Sin rumbo

El sueño se le había esfumado. Eran aproximadamente las 4:06 de la mañana. La noche había sido muy corta, pues desde que se recostó alrededor de las 11:40 del día anterior, no había podido descansar. Entre el calor que hacía en su dormitorio y las preocupaciones, los ojos no le habían cerrado para tener un buen descanso.  

Se puso de pie, pues ya no sentía que tuviera algún sentido que estuviera de recostada. Se estiró durante medio minuto y luego se volvió a recostar.  

Pensó en tomar el teléfono móvil para ver si tenía alguna notificación en alguna red social. Luego recordó que últimamente no tenía mucha comunicación con alguien en especial; o no con alguna persona de la que le interesara saber.

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Mientras miraba la televisión

La tarde había caído y el cansancio apareció sin siquiera darme cuenta. Tomé del refrigerador un refresco de limón y me dispuse a ver la televisión; nada bueno que ver.

Mis padres, de momento, habían decidido que la mejor forma de castigarme era cancelando las suscripción a Netflix y quitando el Internet, pues según la maestra de Matemáticas me la pasaba hablando de series todo el tiempo; pero de las asignaturas de la escuela, ni hablo ni muestro interés.

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El limosnero y los tres solidarios

Por las calles del centro de la ciudad, un limosnero, desde hacía varios años, se sentaba a pedir a quienes pasaban por su acera una monedita que le ayudara a sobrevivir.  

Aquel viejo limosnero, algún tiempo atrás, había servido como uno de los mejores obreros en una de las fábricas más importantes de su ciudad, pero la desgracia en su vida personal apareció: se enamoró de una mujer: de sus bellos ojos, su delgadez extrema, su piel canela y su sonrisa. Luego, lo dejó por otro más joven, sin embargo, él había abandonado a su mujer y a sus hijos por ella; desperdició su poca fortuna en intentar complacerla.  

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Y sin darme cuenta…

–¡Muchas felicidades hija! –dijo mi madre al mismo tiempo que me extendía una caja forrada. Yo me levanté emocionada; más por la caja que por la felicitación.

–¡Gracias má’! –respondí al mismo tiempo que me levantaba de mi cama para darle un abrazo y recibir el regalo que, sospechaba, era un teléfono móvil que desde hacía algún tiempo le venía pidiendo.

Mi madre sonrió, me regresó el abrazo y luego se sentó a un lado de mi cama a observar que abriera mi regalo.

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