Deja de ser víctima: la libertad nace con la responsabilidad

El ser humano es libre. Nace y se hace libre conforme toma decisiones que lo conducen a vivir las consecuencias de sus actos, independientemente de si éstas le resultan agradables o no. La libertad consiste precisamente en asumir la responsabilidad de cada elección, sin importar si nos gustan o no las consecuencias.

Jean-Paul Sartre decía: “Estamos condenados a ser libres”. Y es que esa condena no es una opción. Nos acompaña queramos o no, aunque a veces intentemos negarla.

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Agradecer lo que no elegimos

 ¿Alguna vez te ha sucedido que pasan cosas que no deseabas? Seguramente sí. Y duele. Especialmente cuando hemos hecho expectativas acerca de ello y no salieron de la manera en que esperábamos, ya sea por cuestiones propias o que no dependieron de nosotros.

Hacer expectativas es una característica humana, pues como personas tenemos la capacidad de pensar y, en dicha capacidad, está generar pensamientos a futuro.

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Actuar en concordancia con la naturaleza: la serenidad de prepararse antes de actuar

Vivimos en un mundo donde casi todo ocurre deprisa. Nos levantamos con el tiempo contado, respondemos mensajes al mismo ritmo que respiramos y emprendemos actividades sin detenernos a pensar en su verdadero sentido. Ese ir y venir sin pausa termina por desgastarnos y nos hace sentir que no tenemos el control de nada.

Pero la verdad es que no necesitamos controlar todo lo que sucede para vivir con serenidad. A veces basta con hacer una pausa antes de comenzar. Reflexionar sobre la esencia de lo que vamos a realizar y visualizar lo que podría suceder es un hábito sencillo, casi invisible, pero con un poder enorme para transformar la forma en que vivimos cada experiencia.

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Optimismo consciente: entre la felicidad real y el falso brillo

Vivimos en un mundo saturado de imágenes perfectas y mensajes que nos invitan a creer que la vida debe ser siempre alegre y sin complicaciones. Las redes sociales, la publicidad y la cultura del consumismo nos venden la idea de que todo debe ser bonito, rápido y fácil, generando expectativas poco realistas sobre lo que significa ser feliz.

Esta presión constante nos lleva a compararnos con modelos irreales de éxito y alegría, provocando frustración y descontento. La felicidad, entonces, se convierte en un ideal que parece alcanzable solo si seguimos al pie de la letra lo que dicta la sociedad del consumo.

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