En el tráfico

—¡Apúrense hijos! —gritó Juana con desesperación —. ¡Que se nos va a hacer tarde para llegar a la casa! ¡Su papá ya nos está esperando!

Los niños se echaron por la resbaladilla una vez más y luego corrieron a donde estaba su madre. Luego, ella les abrió la puerta trasera del auto para que se subieran.

—Ay hijos. ¡Ven por qué no me gusta traerlos! Luego no me obedecen. Ya es tarde y su papá ya nos va a estar esperando para cenar —dijo a manera de reclamo. Ambos pequeños, uno de 6 y el otro de 8 se sonrieron entre ellos.

Giró la llave del automóvil para encenderlo. Volvió a girarla. Intentó nuevamente pero éste no daba marcha. Mientras sus dos pequeños en la parte de atrás comenzaban a empujarse entre ellos.

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Artemio el pescador

–Jacinto, vente pa’ ‘ca –indicó su padre.

      Eran aproximadamente las cinco de la mañana cuando don Artemio y Jacinto –el hijo mayor– se habían levantado para iniciar su jornada de pesca. Artemio tomó la lancha, que desde hacía varios años le había servido como medio de transporte, la echó al agua, tomó su red y le indicó nuevamente a su hijo que subiera.

–‘Apa–respondió Jacinto–esa lancha ya tiene hoyo, no nos vaigamos a hundir.

–¡Cómo crees! Chamaco iluso, esta lancha me ha sido de utilidad durante años. Además, ¿cómo quieres tú que comamos si no salimos a pescar en esto?

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Sin rumbo

El sueño se le había esfumado. Eran aproximadamente las 4:06 de la mañana. La noche había sido muy corta, pues desde que se recostó alrededor de las 11:40 del día anterior, no había podido descansar. Entre el calor que hacía en su dormitorio y las preocupaciones, los ojos no le habían cerrado para tener un buen descanso.  

Se puso de pie, pues ya no sentía que tuviera algún sentido que estuviera de recostada. Se estiró durante medio minuto y luego se volvió a recostar.  

Pensó en tomar el teléfono móvil para ver si tenía alguna notificación en alguna red social. Luego recordó que últimamente no tenía mucha comunicación con alguien en especial; o no con alguna persona de la que le interesara saber.

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Entre la vida y la frontera

–¿Ya llegamos? –musitó angustiada Roberta.

–¡Ya! Bueno, estamos cerca –le respondió, casi en silencio el pollero[1] –. Es cuestión de unos cuantos kilómetros. Deberán estar pendientes. Falta poco.

La migración para muchas personas se vuelve una necesidad. Tener que dejar a su familia y a las personas que quieren para ir en la búsqueda de una mejor calidad de vida, no solo se ve en varones, sino también en mujeres. Este relato habla de los riesgos de la migración. Adéntrate en este apasionante tema con un toque de suspenso.

   Luego, las cuatro personas que iban con ellos sintieron que el camión de carga en el que iban comenzaba a bajar su velocidad.

–¿Qué sucede? –preguntó uno de los jóvenes cuyo sueño era pasar del otro lado para poder trabajar como mesero y enviar a su familia en el Estado de Guerrero un dinerito que les ayudará a subsistir.  –¿Ya llegamos?

–¡No! Ahora guarden silencio –indicó el pollero. Un tipo alto, delgado, de barbas largas y cabello recortado tipo militar, nacionalizado mexicano pero de origen estadounidense.

     El carro de carga en el que iban se detuvo.

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Mientras miraba la televisión

La tarde había caído y el cansancio apareció sin siquiera darme cuenta. Tomé del refrigerador un refresco de limón y me dispuse a ver la televisión; nada bueno que ver.

Mis padres, de momento, habían decidido que la mejor forma de castigarme era cancelando las suscripción a Netflix y quitando el Internet, pues según la maestra de Matemáticas me la pasaba hablando de series todo el tiempo; pero de las asignaturas de la escuela, ni hablo ni muestro interés.

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