–¿Ya llegamos? –musitó angustiada Roberta.
–¡Ya! Bueno, estamos cerca –le respondió, casi en silencio el pollero[1] –. Es cuestión de unos cuantos kilómetros. Deberán estar pendientes. Falta poco.

Luego, las cuatro personas que iban con ellos sintieron que el camión de carga en el que iban comenzaba a bajar su velocidad.
–¿Qué sucede? –preguntó uno de los jóvenes cuyo sueño era pasar del otro lado para poder trabajar como mesero y enviar a su familia en el Estado de Guerrero un dinerito que les ayudará a subsistir. –¿Ya llegamos?
–¡No! Ahora guarden silencio –indicó el pollero. Un tipo alto, delgado, de barbas largas y cabello recortado tipo militar, nacionalizado mexicano pero de origen estadounidense.
El carro de carga en el que iban se detuvo.
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