La peregrinación

—¡Apúrate que ya vamos retrasadas! —comentó a su hija adolescente —. De verdad que hay días que no sé porqué te pones así de terca y necia.

—¡Ay mamá! —respondió Adela —, es que ya te dije que yo no quiero ir a eso. Me aburro y, además, suena a que estará muy cansado.

—Pues lo siento mucho. Es tradición familiar asistir a la procesión de la Virgen y no hay con quién te quedes —respondió la mamá de Adela al mismo tiempo que llenaba una botella de agua.

—Me puedo quedar sola —respondió su hija doblando los ojos.

La madre de Adela abrió la puerta y cedió el paso a su hija que, con cara de pocos amigos, salió. Un rato después pasaron por ellas unos vecinos que también asistirían a la peregrinación.

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El misterio de las maletas

—»Estamos a punto de llegar a nuestro destino». —Se escuchó una linda voz de una de las azafatas del avión —. Asegúrence de tener bien colocado su cinturón de seguridad. En unos momentos más aterrizaremos.

Me emocioné.

Fue grato saber que después de varias semanas de estar lejos del hogar por fin llegaría. Me sentía cansado, no solo por el viaje agotador, sino por el tiempo que había estado lejos de casa. Ahora por fin, solo me quedaba pasar el trámite del aeropuerto y a casa. A descansar y ver a mí familia.

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La chica de la fotografía

No era el mejor día de mi vida. Acababa de terminar mi relación laboral con la empresa con la que colaboré desde hacía 8 años y en la que comencé mi vida de trabajador. Ni siquiera me sentía merecedor a ser despedido. Pero dijeron que mi área había dejado de ser necesaria porque ahora la tecnología lo haría por mí y además no había presupuesto.

Tuve que comenzar a buscar otra cosa para vivir.

Pasé a un bar; uno de esos elegantes en el que vi que solicitaban mesero. La paga no era mucha, pero tenía la esperanza de que al ser un restaurante de alcurnia los clientes dieran una buena propina.

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Atrapado en el pasado

Me desperté temprano. O eso creí. La luz de sol apenas estaba saliendo. Fue lo que vi a través de las cortinillas. El dolor de cabeza se hizo presente y la sequedad en mi boca me recordaba la posible fiesta del día anterior. Bostecé de nuevo y luego me recosté.

—¡Abel! —Escuché que alguien me llamaba —. ¡Abel! ¡Abel ya despierta! Es hora.

—¿Hora de qué? —pregunté con los labios casi cerrados y una voz muy baja. Luego recordé que tenía tiempo viviendo solo.

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Refugiados en Granaditas

—¡Apúrate! —gritó mi madre desesperada —. ¡Apúrate que ya vienen esos desgraciados! —se asomó gritando en la parte inferior de las escaleras; su rostro mostraba pánico.

Sin decir mucho bajé de las escaleras de inmediato. Quería tomar una de las muñecas de trapo que Nana Juanita había tejido para mí, sin embargo, cuando vi que mi madre subía a toda prisa, me di cuenta que ya no me daría tiempo.

Salimos corriendo de casa rumbo a la Alhóndiga de Granaditas. Mi madre me tomaba de la mano mientras Nana Juanita, la criada de la casa, venía cargando a mi hermano de tres años y en la otra mano a mi hermana de cinco.

En las calles se respiraba angustia; los rostros de las mujeres, niños y algunos ancianos abrían grandes sus ojos; alguna que otra lágrima se dejaba entre ver; y todos corrían desesperados intentando llevar algunas de sus cosas de valor con ellos.  Todos corríamos con desesperación hacia el viejo granero en donde el Intendente Riaño nos había indicado que podíamos refugiarnos.

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