El viaje escolar

«Ringgg», «Ringgg». Escuché el teléfono sonar.

—¡Sí! ¿Quién habla? —pregunté un tanto adormilado.

—Mi novio. Mi novio está encerrado en la cárcel —dijo la voz de mi amiga, entrezollosos. Yo aún me sentía aturdido. —Lo encerraron por serme infiel.

En ese momento desperté. Todo había sido un sueño; un mal sueño en el que mi amiga estaba sufriendo. Me quedé pensando en ella por unos minutos. Al poco rato el despertador sonó.

—Apaga eso —respondió uno de mis compañeros de clase y de cuarto que, en ese momento debido al viaje escolar compartía conmigo dormitorio. Me desperté, más por el susto del sueño que por el despertador y pregunté:

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Los botes de aceitunas

—¡Vas a entrar a la tienda de la esquina! —ordenó la voz del otro lado del auricular —. Llegas al pasillo donde están las semillas. En donde están los botes de aceitunas, buscarás 3 que están marcados en la tapa con un color rojizo. Los tomas, los pagas y, cuando estés en un lugar seguro los abres, sacas lo que hay dentro y se lo entregas al jefe. ¿¡Entendido!? —preguntó con seriedad. El joven que estaba en la llamada tragó saliva con lentitud, asintió con la cabeza —¿¡Entendiste lo que tienes que hacer!? —cuestionó nuevamente la gruesa voz del otro lado del teléfono. 

—S… sí. S…sí. Lo he comprendido —respondió al mismo tiempo que sus piernas tiritaban levemente. 

La llamada se colgó en ese momento. 

El joven tomó un respiro profundo y se dirigió a la tienda en la que le había indicado. Tenía poco tiempo de que la habían abierto y, las aceitunas no son de uso frecuente y diario. Así que tenía la esperanza de encontrar el paquete que le habían ordenado. 

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Entre la vida y la frontera

–¿Ya llegamos? –musitó angustiada Roberta.

–¡Ya! Bueno, estamos cerca –le respondió, casi en silencio el pollero[1] –. Es cuestión de unos cuantos kilómetros. Deberán estar pendientes. Falta poco.

La migración para muchas personas se vuelve una necesidad. Tener que dejar a su familia y a las personas que quieren para ir en la búsqueda de una mejor calidad de vida, no solo se ve en varones, sino también en mujeres. Este relato habla de los riesgos de la migración. Adéntrate en este apasionante tema con un toque de suspenso.

   Luego, las cuatro personas que iban con ellos sintieron que el camión de carga en el que iban comenzaba a bajar su velocidad.

–¿Qué sucede? –preguntó uno de los jóvenes cuyo sueño era pasar del otro lado para poder trabajar como mesero y enviar a su familia en el Estado de Guerrero un dinerito que les ayudará a subsistir.  –¿Ya llegamos?

–¡No! Ahora guarden silencio –indicó el pollero. Un tipo alto, delgado, de barbas largas y cabello recortado tipo militar, nacionalizado mexicano pero de origen estadounidense.

     El carro de carga en el que iban se detuvo.

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Camino a la montaña

Muy temprano sonó la alarma de mi teléfono. Estaba emocionada de saber que asistiría con una de mis amigas a la montaña: despejar la mente, tomar aire fresco, convivir y hacer contacto con la naturaleza.

Me puse de pie a eso de las 5:00 de la mañana para estar preparada en el momento en el que pasaran por mí.

Fue aproximadamente media hora después, recién me había terminado de colocarme la gorra, que el claxon del carro de mi amiga sonó. Me asomé por la ventana de mi cuarto y ahí estaba ella mirando por la ventanilla.

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Perdido en la noche

Dormía profundamente cuando a lo lejos escuché el vibrador del teléfono sonando de manera abrupta.

Me levanté de la cama somnoliento; con un agrio sabor en la boca y los ojos casi cerrados.

«Amanda». Decía el teléfono.

–¿Sí? –dije con cierta angustia –. ¿Está todo bien? –El teléfono del otro lado se quedó en silencio –. ¡Amanda! ¿Estás bien? –repetí.

–¡Lucio! –Se escuchó del otro lado del teléfono –. ¡Estoy perdida!¡Ven por mí!
¡Por favor! –me dijo con un tono de susto.

–Sí claro. ¿En dónde estás? –pregunté de inmediato al mismo tiempo que buscaba
un pantalón y la camisa del día anterior para ponérmela y salir a su encuentro.

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