Camino a la montaña

Muy temprano sonó la alarma de mi teléfono. Estaba emocionada de saber que asistiría con una de mis amigas a la montaña: despejar la mente, tomar aire fresco, convivir y hacer contacto con la naturaleza.

Me puse de pie a eso de las 5:00 de la mañana para estar preparada en el momento en el que pasaran por mí.

Fue aproximadamente media hora después, recién me había terminado de colocarme la gorra, que el claxon del carro de mi amiga sonó. Me asomé por la ventana de mi cuarto y ahí estaba ella mirando por la ventanilla.

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Y sin darme cuenta…

–¡Muchas felicidades hija! –dijo mi madre al mismo tiempo que me extendía una caja forrada. Yo me levanté emocionada; más por la caja que por la felicitación.

–¡Gracias má’! –respondí al mismo tiempo que me levantaba de mi cama para darle un abrazo y recibir el regalo que, sospechaba, era un teléfono móvil que desde hacía algún tiempo le venía pidiendo.

Mi madre sonrió, me regresó el abrazo y luego se sentó a un lado de mi cama a observar que abriera mi regalo.

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Lista o no, ¡ahí voy!

–Uno, dos, tres, cuatro… –cuenta Mariana –, cinco, seis, siete…Ya falta poco para llegar a diez –. Interrumpe. Luego, continúa contando–, ocho, nueve, diez. ¡Lista o no, ahí voy! –indica y sale corriendo a buscar a su compañerita de juego.

Comienza a buscar debajo de uno de los carros de los vecinos. No hay nadie. Sale corriendo rumbo a uno de los árboles cercano en donde suele esconderse ella; pero tampoco hay nadie. Se detiene a pensar por un momento y vuelve a correr nuevamente. Luego se encuentra con una de las vecinas y aprovecha para preguntarle, aunque sabe que, de alguna manera está haciendo trampa, pero poco le importa, ella quiere encontrar a su amiguita recién escondida.

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El retrato de la abuela

Era muy temprano todavía cuando mamá me despertó.

-¡Apúrate que hoy te vas a quedar en casa de tu abuela! Yo me tengo que ir a trabajar y no hay con quién te quedes.

-Son las 8:00 de la mañana.

-¡Date prisa!Que si no, no llego a mi trabajo.

Realmente para mí era muy temprano. En vacaciones solía despertarme a las 12:00 de la tarde, aunque, efectivamente, mi madre se quedaba en casa todo el día porque también había tenido vacaciones.

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La maceta de la entrada

Llegué un poco tarde a casa; o quizá muy temprano… 

Eran las 7:00 de la mañana. Había salido con un par de amigas desde la tarde-noche del día anterior. Nuestra intención era ir por un par de copas a un bar, platicar y, probablemente conocer gente; no para algo casual; tampoco para algo formal. Simplemente ver caras diferentes.  

–¡Ey! Toña, por acá estamos –me gritaron desde una de las mesas del fondo. Luego, luego las reconocí: a Juli por sus cabelleras largas y despeinadas, su piel morena y sus pantalones acampanados; a Roberta por su piel blanca, su sonrisa de oreja a oreja y sus cabellos largos y chinos.  

Saludé y de inmediato me dirigí hacía la mesa en donde me esperaban ambas con una cerveza.  

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