El limosnero y los tres solidarios

Por las calles del centro de la ciudad, un limosnero, desde hacía varios años, se sentaba a pedir a quienes pasaban por su acera una monedita que le ayudara a sobrevivir.  

Aquel viejo limosnero, algún tiempo atrás, había servido como uno de los mejores obreros en una de las fábricas más importantes de su ciudad, pero la desgracia en su vida personal apareció: se enamoró de una mujer: de sus bellos ojos, su delgadez extrema, su piel canela y su sonrisa. Luego, lo dejó por otro más joven, sin embargo, él había abandonado a su mujer y a sus hijos por ella; desperdició su poca fortuna en intentar complacerla.  

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Y sin darme cuenta…

–¡Muchas felicidades hija! –dijo mi madre al mismo tiempo que me extendía una caja forrada. Yo me levanté emocionada; más por la caja que por la felicitación.

–¡Gracias má’! –respondí al mismo tiempo que me levantaba de mi cama para darle un abrazo y recibir el regalo que, sospechaba, era un teléfono móvil que desde hacía algún tiempo le venía pidiendo.

Mi madre sonrió, me regresó el abrazo y luego se sentó a un lado de mi cama a observar que abriera mi regalo.

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