El misterio de las maletas

—»Estamos a punto de llegar a nuestro destino». —Se escuchó una linda voz de una de las azafatas del avión —. Asegúrence de tener bien colocado su cinturón de seguridad. En unos momentos más aterrizaremos.

Me emocioné.

Fue grato saber que después de varias semanas de estar lejos del hogar por fin llegaría. Me sentía cansado, no solo por el viaje agotador, sino por el tiempo que había estado lejos de casa. Ahora por fin, solo me quedaba pasar el trámite del aeropuerto y a casa. A descansar y ver a mí familia.

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La chica de la fotografía

No era el mejor día de mi vida. Acababa de terminar mi relación laboral con la empresa con la que colaboré desde hacía 8 años y en la que comencé mi vida de trabajador. Ni siquiera me sentía merecedor a ser despedido. Pero dijeron que mi área había dejado de ser necesaria porque ahora la tecnología lo haría por mí y además no había presupuesto.

Tuve que comenzar a buscar otra cosa para vivir.

Pasé a un bar; uno de esos elegantes en el que vi que solicitaban mesero. La paga no era mucha, pero tenía la esperanza de que al ser un restaurante de alcurnia los clientes dieran una buena propina.

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El viaje escolar

«Ringgg», «Ringgg». Escuché el teléfono sonar.

—¡Sí! ¿Quién habla? —pregunté un tanto adormilado.

—Mi novio. Mi novio está encerrado en la cárcel —dijo la voz de mi amiga, entrezollosos. Yo aún me sentía aturdido. —Lo encerraron por serme infiel.

En ese momento desperté. Todo había sido un sueño; un mal sueño en el que mi amiga estaba sufriendo. Me quedé pensando en ella por unos minutos. Al poco rato el despertador sonó.

—Apaga eso —respondió uno de mis compañeros de clase y de cuarto que, en ese momento debido al viaje escolar compartía conmigo dormitorio. Me desperté, más por el susto del sueño que por el despertador y pregunté:

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Los botes de aceitunas

—¡Vas a entrar a la tienda de la esquina! —ordenó la voz del otro lado del auricular —. Llegas al pasillo donde están las semillas. En donde están los botes de aceitunas, buscarás 3 que están marcados en la tapa con un color rojizo. Los tomas, los pagas y, cuando estés en un lugar seguro los abres, sacas lo que hay dentro y se lo entregas al jefe. ¿¡Entendido!? —preguntó con seriedad. El joven que estaba en la llamada tragó saliva con lentitud, asintió con la cabeza —¿¡Entendiste lo que tienes que hacer!? —cuestionó nuevamente la gruesa voz del otro lado del teléfono. 

—S… sí. S…sí. Lo he comprendido —respondió al mismo tiempo que sus piernas tiritaban levemente. 

La llamada se colgó en ese momento. 

El joven tomó un respiro profundo y se dirigió a la tienda en la que le había indicado. Tenía poco tiempo de que la habían abierto y, las aceitunas no son de uso frecuente y diario. Así que tenía la esperanza de encontrar el paquete que le habían ordenado. 

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En el tráfico

—¡Apúrense hijos! —gritó Juana con desesperación —. ¡Que se nos va a hacer tarde para llegar a la casa! ¡Su papá ya nos está esperando!

Los niños se echaron por la resbaladilla una vez más y luego corrieron a donde estaba su madre. Luego, ella les abrió la puerta trasera del auto para que se subieran.

—Ay hijos. ¡Ven por qué no me gusta traerlos! Luego no me obedecen. Ya es tarde y su papá ya nos va a estar esperando para cenar —dijo a manera de reclamo. Ambos pequeños, uno de 6 y el otro de 8 se sonrieron entre ellos.

Giró la llave del automóvil para encenderlo. Volvió a girarla. Intentó nuevamente pero éste no daba marcha. Mientras sus dos pequeños en la parte de atrás comenzaban a empujarse entre ellos.

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