Mientras miraba la televisión

La tarde había caído y el cansancio apareció sin siquiera darme cuenta. Tomé del refrigerador un refresco de limón y me dispuse a ver la televisión; nada bueno que ver.

Mis padres, de momento, habían decidido que la mejor forma de castigarme era cancelando las suscripción a Netflix y quitando el Internet, pues según la maestra de Matemáticas me la pasaba hablando de series todo el tiempo; pero de las asignaturas de la escuela, ni hablo ni muestro interés.

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El primer día de clases presenciales después de la pandemia.

Se despertó muy temprano —justo cuando sonó el despertador—. Pues estaba muy emocionada; sería su primer día en el colegio después varios meses de no haber asistido; ahora volvería a ver a todos sus compañeros en persona –pues aunque había visto a algunos, la convivencia entre todos sus amigos del aula no había sido posible por mucho tiempo–, probablemente, algunos de ellos ya estarían mucho más altos que ella.

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Lista o no, ¡ahí voy!

–Uno, dos, tres, cuatro… –cuenta Mariana –, cinco, seis, siete…Ya falta poco para llegar a diez –. Interrumpe. Luego, continúa contando–, ocho, nueve, diez. ¡Lista o no, ahí voy! –indica y sale corriendo a buscar a su compañerita de juego.

Comienza a buscar debajo de uno de los carros de los vecinos. No hay nadie. Sale corriendo rumbo a uno de los árboles cercano en donde suele esconderse ella; pero tampoco hay nadie. Se detiene a pensar por un momento y vuelve a correr nuevamente. Luego se encuentra con una de las vecinas y aprovecha para preguntarle, aunque sabe que, de alguna manera está haciendo trampa, pero poco le importa, ella quiere encontrar a su amiguita recién escondida.

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El retrato de la abuela

Era muy temprano todavía cuando mamá me despertó.

-¡Apúrate que hoy te vas a quedar en casa de tu abuela! Yo me tengo que ir a trabajar y no hay con quién te quedes.

-Son las 8:00 de la mañana.

-¡Date prisa!Que si no, no llego a mi trabajo.

Realmente para mí era muy temprano. En vacaciones solía despertarme a las 12:00 de la tarde, aunque, efectivamente, mi madre se quedaba en casa todo el día porque también había tenido vacaciones.

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La maceta de la entrada

Llegué un poco tarde a casa; o quizá muy temprano… 

Eran las 7:00 de la mañana. Había salido con un par de amigas desde la tarde-noche del día anterior. Nuestra intención era ir por un par de copas a un bar, platicar y, probablemente conocer gente; no para algo casual; tampoco para algo formal. Simplemente ver caras diferentes.  

–¡Ey! Toña, por acá estamos –me gritaron desde una de las mesas del fondo. Luego, luego las reconocí: a Juli por sus cabelleras largas y despeinadas, su piel morena y sus pantalones acampanados; a Roberta por su piel blanca, su sonrisa de oreja a oreja y sus cabellos largos y chinos.  

Saludé y de inmediato me dirigí hacía la mesa en donde me esperaban ambas con una cerveza.  

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