, dar el primer paso es el primer elemento necesario para construir algo grande. Sin embargo, cabe destacar que no solo se trata de dar ese paso, sino de mantener la constancia y saber hacia dónde queremos dirigir nuestro camino. De esa manera, ante la adversidad que el sendero nos presente, podremos elegir qué hacer y cómo sortear los obstáculos.
Quizá una de las grandes enseñanzas que podemos recuperar en una época caracterizada por la inmediatez es que las cosas valiosas suelen requerir tiempo. Aprender, educarse, construir una vocación, desarrollar una habilidad o darle dirección a la propia vida son tareas que no se resuelven de manera instantánea.
Por ello, más que obsesionarnos con la meta, conviene aprender a valorar el proceso. Después de todo, aquello que hoy admiramos como algo grande, alguna vez fue apenas un primer paso.