Nos cuesta más aceptar el error que equivocarnos

Errar es humano. Somos seres perfectibles porque tenemos la posibilidad de mejorar cada día —y, generalmente, eso se logra a través de la educación—. Sin embargo, también somos propensos a equivocarnos. Tomamos decisiones que no nos convienen o actuamos de manera incongruente entre lo que deseamos y lo que hacemos.

Pero el problema no está en equivocarnos, sino en la incapacidad para reconocer que hemos errado.

Socialmente, suele fomentarse el arrepentimiento como una manera de aceptar que hemos cometido errores, especialmente aquellos que afectan a otras personas. Sin embargo, también se nos enseña que muchas de las cosas que dependen de nosotros, en realidad dependen del exterior.

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De la culpa a la responsabilidad

La culpa suele ser, culturalmente, un elemento que mueve a muchas personas. Desde pequeños, con frecuencia funciona como una herramienta de manipulación: la persona termina haciendo algo que quizá no quiere, solo por no sentirse culpable.

Por otra parte, cometer errores es parte de nuestra naturaleza. Incluso, equivocarnos nos permite aprender. Muchas veces se aprende más de los errores cuando asumimos sus consecuencias, que de aquellas acciones que nunca nos atrevimos a intentar.

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Vivir en la incertidumbre sin perder el rumbo

Como seres humanos tenemos la capacidad de pensar a futuro. Está en nuestra condición racional la posibilidad de planear, pues en ello radica la capacidad de potenciarnos y seguir adelante en nuestro caminar por la vida. Así, hacer planes a futuro nos permite tener una idea clara de hacia dónde nos queremos dirigir.

La posibilidad de futuro es, entonces, no solo una ventaja de la consciencia racional, sino también una forma de guiarnos y darnos visión.

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