El piano de la abuela

—Disculpe, ¿qué precio tiene este cuadernillo de partituras? —preguntó Noelle al viejo tendero.

—Permítame revisarlo —indicó el viejo al mismo tiempo que tomaba sus anteojos viejo y los colocaba en su rostro —. ¿Qué es esto? —preguntó inquietante —, no lo había visto por acá. Aunque, como sabrá —dijo sonriendo— esta tienda es de vejestorios y antigüedades, incluyendo al viejo Rafael —comentó nuevamente mostrando un sonrisa al mismo tiempo que revisaba entre sus manos un cuaderno de piel maltratada.

Noella sonrió. Miró al rededor de la tienda todo lo que había. Era una tienda de cosas usadas, antiguas y que, algunas personas consideraban que podían ser basura aunque, para muchas otras, eran de gran valor; especialmente aquellas que por añoranza les traían recuerdos. Para ella, tocar el piano que su abuela le había dejado era una maravilla y, tener entre sus manos un viejo cuaderno de partituras le parecía increíble.

—Pues mira —dijo el viejo Rafael —, este cuaderno no lo había visto antes, entonces, no le he podido poner un precio. ¿Te parece justo darme $200 pesos? —preguntó inquietante —. Bueno, dame solo $150 pesos.

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Refugiados en Granaditas

—¡Apúrate! —gritó mi madre desesperada —. ¡Apúrate que ya vienen esos desgraciados! —se asomó gritando en la parte inferior de las escaleras; su rostro mostraba pánico.

Sin decir mucho bajé de las escaleras de inmediato. Quería tomar una de las muñecas de trapo que Nana Juanita había tejido para mí, sin embargo, cuando vi que mi madre subía a toda prisa, me di cuenta que ya no me daría tiempo.

Salimos corriendo de casa rumbo a la Alhóndiga de Granaditas. Mi madre me tomaba de la mano mientras Nana Juanita, la criada de la casa, venía cargando a mi hermano de tres años y en la otra mano a mi hermana de cinco.

En las calles se respiraba angustia; los rostros de las mujeres, niños y algunos ancianos abrían grandes sus ojos; alguna que otra lágrima se dejaba entre ver; y todos corrían desesperados intentando llevar algunas de sus cosas de valor con ellos.  Todos corríamos con desesperación hacia el viejo granero en donde el Intendente Riaño nos había indicado que podíamos refugiarnos.

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La llamada de los deseos cumplidos

«Tic, tac. Tic, tac». Se escucha en el fondo de la habitación de Elena el reloj que, en unos minutos más estará a punto de sonar para indicarle que es el momento de dar inicio a su día, y con ello, a las actividades laborales que poco le agradan.

«Ring» «Ring» «Ring». Suena el teléfono celular. Con los párpados casi pegados, se pone de pie y ve en el identificador de llamadas un teléfono desconocido. Decide no responder y darse la media vuelta para recostarse nuevamente. Sin embargo, ahora es el reloj despertador el que la obliga a ponerse de pie.

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El viaje escolar

«Ringgg», «Ringgg». Escuché el teléfono sonar.

—¡Sí! ¿Quién habla? —pregunté un tanto adormilado.

—Mi novio. Mi novio está encerrado en la cárcel —dijo la voz de mi amiga, entrezollosos. Yo aún me sentía aturdido. —Lo encerraron por serme infiel.

En ese momento desperté. Todo había sido un sueño; un mal sueño en el que mi amiga estaba sufriendo. Me quedé pensando en ella por unos minutos. Al poco rato el despertador sonó.

—Apaga eso —respondió uno de mis compañeros de clase y de cuarto que, en ese momento debido al viaje escolar compartía conmigo dormitorio. Me desperté, más por el susto del sueño que por el despertador y pregunté:

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Los botes de aceitunas

—¡Vas a entrar a la tienda de la esquina! —ordenó la voz del otro lado del auricular —. Llegas al pasillo donde están las semillas. En donde están los botes de aceitunas, buscarás 3 que están marcados en la tapa con un color rojizo. Los tomas, los pagas y, cuando estés en un lugar seguro los abres, sacas lo que hay dentro y se lo entregas al jefe. ¿¡Entendido!? —preguntó con seriedad. El joven que estaba en la llamada tragó saliva con lentitud, asintió con la cabeza —¿¡Entendiste lo que tienes que hacer!? —cuestionó nuevamente la gruesa voz del otro lado del teléfono. 

—S… sí. S…sí. Lo he comprendido —respondió al mismo tiempo que sus piernas tiritaban levemente. 

La llamada se colgó en ese momento. 

El joven tomó un respiro profundo y se dirigió a la tienda en la que le había indicado. Tenía poco tiempo de que la habían abierto y, las aceitunas no son de uso frecuente y diario. Así que tenía la esperanza de encontrar el paquete que le habían ordenado. 

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