La peregrinación

—¡Apúrate que ya vamos retrasadas! —comentó a su hija adolescente —. De verdad que hay días que no sé porqué te pones así de terca y necia.

—¡Ay mamá! —respondió Adela —, es que ya te dije que yo no quiero ir a eso. Me aburro y, además, suena a que estará muy cansado.

—Pues lo siento mucho. Es tradición familiar asistir a la procesión de la Virgen y no hay con quién te quedes —respondió la mamá de Adela al mismo tiempo que llenaba una botella de agua.

—Me puedo quedar sola —respondió su hija doblando los ojos.

La madre de Adela abrió la puerta y cedió el paso a su hija que, con cara de pocos amigos, salió. Un rato después pasaron por ellas unos vecinos que también asistirían a la peregrinación.

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