Camino a la montaña

Muy temprano sonó la alarma de mi teléfono. Estaba emocionada de saber que asistiría con una de mis amigas a la montaña: despejar la mente, tomar aire fresco, convivir y hacer contacto con la naturaleza.

Me puse de pie a eso de las 5:00 de la mañana para estar preparada en el momento en el que pasaran por mí.

Fue aproximadamente media hora después, recién me había terminado de colocarme la gorra, que el claxon del carro de mi amiga sonó. Me asomé por la ventana de mi cuarto y ahí estaba ella mirando por la ventanilla.

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El limosnero y los tres solidarios

Por las calles del centro de la ciudad, un limosnero, desde hacía varios años, se sentaba a pedir a quienes pasaban por su acera una monedita que le ayudara a sobrevivir.  

Aquel viejo limosnero, algún tiempo atrás, había servido como uno de los mejores obreros en una de las fábricas más importantes de su ciudad, pero la desgracia en su vida personal apareció: se enamoró de una mujer: de sus bellos ojos, su delgadez extrema, su piel canela y su sonrisa. Luego, lo dejó por otro más joven, sin embargo, él había abandonado a su mujer y a sus hijos por ella; desperdició su poca fortuna en intentar complacerla.  

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Perdido en la noche

Dormía profundamente cuando a lo lejos escuché el vibrador del teléfono sonando de manera abrupta.

Me levanté de la cama somnoliento; con un agrio sabor en la boca y los ojos casi cerrados.

«Amanda». Decía el teléfono.

–¿Sí? –dije con cierta angustia –. ¿Está todo bien? –El teléfono del otro lado se quedó en silencio –. ¡Amanda! ¿Estás bien? –repetí.

–¡Lucio! –Se escuchó del otro lado del teléfono –. ¡Estoy perdida!¡Ven por mí!
¡Por favor! –me dijo con un tono de susto.

–Sí claro. ¿En dónde estás? –pregunté de inmediato al mismo tiempo que buscaba
un pantalón y la camisa del día anterior para ponérmela y salir a su encuentro.

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Y sin darme cuenta…

–¡Muchas felicidades hija! –dijo mi madre al mismo tiempo que me extendía una caja forrada. Yo me levanté emocionada; más por la caja que por la felicitación.

–¡Gracias má’! –respondí al mismo tiempo que me levantaba de mi cama para darle un abrazo y recibir el regalo que, sospechaba, era un teléfono móvil que desde hacía algún tiempo le venía pidiendo.

Mi madre sonrió, me regresó el abrazo y luego se sentó a un lado de mi cama a observar que abriera mi regalo.

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El retrato de la abuela

Era muy temprano todavía cuando mamá me despertó.

-¡Apúrate que hoy te vas a quedar en casa de tu abuela! Yo me tengo que ir a trabajar y no hay con quién te quedes.

-Son las 8:00 de la mañana.

-¡Date prisa!Que si no, no llego a mi trabajo.

Realmente para mí era muy temprano. En vacaciones solía despertarme a las 12:00 de la tarde, aunque, efectivamente, mi madre se quedaba en casa todo el día porque también había tenido vacaciones.

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