La peregrinación

—¡Apúrate que ya vamos retrasadas! —comentó a su hija adolescente —. De verdad que hay días que no sé porqué te pones así de terca y necia.

—¡Ay mamá! —respondió Adela —, es que ya te dije que yo no quiero ir a eso. Me aburro y, además, suena a que estará muy cansado.

—Pues lo siento mucho. Es tradición familiar asistir a la procesión de la Virgen y no hay con quién te quedes —respondió la mamá de Adela al mismo tiempo que llenaba una botella de agua.

—Me puedo quedar sola —respondió su hija doblando los ojos.

La madre de Adela abrió la puerta y cedió el paso a su hija que, con cara de pocos amigos, salió. Un rato después pasaron por ellas unos vecinos que también asistirían a la peregrinación.

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El misterio de las maletas

—»Estamos a punto de llegar a nuestro destino». —Se escuchó una linda voz de una de las azafatas del avión —. Asegúrence de tener bien colocado su cinturón de seguridad. En unos momentos más aterrizaremos.

Me emocioné.

Fue grato saber que después de varias semanas de estar lejos del hogar por fin llegaría. Me sentía cansado, no solo por el viaje agotador, sino por el tiempo que había estado lejos de casa. Ahora por fin, solo me quedaba pasar el trámite del aeropuerto y a casa. A descansar y ver a mí familia.

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Agridulce desempeño

Amira parpadea levemente. El cansacio se hace presente en ella después de estar observando las pantallas en su trabajo.

Bosteza y, de inmediato voltea a mirar las cámaras dentro de su oficina con cierto temor de que la hayan pillado a ella. Luego, nota cabizbaja a una de las empleadas.Toma la bocina del interfón y llama a la encargada de la sección 13 de máquinas de ensamble.

—Necesito a Ariadne en la oficina. —Cuelga el teléfono sin esperar respuesta de la supervisora de área.

Al poco rato llaman a la puerta de su oficina. Amira se pone de pie, abre, mira de reojo a la trabajadora y luego le indica que pase. Ariadne entra lentamente y, sin querer agacha la cabeza.

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La chica de la fotografía

No era el mejor día de mi vida. Acababa de terminar mi relación laboral con la empresa con la que colaboré desde hacía 8 años y en la que comencé mi vida de trabajador. Ni siquiera me sentía merecedor a ser despedido. Pero dijeron que mi área había dejado de ser necesaria porque ahora la tecnología lo haría por mí y además no había presupuesto.

Tuve que comenzar a buscar otra cosa para vivir.

Pasé a un bar; uno de esos elegantes en el que vi que solicitaban mesero. La paga no era mucha, pero tenía la esperanza de que al ser un restaurante de alcurnia los clientes dieran una buena propina.

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Atrapado en el pasado

Me desperté temprano. O eso creí. La luz de sol apenas estaba saliendo. Fue lo que vi a través de las cortinillas. El dolor de cabeza se hizo presente y la sequedad en mi boca me recordaba la posible fiesta del día anterior. Bostecé de nuevo y luego me recosté.

—¡Abel! —Escuché que alguien me llamaba —. ¡Abel! ¡Abel ya despierta! Es hora.

—¿Hora de qué? —pregunté con los labios casi cerrados y una voz muy baja. Luego recordé que tenía tiempo viviendo solo.

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