Vivimos un momento histórico en el que la facilidad para producir nos ha hecho creer, a través del consumismo, que el valor de las cosas —e incluso de las personas— reside en sus posibilidades materiales. Bajo esta lógica, hemos asumido que tener nos hace valer, que aquello que acumulamos determina quiénes somos. Sin embargo, en ese proceso, terminamos dándole más valor a lo que, en el fondo, vale menos.
Así, casi sin cuestionarlo, intercambiamos nuestro tiempo por dinero, dinero por bienes materiales y bienes materiales por una idea de felicidad. El problema no está en los objetos en sí, sino en el lugar que les damos. Porque mientras el dinero, el estatus y los bienes pueden recuperarse, hay algo que no: el tiempo. Ese se desvanece y no regresa, salvo en forma de recuerdo.
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