Refugiados en Granaditas

—¡Apúrate! —gritó mi madre desesperada —. ¡Apúrate que ya vienen esos desgraciados! —se asomó gritando en la parte inferior de las escaleras; su rostro mostraba pánico.

Sin decir mucho bajé de las escaleras de inmediato. Quería tomar una de las muñecas de trapo que Nana Juanita había tejido para mí, sin embargo, cuando vi que mi madre subía a toda prisa, me di cuenta que ya no me daría tiempo.

Salimos corriendo de casa rumbo a la Alhóndiga de Granaditas. Mi madre me tomaba de la mano mientras Nana Juanita, la criada de la casa, venía cargando a mi hermano de tres años y en la otra mano a mi hermana de cinco.

En las calles se respiraba angustia; los rostros de las mujeres, niños y algunos ancianos abrían grandes sus ojos; alguna que otra lágrima se dejaba entre ver; y todos corrían desesperados intentando llevar algunas de sus cosas de valor con ellos.  Todos corríamos con desesperación hacia el viejo granero en donde el Intendente Riaño nos había indicado que podíamos refugiarnos.

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